miércoles, 8 de septiembre de 2010

Ese Síndrome de Down

Soy mierda. Mierda pura. Y lo digo así, de entrada y sin avisar, porque es mi blog y para una cosa que es de uno y es igualmente gratis, pues hay que aprovecharla.

Lo segundo que digo es que este artículo va dedicado y está escrito única, total y exclusivamente para cuatro personas: Mama, Papa, Cris y Diego

El tema, por lo visto, es el maldito cromosoma. El par 21 duplicado, que en cada filita tiene, en lugar de 1 (1+1) como tienen los demás cromosomas (son cromosomas de orden, que se visten por los pies), el 21, que es el díscolo, la oveja negra del rebaño, tiene 3. Trisomía puñetera. También hay más causas, que si el mosaicismo, que si este, el otro... No voy a entrar ahí, porque todo se encuentra bien resumido y compartimentado en este artículo de Santa Wikipedia.Y además no voy a entrar ahí porque me la sopla, señores (y señoras). 

Parafraseando a Fray Luis de León, decíamos ayer, o sea, 2 párrafos arriba, que soy mierda. Y lo soy porque desde que creé este blog nunca había dedicado un articulito al Down. Y tal vez no lo haya hecho porque uno piensa que bueno, que a lo mejor este tema no interesa, y no quisiera yo parecer un tipo peleado contra el mundo porque su hermano es Down, quejándome de esto y aquello, es una vergüenza, etcétera. Qué va. En cualquier caso, hayan sido esas u otras las razones, el tema es que ahora me he decidido. Y lo he hecho tras observar un foro de debate de la red social fazebuk, titulado: "padres con hijos Down: qué hacer con la depresión". Se entiende que la depresión es de los padres, porque a lo que es los hijos, felices campan a sus anchas, en sus cunitas. 

Dices tú de depresión. Hay un arma contra la depresión: el amor, elemental querido Watson. Y no es una cuestión de fe, una verdad teologal. No no. Yo es que lo he visto, en mis padres hacia el pequeñuelo que ahora gasta 11 primaveras, nada menos. He visto a mi madre apretar los dientes con su hijo recién nacido (tenía aún las uñas rotas, el pequeñuelo) en brazos, apretarlos más de una vez, y de dos, y ese momento está en el ADN de mi memoria, y, aun derrumbada, luchar contra esa depresión poniéndose en movimiento desde el minuto 1. He visto a mi padre descargar toda la rabia, llorando conmigo en el garaje. Solo una vez. Solo esa vez. Y luego, al segundo, a seguir luchando, peleando. En esas circunstancias, ni mi hermana ni yo teníamos derecho a deprimirnos. Ni por asomo. 

Que sí, que parece que el mundo se cae sobre uno, que no te lo crees, que por qué a nosotros, a mí. Eso está muy bien, es comprensible, somos de carne y hueso. Al poco, sin embargo, comprendes que esas tribulaciones no te llevan a ningún lado, dejándote por contra varado en mitad de un lago de aguas muertas. Por contra, la bofetada que la vida te acaba de dar hay que aprovecharla, y no dejarse tumbar por esa jugarreta. 

Padres y Madres y Hermanos con hijos y hermanos con S. Down. Me gustaría que hubiéseis visto la entrega de los míos, de los tres, para con la Pulga. Y que hubiéseis visto también que no ha sido en vano, ni mucho menos. Al contrario, tengo que decir que, con diferencia, el mejor momento de estas últimas vacaciones, el momento Mahou, el momento supercincoestrellas, el momento con sabor, Pepe un purito, el momento olémequitoelsombrero, ha sido estar presente, inmerso en la piscina cuando la Pulga se arrancó a nadar él solito, sin manguitos, ni ná de ná. Bueno, sí que llevaba algo con él: sus pelotas, sin perdón de la expresión. Y yo venga a meter la cabeza en el agua para ver cómo Diego le daba a las piernecillas, cual moscuela nadadora con sus gafas azules (graduadas, ojito) y su gorrito de piscina, todo simpático, aplaudiendo y nadando a la vez.

El de arriba es sólo un ejemplo. Hay más, por supuesto, como el de montar a caballo y observar, de refilón y a traición (él no sabía que lo miraba) la expresión tierna y orgullosa de mi padre viendo como la Pulga, ataviado cual Martínez de Irujo, se reía señalando hacia nosotros desde la grupa de Tomy. O qué me dicen de cómo maneja el ordenador y su correspondiente ratón, mérito fundamentalmente de Cris. Tengo miedo ya hasta de dejarle mi tarjeta de crédito. Ojito con el zagal (bueno, también temo dejarle la Visa a mi hermana, pero no entremos en esos jardines porque me canea).

De manera, que a por ellos. No es trago fácil; al contrario, es amargo. Pero no es "una cruz", como he escuchado decir. Tampoco es "una bendición de Dios". Ni nos pasemos ni no lleguemos. Un niño Down es un niño como los demás, que requiere atenciones redobladas (la genética es así de perra) lo cual no significa que sea un inútil ni un vegetal. Nada de eso. Verán que crece, se desarrolla, y que su velocidad de aprendizaje es más lenta que un niño  digamos standard, un niño al uso, de batalla. Como yo lo fui, por ejemplo, por no señalar, que siempre queda feo señalar. Requiere por tanto una estimulación temprana, desde el segundo siguiente a posar su traserete en la cunita hay que comenzar a estimularlo. Por ejemplo, Diego nació en Carnaval y mi padre ya lo disfrazó cuando apenas tenía unas horas de vida, la Pulga. Bien, eso ya era aceptar la situación y comenzar a estimular, al pequeño y a uno mismo. 

Nada de depresión. Una persona con fibromialgia, retorcida de dolores, se calza al hombro su mochila y lleva todo el verano a su hijo a la piscina (en tren), tozuda, terca, agujereando la pared con la testa si es preciso. Yo fui un advenedizo, un testigo de excepción que tuvo la fortuna de llegar y besar el santo, de ver el momento cúlmen. Sin embargo, todo el trabajo todos los días lo hacen ellos tres, y quiero señalar especialmente a Mama y a Cris, porque todo el fruto de sus esfuerzos está a la vista del mundo entero, para que lo vean bien y tomen nota. 


Y sobre todo gracias a ti, Pulguita. 
Por nacer.





viernes, 16 de julio de 2010

16 de Julio de 1926

Hoy me he levantado una sensación extraña, con ese vaivén mental que nos agosta la mirada cuando, entre sueños y duermevelas, tenemos una experiencia muy vívida y, a la vez, muy lejana.
Esta noche he soñado (o no) que llovía a cántaros mientras atardecía, y que yo caminaba por un paisaje oscuro lleno de árboles que goteaban, y todo era muy verde, y muy pardo. Y hacía frío y el viento rugía y las ramas del bosque temblaban y los animales, escondidos, se retorcían de frío.
Y allí estaba yo, caminando, vestido como un montaraz de esos que protegían en silencio la Comarca. Que si el embozo, que si la capa que te camufla en la espesura, que si las botas altas para caminar a grandes trancos, y tal. Y estaba (yo) avanzando a paso rápido hasta que encontré al fin la entrada de la taberna. Curiosa, la taberna, porque en mi ensoñación estaba dentro del tronco de un inmenso castaño, y de su vientre manaba una luz amarillenta, dorada, y un olor a charlas y a risas, y a bebida tibia y comida caliente. Y alguien cantaba. Así que me dije que bueno, venga, voy a pasar de ponerme como una sopa a tomarme una sopita calentina.
Y dentro, cuando ya hube pedido, y sorbido el caldo, y echado una ojeada a la estancia y su clientela, noto que desde un rincón alguien me mira insistentemente, y que lleva la capucha sobre el rostro, y que sólo se le ven los ojos, que brillan a la luz de los candelabros. Y en esto que el posadero se me arrima y me dije una mijita al oído que ese tipo del fondo no ha parado de mirarme en toda la noche. Y yo digo que vale, que de acuerdo, que vamos a ver qué se le ofrece porque a lo mejor me quiere comprar los monos que llevo en la cara, y me gano un dinero.
Y me acerco, sentándome en frente del misterioso embozado. Y digo buenas noches, nos de Dios. A qué tanta mirada, buen hombre. Y éste, que parece viejo y es silencioso cual tumba, se echa para atrás la capucha y me mira a los ojos.
Y entonces le reconozco.
Debí agitarme en mi ensoñación noctura, nervioso, al tener delante de mí a mi abuelo. No obstante, como todo el mundo sabe, en el Reino de Calderón de la Barca muy pocas veces se pierden la compostura y los papeles, así que lejos de gritar o de llorar, lo que hice (creo) fue levantarme e ir hacia él para abrazarle y besarle.
Pero mi abuelo alzó una mano.
- Rubenín, si me abrazas me iré. En la Eternidad, o en lo que sea esto, sólo somos recuerdos de aire. Abrazarías el vacío, hijo.
Me guardo las ganas.
-¿Qué.. cómo.. cuándo... por qué...?
-¿Cómo que por qué, hijo? Yo también os echo de menos, que te crees.
-Pero es un sueño mío...
-Claro. Es la mejor materia para hablar un ratín.
-Casi no recordaba tu voz.
-No te preocupes, hijo. Yo la vuestra la oigo siempre.
E, increíblemente, después de doce años, Tato y yo volvimos a mantener una más de nuestras charlas.
-Y cómo está el mundo, Rubenín.
-Está, Tato, que no es poco, aunque muchas cosas no te gustarían; otras sí, algunas.
-Dime sólo las que me gustarían.
-Diego.
Se hace un silencio.
-Me encanta. Pistonudo mi nieto.
-Eso pienso yo, pero lo veo muy poco. Es culpa mía, como lo fue el que...
-Déjate de culpas. Tú lo que tienes que hacer es seguir un camino, recto, en la vida, y ser un señor, donde sea y ante quien sea. Hay mucho palurdo, mucho quinqui, mucho borrico. Y escoge bien.
-Hombre...
-Ya. Ya sé que no estás de acuerdo, pero coño, déjame al menos decírtelo, que aunque tu abuelo lleve doce años en el otro mundo, sigue siendo tu abuelo. O sease, yo.  
-Eso es mucha cantidá, como decías tú. Y hoy cumplirías 84 años, y eso también es mucha cantidá.
-Mooeeeeecaaa, es verdá. Mucha cantidá.
Y entonces no pude reprimirme, según recuerdo en la nebulosa de mi mente, y fui sobre él, y al abrazarlo se esfumó como una nube de humo soplada por un viento repentino. Y las luces de la taberna en el castaño, los ruidos, las canciones, las charlas... todo se esfumó también, se apagó, se diluyó en un silencio eterno.
-Rubenín Rubenín, siempre por el camino difícil.
-Ya pero...
-Sssshhh... Os quiero. Os quiero a todos. Quisiera daros tres besos a cada uno, como hacen los rusos.
-Y yo te...

Me desperté, pero aún recién huído de la duermevela, pude escuchar el eco de su voz:

          Slit Baizt

miércoles, 9 de junio de 2010

"...envía un pase laaaargo sobre Gaínza..."

Lo pensaba ayer, mientras visionaba la estupenda micción que la selección española de fútbol practicaba sobre el combinado polaco. Pensaba yo, madurando una idea futbolera-histórica. Y me dije que por qué no, tanta cultureta y tanta gaita. Por qué no, de vez en cuando, escribir sobre fútbol. Un pequeño reportaje en la edición nocturna de "La Dos Noticias" hablaba ayer del poco enraizamiento que el género literario hispano ha practicado sobre el fútbol, al contrario que en otros países, Pérfida Albión sin ir más lejos. Por qué no.
Y es que hay una fina línea que une varias cosas: une las acrobacias defensivas de Quincoces, las paradas de Zamora que sacaron de quicio al dictador Mussolini en Italia 1934, la efectividad y potencia de Zarra (un tipo que, según entrevista a Iñaki Gabilondo, llegó a estar rodeado de hasta 9 contrarios a la vez), la clase y portento de Di Stéfano y Luisito Suárez, la distribución de juego de Puchades, las galopadas de Gento y "Piru" Gaínza, la destreza de Molowny, las estiradas de Ramallets e Iríbar... 
Y esa misma línea fine une también el gol de Telmo Zarraonadía Montoya "Zarra" a Inglaterra, narrado por Matías Prats (esta narración es una reconstrucción posterior de Matías Prats Cañete, porque el audio original no se conservaba en aquella pretérita época por lo costoso del hecho), en Maracaná durante el pase a semifinales del Mundial Brasil'50. Ramallets a Alonso, éste a Gainza largo a la banda, centro a Zarra que se adelanta al arquero Williams y con la caña la empuja a las mallas. Toma ya. 
Y lo une, ese mítico gol del bilbaíno, con el gol del Niño Torres a Alemania en 2008. Ese pase de Xavi Hernández largo sobre la defensa teutona, ese desmarque portentoso por furia, fuerza y piernas de Fernandito Torres, esa salida a por todo del guardavallas valkirio, y ese toque sutil con el interior del pie derecho, en carrera, que eleva el esférico por encima del arquero lo suficiente para burlar su vana estirada y avanzar, botecito tras botecito, hasta colarse en la portería. Toma ya.
El gol de Marcelino en la final de la Eurocopa'64, la segunda que se disputaba, jugada en Chamartín con un gallego bajito en el palco (con aplausos al himno de la URSS, todo sea dicho. ¿Quién dijo que en el fútbol no puede haber clase?). Era el 2-1. Marcelino, en un escorzo imposible, bate de cabeza desde casi el borde del área a Lev Ivánovich Yashin, "La Araña Negra".  
Los une, esos y otros muchos, porque visten, todos, la misma camisola. Camiseta. Zamarra. Esa Roja de las narices con poderes mágicos (de repente no hay crisis durante 90 minutos, pan y circo sí, qué duda cabe). La Roja, la Roja, la Roja. La misma que llevaba enfundada Cesc Fábregas "la Moreneta" cuando le metió el chicharrito a Italia en los penalties. La misma que Ricardo Zamora, Antonio Ramallets, Luis Arconada... luego heredada por un tal Iker Casillas, que en loor de santidad detuvo un penaltie tras otro, diciéndoles a sus compañeros que tranquilos, tranquilos, que aunque no lo metas, yo paro el siguiente. A lo mejor sentía sobre sí la ínfula de las paradas de "el txopo" Jose Angel Iríbar. A lo mejor. 
Y es que los nuestros la tocan con clase, y eso es lo mejor de todo. La clase, y que la toquen todos. La bola, el esférico, la pelota, el balón. Lo que tiene que entrar. Fútbol es fútbol, dijo un evidente sabio. Pero quizá sea mucho más que eso. Tal vez, creo, sea algo parecido a lo que sienten los grandes aficionados taurinos (anti-taurino soy) en esas llamadas tardes de gloria y olés. Y resulta que, lo entrañable del tema es que ir al fútbol fue, durante mucho tiempo, una costumbre plagada de rituales y costumbres. Mi abuelo llevaba a mi padre al campo bajando a la Villa caminando, llegando al estadio de la Exposición casi dos horas antes del inicio del encuentro, sentándose mi abuelo Eduardo en el centro del graderío desierto a leer el periódico. 
Y las alineaciones recitadas de memoria, como poemas. Y las crónicas deportivas, que parecían novelas de acción, de capa y espada. 
Hablando de clase, ver a Zidane, por ejemplo, conducir, parar el balón sin mirarlo, mover el cuerpo con esa puñetera clase, como los de antes... no tiene precio. 
Los de ahora, a veces, parecen los de antes, pero entrando la pelotita. Con chispa de suerte. Y ese concepto, alejado del "ganar por lo civil o lo criminal", que es ganar con clase y estilo, gustándose, con humildad. La misma que tuvieron Gaínza, Gento, Amancio, la Saeta Rubia, Luisito Suárez, Pirri, Zoco,  Ufarte, Fusté, Sanchís (padre) y los demás. 
Por eso las victorias de ahora también son, en su justa medida, los triunfos de los de antes. 
De los setecientos fulanos que se enfundaron esa puñetera Roja. 

Para Noelia.