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viernes, 20 de mayo de 2022

Parte de un año: sobre Luis Arias Argüelles-Meres

PARTE DE UN AÑO: SOBRE LUIS ARIAS ARGÜELLES-MERES

Nunca me lo confirmó explícitamente, pero creo que a Luis Arias no le entusiasmaban los panegíricos, y no consideraba el hecho de morirse como un mérito, como si, por el hecho mismo, lo que fue malo o regular antes se volviese bueno después. Sí me dejó claro que huía de lo cursi, lo cual alguna vez dio lugar a amigables debates sobre Armando Palacio Valdés, considerando don Luis al lavianés un escritor remilgado, lo cual no le impidió, por cierto, publicar una pequeña biografía del autor de ‘La aldea perdida’.

Intentaré no ser cursi, ni remilgado, ni haré un panegírico. Sin embargo, no puedo mentir: Luis Arias Argüelles-Meres fue conmigo un caballero, un maestro, un mentor, un amigo. Sin conocerme aún en persona viajó a Madrid junto a Fe, su esposa, para presentar mi primera novela. “Sólo reseño novelas que me gustan”, me advirtió cuando contacté con él por vez primera, hace casi ocho años, con la intención de enviarle el manuscrito. Cuando su reseña se publicó en EL COMERCIO sentí haber llegado a una primera meta: la novela le había gustado a quien yo llevaba lustros leyendo sus artículos en prensa desde aquel titulado “Dejen a Azaña en paz”. Ya no importaba tanto publicar o no, ni las ventas: le había gustado a Luis Arias y eso era ya un gran premio. Desde entonces me honró con su compañía, bien en persona, bien en la distancia, pero siempre instructiva, obligándome a estar alerta, a pensar dos veces sobre la polémica nacional o regional de turno.

Es evidente: no conocí a don Luis en la intimidad familiar del hogar, cuando quizá birlase el mando de la tele para poner el partido del Real Oviedo, o cuando tal vez protestase porque en la casa de Llanio había salido humedad en el techo del baño. No obstante, lo que sí es evidente es su total independencia, su rigor para con lo ético que le acarreó dislates y reveses públicos y privados y en los que, siempre, se mantuvo fiel a sí mismo: fiel a la República, al Quijote, a Llanio, al Oviedo, a los libros de la colección Austral de su padre Antón de la Braña, a Ortega y María Zambrano, a Asturias, a la memoria, a don Manuel Azaña. Su faceta más intelectual puede encontrarse en ‘La reinvención del Quijote y la forja de la Segunda República’; la más personal en ‘Parte de Posguerra’ y ‘Desde la plaza del Carbayón’; la más íntima, en ‘Pudorosa penumbra’. Un escritor de fuste, un reconocido y premiado articulista, un lujo para la intelectualidad contemporánea, un obrero de la pluma que publicó su último artículo semanal apenas unos días antes de su muerte. Una persona capaz de rescatar del olvido la palabra “atopadizo”.

Nos vimos por última vez antes de la pandemia, en Cornellana, en su Bajo Narcea, desayunando en verano. Yo iba cargado de preguntas para hacerle y, sin embargo, se las apañó para escurrirse y terminar entrevistándome él a mí, como si yo tuviese algo importante que decir: qué opinas de esto, qué piensas de aquello, qué te parece tal, y cual, y esto y lo otro. Ese era el Luis Arias que afortunadamente conocí durante los últimos ochos años que son ya, sin duda, un tesoro de mi memoria.

Cuesta, a veces, no ser cursi. Cuesta no dejarse llevar por las alabanzas que se agolpan en el corazón. Cuesta hacerse a la idea de que no pueda leer estas líneas, él, que siempre leía amablemente todo lo que yo escribía. Cuesta no imaginarse a Luis Arias paseando, las manos a la espalda bajo la última luz otoñal de una tarde cualquiera, fumando con boquilla, comentando cualquier cosa interesante con su voz rumbosa y algo ronca, adentrándose su eminente figura en algún lugar de las afueras de Llanio, las hojas cayendo, el dedo índice levantado como nuestro comúnmente admirado Azaña, quien terminase ‘El jardín de los frailes’ con la misma frase que surge, quizá, al perderse la silueta de don Luis mientras se graba por siempre en el alma: «es el ocaso».
Acompañado de D. Luis, en la presentación de 'la vieja bandera', diciembre 2014.


(Publicado en 'El Comercio' el 19 de enero de 2022).

jueves, 27 de diciembre de 2012

Nochefría


Me lo dijo mi tía la tarde de nochebuena, y es verdad: "la vida es traicionera... muy traicionera". Esa frase, por ser cierta e ir abrigada con la sal de las lágrimas, me llenó de amargura. No es que todo sea mentira, que todo sea falso. Más bien, todo es de cristal. Un golpecito y... Nos creemos a salvo, en noches de navidad, en mitad del jolgorio y la risa, llenándonos de turrón y polvorones, pero no es así. Conforme pasan los años me voy cercionando de ello. 
Y es que hay cosas que nunca vuelven. Y ahí está la traición.
Podrán pasar años y años, décadas, pero hay amarguras que ni las bodas, bautizos y comuniones podrán restañar del todo. Son esquirlas que llevas dentro y que ni el más duro de los seres puede superar: siempre están ahí al acostarnos y apagar la luz, cuando todo es silencio y negrura. Es entonces cuando vienen esos fantasmas que sí son reales, que son de verdad. Son monstruos con los que puedes y de hecho debes luchar y pelear, porque la vida sigue siempre adelante y como decía Tolkien por encima de todas las sombras siempre está el sol. Es cierto. Sin embargo... 
Estas navidades me han traido recuerdos muy amargos. Falta ya demasiada gente y este goteo no va a terminar. Irá aumentando, lentamente espero, pero inexorable. Entre tanto, amas, quieres, ríes, lloras... y al final siempre te quedas solo. No están. Ya no. Si quedó algo por decir, por hacer, por acariciar... ya no puedes. Traición. Y ese dolor sigue ahí, ya sea latente, casi mudo, y aunque trates de solaparlo con gestos, risas y palabras. Nunca se va. Quien haya perdido lo sabe. Y no hay adornos ni belenes, ni cenas de nochebuena, ni comidas de navidad, ni compras de última hora, ni película, libro o hermoso cartel que sofoque esas brasas. 
Faltan muchos pero sobre todo tres que no me puedo quitar de la cabeza estos días, aunque, realmente, que sea 24 de diciembre o 3 de octubre carece de importancia. Mi abuelo Luis, mi abuela Paz y mi tío Bartelmi. A los tres me quedaron cosas por decir, y con los tres me faltaron momentos por vivir. "¡Claro!", me diréis, "es la vida misma"... Pues precisamente, tal es su traición. Es un continuo filo de navaja, una obligación al carpe diem cuando no debería ser tal cosa. Fotos viejas y recuerdos son lo que quedan. Y tú, quedándote, te sientes muy solo aunque estés rodeado de gente. Porque si, como dijo San Agustín, la medida del amor es amar sin medida, sin medida es también lo que falta. 
Eso no se puede medir. 
Pasarían mil años y seguiríamos echándoles de menos; tendremos hijos y nietos y el amargor seguirá ahí con nosotros hasta que cerremos los ojos. Porque si existen momentos felices, que muchos vendrán a buen seguro, seguiremos queriendo compartirlos con los que más echamos en falta. Querremos escuchar su consejo, oír su voz diciendo nuestro nombre, aspirar su olor al abrazarlos. Porque aunque la carne acabe envejeciendo y se pudra, el alma (llámalo equis) no lo hace. El corazón es el mismo y ama igual, aunque más amargamente porque conforme pasa el tiempo eres más consciente de los riesgos que corres amando a los tuyos aunque sea imposible hacerlo de otra manera. 
¿Cómo no amarles, aunque se hayan marchado?
Por eso, ya sea nochebuena o cualquier otra noche, o día, o tarde... en ocasiones sólo quiero estar en silencio, la cabeza reposando en el regazo de Ana, cogiendo fuerzas para las nochefrías. 
-¿Qué te pasa? -suele preguntarme ella, tras un buen tiempo de silencio.
Suelo entonces mirar a la claridad de la ventana, sin que ella pueda ver mis ojos, y tras unos instantes acabo por responderle.
-Nada.

Menuda traición.

lunes, 28 de mayo de 2012

Corazón de Avilés


Tengo 30 años y desde los 11 soy seguidor del equipo de mi ciudad. Mi familia paterna siempre ha estado vinculada, de un modo u otro, al Real Avilés y al Ensidesa tanto en materia de directiva como puramente deportiva. Desde hace 6 años vivo alejado de Asturias pero, ni así, he dejado de seguir al equipo que lleva en la camiseta el nombre de una ciudad milenaria. 

Quiero hacer este preámbulo para constatar que no soy un arribista, un recién llegado. En la vieja casa familiar, el antiguo escudo del Real Avilés estaba colgado en el despacho de mi progenitor. En carpetas coloreadas por el paso del tiempo se guardaban recortes de periódico ya amarillentos y arrugados en los que podían verse los derbys entre Ensidesa y Real Avilés entre fotografías ennegrecidas que atestiguaban los llenazos de aquel Román Suárez Puerta de 1983. Con 11 años tuve mi primer carnet de socio (en agosto de 2011 lo obtuve de nuevo), gracias al cual pude sentarme entre los 9.000 espectadores que abarrotaron el Juan Muro de Zaro ante el Deportivo de la Coruña, Racing de Santander, Celta de Vigo, Málaga o Real Betis. Todavía hoy, me sé de memoria todos los resultados (en casa y fuera) de la temporada 1991/1992 en Segunda División "A". Que cosas.

También he escuchado a los mayores, que hablan de un equipo, fundado en 1903, que en los años 50 tuvo medio pie en Primera División, y también los dos pies en Primera Regional, donde por cierto, el estadio registraba igualmente buenas entradas. Porque, al fin y a la postre, el fútbol de verdad, el de tu ciudad, no es cuestión de nombres coyunturales, sino de sentimientos, primarios si se quiere, pero que de algún modo te representan a tí mismo. 
Ayer tarde, ante un estadio abarrotado como hacía quinquenios, se consumó la eliminación de nuestro equipo ante el buen rival que ha sido el Coria C.F. Echo la vista atrás, a hace un año, cuando éramos apenas 150 (locos) espectadores los que nos sentábamos en una grada (sólo se abría una) sucia, llena de excrementos colombófilos y sin pagar el agua ni la luz, con un equipo secuestrado por el que sigue siendo el máximo accionista (hablar de la Sociedades Anónimas Deportivas sería harina de otro costal). 

De 1903 a 2012 van unos cuantos decenios. Sin embargo, no importa, ni siquiera la eliminación. Ha sido un buen año, un tiempo en el que, en una ciudad futbolera se ha vuelto a hablar del equipo que lleva el mismo nombre que figura en muchos Documentos Nacionales de Identidad al lado de "NACIÓ EN:____", o junto al "DOMICILIO:____", pues lo mismo da que da lo mismo. De alguna manera, esos 109 años poblaron el nuevo estado levantado sobre el viejo, en el mismo sitio y con idéntico nombre. Paradojas, metáforas, lecciones. 

Ya terminó la temporada, y ya es hora de efectuar las primeras valoraciones, siendo crítico y justo en la medida adecuada y, sobre todo, siendo claro: 

Los nombres no ganan los partidos. Recuerdo que durante el encuentro de Copa Federación que enfrentó al equipo contra el Universidad de Oviedo en el Muro de Zaro (2-1), alguién apuntó en el graderío: "Tien mucho equipo pa Tercera, hombre". "Ya, ya...", me dije para mis adentros. Y efectivamente, había que verlo, ir paso a paso. Nadie duda de los jugadores fichados, muchos de ellos antiguos militantes de Primera División. Pero esto es Tercera, con otros campos, otras filosofías, otros rivales. El equipo era nuevo y hasta la victoria por 1-5 ante, precisamente, el Universidad de Oviedo, se dijo que no carburó bien. Bien, por lo que yo he visto, ha habido 2 versiones que al final han sido realmente la misma:


1.- Ante rivales modestos, en casa se les ha ganado bien, jugando por abajo, desbordando (muchos rivales entrenan 3 días a la semana), abriendo a las bandas, etc. Sin embargo, ante estos mismos rivales, en muchos encuentros en sus respetivos domicilios se ha sufrido (y mucho) para sacar los partidos adelante, presagio de lo que vendría en la fase de ascenso. 

2.- Ante rivales de mayor entidad, hubo partidos aceptablemente buenos (1-0 al Tuilla y al U.P. Langreo en casa), pero también, y sobre todo, preocupantes señales de malos presagios. Las derrotas ante el Caudal fueron sin paliativos, ambas. Ante el Luarca se sufrió mucho para ganar al buen conjunto de Pablo Lago (3-2 al final con gol de Naya), y al Candás fue imposible tanto allí (2-1) como aquí (2-2 y gracias). 

3.- Observé durante todos los partidos que presencié que el equipo no sabía salir con el balón cuando el rival le presionaba bien y arriba (Candás, Luarca, Caudal, Coria...). Se recurría al tan mentado juego directo para salvar las dos líneas de presión y esperar bien que los rápidos de arriba la cazasen (Naya, Abraham, Milio, Borja) bien que Miguelón la embolsase y sirviese el gol en bandeja de plata a alguno de los anteriores. Cuando esto no funcionaba, se recurría al desborde por bandas en jugada individual o al contraataque. No sé si a alguno le suena de algo todo este punto 3 respecto al encuentro de ayer 2-2 contra el Coria. 

4.- Ni Caudal, ni Candás, ni Coria son equipos espectaculares (dentro de las diferencias existentes entre ellos). Sin embargo, saben a lo que juegan, el balón no les quema en los pies cuando son presionados por el rival: saben lo que hay que hacer para no perderla y buscar la portería rival. Cuatro conceptos básicos que al Caudal le han servido para meterle 3-0 al Yeclano y subir directo, al Coria para eliminarnos y pasar ronda, y al Candás y al Luarca para hacer una temporada magnífica en Tercera. 

5.- Ricardo González Bango, buen jugador en su época, y creo que buen entrenador, muy profesional y conocedor de los entresijos de los avatares que rodean a un jugador (sus explicaciones de las lesiones, los ritmos de recuperación, etc... así lo han demostrado bajo mi punto de vista), no ha sabido, en mi humilde opinión (es sabido que cada aficionado lleva dentro de sí un entrenador en acto y en potencia) leer bien lo que el equipo necesitaba. Quizá le falte también más experiencia todavía como rector de banquillo. Creo que, con sus conocimientos, lo ha intentado de buena fe con todo lo que ha podido, más allá de su condición de gestor/socio/loquesea del grupo Golplus.  Ahora, a toro pasado, es tiempo de dejar hueco a un entrenador joven (sí sí, ya sé que esto se contradice con lo de la falta de experiencia que acabo de comentar... pero la vida es una gran contradicción, hermanos), prometedor, conocedor del terreno que pisa en Tercera, que tenga una idea clara de juego y que, salvo aspectos concretos, no la cambie en función del rival. La Tercera asturiana no es muy fuerte (de 4 sólo ha pasado 1, el Caudal), y para jugar liguilla es suficiente con lo que se ha hecho este año. Pero para ascender o al menos tener garantías de ello, hay que quedar primero esta temporada nueva (esto al Luarca o al Candás no se le puede "exigir", al proyecto del Real Avilés, sí), y eso se consigue, sobre todo, con un estilo claro, teniendo el balón y sabiendo qué hacer con él: porque de esa manera puedes jugar más combinativo, o más directo (que no es lo mismo que el patadón y a seguir, como en el cole). Es decir, lo que ha hecho el Caudal de Mieres de Paco Fernández, cosa que se veía clara desde la jornada segunda, con el 0-2 que nos endosaron aquí sin juego espectacular, sólo con 4 conceptos claros, rapidez, contundencia e ideas claras. Nadie pide triangulaciones progresivas en defensa ataque, ni a Messi. Sabemos que esto es Tercera.  

6.- Los jugadores. La nueva gestión del club en comunión con los atractivos nombres fichados, han llevado 1.500 fulanos al estadio lloviese o hiciera sol, y eso tiene un mérito tremendo, más si cabe sabiendo de dónde veníamos. Reconociendo esto (junto con detalles como la tienda, el autobús personalizado, los resúmenes para los que estamos fuera, cobrar al mes o a la semana, etc...), y la guita que Golplus se ha dejado en el empeño (que, como empresa, aspira a recuperar y entablar ganancias, lógicamente), ahora ya toca mirar al futuro de la temporada que viene. Esta que acaba de concluir, insisto, ha sido fantástica: nos hemos reencontrado con los colores que datan de 1903 y el campo de El Carnero. Fenomenal. Ahora, para que el proyecto sea rentable (esto es un negocio, no lo olvidemos aunque nos pese: un negocio que hay que combinar mal que bien con los sentimientos de ciudad) hay que quedar primeros y con garantías. Los jugadores lo han dado todo, todo lo que tenían fuese mucho o poco. Ahora, en la nueva temporada, los nombres nuevos (el Club ha recuperado su "prestigio", para el que es importante eso de "1903" etc, y muchos que hasta hace poco no querían venir porque tenían la malsana costumbre de comer tres veces al día y aquí no se pagaba, ahora vendrán) no tienen por qué ser superestrellas, ni tener un gran nombre. Basta con que sean tan comprometidos como los actuales, que tengan experiencia en Tercera, que conozcan los campos en donde se ganan las ligas, entre el frío y el barro, y que asimilen bien cuatro ideas claras sin que la pelota les queme en los pies. Acudiendo a cosas concretas, por ejemplo, el equipo este año adoleció de centro del campo. Juan Díaz, con su calidad, no es un organizador claro, ni lo fue nunca. Ni Salva ni Jeffrey lo son, ni tampoco Borja, que es llegador, enganche o mediapunta.  Más alla no puedo ir. No tengo ni idea de si es mejor un 4-4-2, 4-2-3-1 o 4-3-3. El entrenador que venga (si viene), que conozca la categoría, los campos, los rivales, y tenga las ideas claras, sabrá de sobra cómo transmitirlo y colocar a los jugadores, e, importante, hacer los cambios pertinentes. 



7.- La afición. En esto tengo sentimientos encontrados. Vocear e insultar supongo que va con la persona, y que tal y como es uno fuera del campo, lo es también dentro de él en alguna medida. Me gusta la animación, y los cánticos de aliento al equipo. Insisto: de aliento al equipo, no más allá. Lo que sí tengo claro, es que no es más aficionado el que vocea y agita la bufanda que el aficionado tranquilo que aplaude las buenas jugadas, dice "¡Nooo!" ante una falta inexistente, y por supuesto grita "¡Gooool!". Todos son afición, y sin este segundo "tipo" de seguidor ayer en el campo no se habrían cubierto 4.000 localidades. En términos generales, la "masa social" de la ciudad es señorial y respetuosa con los rivales, llámense Coria o Nalón de Olloniego (un equipo, por cierto, cuyo mérito es tremendo). Por cierto, a día de hoy aún me pregunto el origen de la rivalidad, absurda, con el U.P. Langreo (por parte y parte, ojo). La clave está en no creerse estupendos, en ser humildes se vaya al campo que se vaya y esté en las condiciones que esté. Somos el Real Avilés, sí, pero ya está. No descendemos de los ingleses que inventaron esto, ni somo el Bayer de Munich o el Manchester United. Para Alex Ferguson, por ejemplo, no hay ninguna diferencia entre el Avilés y el Nalón o el Ribadesella... Dicho todo esto, la temporada ha sido genial, con gran afluencia y animación en las gradas, respetando a los rivales y aplaudiendo las jugadas merecidas. 

8.- Instituciones. El fútbol, dentro de una sociedad, debe ser el menor de los problemas. Cuando es un problema o una preocupación, pierde su sentido. Tiene que haber más investigación y desarrollo, más y mejores escuelas, hospitales, servicios de dependencia y de garantía social, calles adaptadas a la discapacidad, planes de desarrollo medioambiental y de recuperación del patrimonio histórico-artístico... Todo ello, siempre, antes que el fútbol o cualquier otro deporte. Ahora bien, el Real Avilés lleva el nombre (y algo más que el nombre) de la ciudad allá donde va, sea Canarias, Sevilla o El Entrego. Eso no se puede medir económicamente. Por eso, un pequeño espaldarazo a clubes señeros como el Real Avilés o al Atlética Avilesina (sí, sí, para los demás también, ¡no se me enfaden!) ayudaría y redundaría, a medio plazo, en beneficio del municipio. Ayer vinieron 50 valientes desde Coria. En Segunda B, a lo mejor son 500 ó 1.000 los que vienen desde Lugo. Conocen la ciudad, comen, beben, echan el día, y cuando vuelvan dicen "oye Maruxiña, pues Avilés no está mal ¿eh? Vamos con Pepiño a pasar el día el mes que viene"... Etc, etc, etc...

El pitido final. Ánimo, adelante, y a seguir peleando. El deporte así nos lo enseña, como metáfora de la vida. Caer y levantarse, conceder a las cosas que ocurren la importancia justa. Detrás de todo ello, el nombre de Avilés nos supera a todos, se eleva por encima de nuestras ideas, calándonos como lluvia fina, a lo largo y ancho de la Historia. Aquellos pioneros de 1903 ya no están, los viejos muros blancos han desaparecido... ¿O no...?

viernes, 16 de julio de 2010

16 de Julio de 1926

Hoy me he levantado una sensación extraña, con ese vaivén mental que nos agosta la mirada cuando, entre sueños y duermevelas, tenemos una experiencia muy vívida y, a la vez, muy lejana.
Esta noche he soñado (o no) que llovía a cántaros mientras atardecía, y que yo caminaba por un paisaje oscuro lleno de árboles que goteaban, y todo era muy verde, y muy pardo. Y hacía frío y el viento rugía y las ramas del bosque temblaban y los animales, escondidos, se retorcían de frío.
Y allí estaba yo, caminando, vestido como un montaraz de esos que protegían en silencio la Comarca. Que si el embozo, que si la capa que te camufla en la espesura, que si las botas altas para caminar a grandes trancos, y tal. Y estaba (yo) avanzando a paso rápido hasta que encontré al fin la entrada de la taberna. Curiosa, la taberna, porque en mi ensoñación estaba dentro del tronco de un inmenso castaño, y de su vientre manaba una luz amarillenta, dorada, y un olor a charlas y a risas, y a bebida tibia y comida caliente. Y alguien cantaba. Así que me dije que bueno, venga, voy a pasar de ponerme como una sopa a tomarme una sopita calentina.
Y dentro, cuando ya hube pedido, y sorbido el caldo, y echado una ojeada a la estancia y su clientela, noto que desde un rincón alguien me mira insistentemente, y que lleva la capucha sobre el rostro, y que sólo se le ven los ojos, que brillan a la luz de los candelabros. Y en esto que el posadero se me arrima y me dije una mijita al oído que ese tipo del fondo no ha parado de mirarme en toda la noche. Y yo digo que vale, que de acuerdo, que vamos a ver qué se le ofrece porque a lo mejor me quiere comprar los monos que llevo en la cara, y me gano un dinero.
Y me acerco, sentándome en frente del misterioso embozado. Y digo buenas noches, nos de Dios. A qué tanta mirada, buen hombre. Y éste, que parece viejo y es silencioso cual tumba, se echa para atrás la capucha y me mira a los ojos.
Y entonces le reconozco.
Debí agitarme en mi ensoñación noctura, nervioso, al tener delante de mí a mi abuelo. No obstante, como todo el mundo sabe, en el Reino de Calderón de la Barca muy pocas veces se pierden la compostura y los papeles, así que lejos de gritar o de llorar, lo que hice (creo) fue levantarme e ir hacia él para abrazarle y besarle.
Pero mi abuelo alzó una mano.
- Rubenín, si me abrazas me iré. En la Eternidad, o en lo que sea esto, sólo somos recuerdos de aire. Abrazarías el vacío, hijo.
Me guardo las ganas.
-¿Qué.. cómo.. cuándo... por qué...?
-¿Cómo que por qué, hijo? Yo también os echo de menos, que te crees.
-Pero es un sueño mío...
-Claro. Es la mejor materia para hablar un ratín.
-Casi no recordaba tu voz.
-No te preocupes, hijo. Yo la vuestra la oigo siempre.
E, increíblemente, después de doce años, Tato y yo volvimos a mantener una más de nuestras charlas.
-Y cómo está el mundo, Rubenín.
-Está, Tato, que no es poco, aunque muchas cosas no te gustarían; otras sí, algunas.
-Dime sólo las que me gustarían.
-Diego.
Se hace un silencio.
-Me encanta. Pistonudo mi nieto.
-Eso pienso yo, pero lo veo muy poco. Es culpa mía, como lo fue el que...
-Déjate de culpas. Tú lo que tienes que hacer es seguir un camino, recto, en la vida, y ser un señor, donde sea y ante quien sea. Hay mucho palurdo, mucho quinqui, mucho borrico. Y escoge bien.
-Hombre...
-Ya. Ya sé que no estás de acuerdo, pero coño, déjame al menos decírtelo, que aunque tu abuelo lleve doce años en el otro mundo, sigue siendo tu abuelo. O sease, yo.  
-Eso es mucha cantidá, como decías tú. Y hoy cumplirías 84 años, y eso también es mucha cantidá.
-Mooeeeeecaaa, es verdá. Mucha cantidá.
Y entonces no pude reprimirme, según recuerdo en la nebulosa de mi mente, y fui sobre él, y al abrazarlo se esfumó como una nube de humo soplada por un viento repentino. Y las luces de la taberna en el castaño, los ruidos, las canciones, las charlas... todo se esfumó también, se apagó, se diluyó en un silencio eterno.
-Rubenín Rubenín, siempre por el camino difícil.
-Ya pero...
-Sssshhh... Os quiero. Os quiero a todos. Quisiera daros tres besos a cada uno, como hacen los rusos.
-Y yo te...

Me desperté, pero aún recién huído de la duermevela, pude escuchar el eco de su voz:

          Slit Baizt

miércoles, 9 de junio de 2010

"...envía un pase laaaargo sobre Gaínza..."

Lo pensaba ayer, mientras visionaba la estupenda micción que la selección española de fútbol practicaba sobre el combinado polaco. Pensaba yo, madurando una idea futbolera-histórica. Y me dije que por qué no, tanta cultureta y tanta gaita. Por qué no, de vez en cuando, escribir sobre fútbol. Un pequeño reportaje en la edición nocturna de "La Dos Noticias" hablaba ayer del poco enraizamiento que el género literario hispano ha practicado sobre el fútbol, al contrario que en otros países, Pérfida Albión sin ir más lejos. Por qué no.
Y es que hay una fina línea que une varias cosas: une las acrobacias defensivas de Quincoces, las paradas de Zamora que sacaron de quicio al dictador Mussolini en Italia 1934, la efectividad y potencia de Zarra (un tipo que, según entrevista a Iñaki Gabilondo, llegó a estar rodeado de hasta 9 contrarios a la vez), la clase y portento de Di Stéfano y Luisito Suárez, la distribución de juego de Puchades, las galopadas de Gento y "Piru" Gaínza, la destreza de Molowny, las estiradas de Ramallets e Iríbar... 
Y esa misma línea fine une también el gol de Telmo Zarraonadía Montoya "Zarra" a Inglaterra, narrado por Matías Prats (esta narración es una reconstrucción posterior de Matías Prats Cañete, porque el audio original no se conservaba en aquella pretérita época por lo costoso del hecho), en Maracaná durante el pase a semifinales del Mundial Brasil'50. Ramallets a Alonso, éste a Gainza largo a la banda, centro a Zarra que se adelanta al arquero Williams y con la caña la empuja a las mallas. Toma ya. 
Y lo une, ese mítico gol del bilbaíno, con el gol del Niño Torres a Alemania en 2008. Ese pase de Xavi Hernández largo sobre la defensa teutona, ese desmarque portentoso por furia, fuerza y piernas de Fernandito Torres, esa salida a por todo del guardavallas valkirio, y ese toque sutil con el interior del pie derecho, en carrera, que eleva el esférico por encima del arquero lo suficiente para burlar su vana estirada y avanzar, botecito tras botecito, hasta colarse en la portería. Toma ya.
El gol de Marcelino en la final de la Eurocopa'64, la segunda que se disputaba, jugada en Chamartín con un gallego bajito en el palco (con aplausos al himno de la URSS, todo sea dicho. ¿Quién dijo que en el fútbol no puede haber clase?). Era el 2-1. Marcelino, en un escorzo imposible, bate de cabeza desde casi el borde del área a Lev Ivánovich Yashin, "La Araña Negra".  
Los une, esos y otros muchos, porque visten, todos, la misma camisola. Camiseta. Zamarra. Esa Roja de las narices con poderes mágicos (de repente no hay crisis durante 90 minutos, pan y circo sí, qué duda cabe). La Roja, la Roja, la Roja. La misma que llevaba enfundada Cesc Fábregas "la Moreneta" cuando le metió el chicharrito a Italia en los penalties. La misma que Ricardo Zamora, Antonio Ramallets, Luis Arconada... luego heredada por un tal Iker Casillas, que en loor de santidad detuvo un penaltie tras otro, diciéndoles a sus compañeros que tranquilos, tranquilos, que aunque no lo metas, yo paro el siguiente. A lo mejor sentía sobre sí la ínfula de las paradas de "el txopo" Jose Angel Iríbar. A lo mejor. 
Y es que los nuestros la tocan con clase, y eso es lo mejor de todo. La clase, y que la toquen todos. La bola, el esférico, la pelota, el balón. Lo que tiene que entrar. Fútbol es fútbol, dijo un evidente sabio. Pero quizá sea mucho más que eso. Tal vez, creo, sea algo parecido a lo que sienten los grandes aficionados taurinos (anti-taurino soy) en esas llamadas tardes de gloria y olés. Y resulta que, lo entrañable del tema es que ir al fútbol fue, durante mucho tiempo, una costumbre plagada de rituales y costumbres. Mi abuelo llevaba a mi padre al campo bajando a la Villa caminando, llegando al estadio de la Exposición casi dos horas antes del inicio del encuentro, sentándose mi abuelo Eduardo en el centro del graderío desierto a leer el periódico. 
Y las alineaciones recitadas de memoria, como poemas. Y las crónicas deportivas, que parecían novelas de acción, de capa y espada. 
Hablando de clase, ver a Zidane, por ejemplo, conducir, parar el balón sin mirarlo, mover el cuerpo con esa puñetera clase, como los de antes... no tiene precio. 
Los de ahora, a veces, parecen los de antes, pero entrando la pelotita. Con chispa de suerte. Y ese concepto, alejado del "ganar por lo civil o lo criminal", que es ganar con clase y estilo, gustándose, con humildad. La misma que tuvieron Gaínza, Gento, Amancio, la Saeta Rubia, Luisito Suárez, Pirri, Zoco,  Ufarte, Fusté, Sanchís (padre) y los demás. 
Por eso las victorias de ahora también son, en su justa medida, los triunfos de los de antes. 
De los setecientos fulanos que se enfundaron esa puñetera Roja. 

Para Noelia.

viernes, 29 de enero de 2010

Ese Don Luis

Lo leí hoy en el periódico, en su versión digital: tal es el sino de los que, alejados de nuestra tierra, nos vemos abocados a seguir las noticias de la Villa y su comarca como acodados en un muro de piedra rodeado de zarzas, frunciendo los ojos para poder vislumbrar, en lontananza, lo que pasa por allá arriba.
Ya se fue, Don Luis, el miércoles 27. Con 82 años, al parecer. Desde 1962 era párroco de Viodo y Verdicio, y durante un breve lapso de tiempo fue, con anterioridad, cura en pequeñas parroquias del concejo de Colunga. Luis Villaverde García, era su nombre completo.
Al leerlo, me asaltaron los recuerdos. No por sacerdote, sino por profesor, que lo fue de mi colegio San Nicolás de Bari, durante muchos años hasta su jubilación en 1994. Como siempre ocurre, a unos le resultaba más simpático y entrañable, a otros menos.
Yo soy de los primeros.
Esas clases express de religión, donde el examen era saber persignarse adecuadamente. Esas clases de inglés, traduciendo del castellano a la lengua de Chespir frases como " tengo una manzana grande y roja"; esa pronunciación made in Verdicio ("cheir", "teibol"). Esos exámenes extraños donde nos dejaba copiar de una chuleta que, previamente, nos había mandado hacernos en casa (se supone que para ir practicando los esquemas, claro está). Ese genio iracundo que, cuando explotaba, a algunos provocaba carcajadas reprimidas ("¡¡¡QUE OS CALLÉIS LA BOCA!!!").
Paseábase Don Luis por el aula, arrastrando la sotana negra hasta los pies que no apeó ni el último día, dejando en el aire el olor de esa colonia, Barón Dandy. Se quedaba dormido, a veces, en su sitio, Don Luis. Y nos contaba anécdotas, de sus viajes (Méjico, Iguazú, Canarias...), de la gente del pueblo, de sus inicios como profesor... anécdotas que por entonces nos parecían tediosas y nos daban risa, algunas, pero que hoy me encantaría volver a escuchar de sus labios.
Le gustaba mucho, a Don Luis, contemplar la entrada al colegio de los niños más pequeños, adjudicándoles nombres tan falsos como divertidos ("mira, mira Romualdo", "¡ay Petulia, que te pesa la cartera!", "hombre Cristino, tú eres amigo de Eliseo, a que sí"). Desde 5º a 7º de E.G.B. nos impartió a mis compañeros y a mí clase de inglés, sociales y religión. Sobre sociales nos contó una anécdota personal, ya que é no quería impartir esa asignatura, porque, según sus palabras, hacía más de 20 años que tenía aparcados esos conocimientos. Tuvo que ir, un día de noche, el propio director del colegio, Garralda, a pedírselo por favor a su casa. Huelga decir que al final Don Luis cedió; en esa, y en más cosas.
Nos tiraba penaltis en el recreo, y de vez en cuando su prominente barriga se llevaba, sin querer, algún que otro balonazo, que él tomaba con humor y aprovechaba, de paso, para chutar a puerta desde lejos (casi siempre con resultados nefastos, aunque una mañana nos metió un golazo por la escuadra, muy celebrado). 
En fin, son muchos los recuerdos escolares en cuyas escenas Don Luis está presente. Los míos son buenos, a lo mejor los de otros no tanto, pero ya saben, cada uno tiene un palo y una vela, y eso.
No está de más, creo, que desde la atalaya de este 2010 que comienza, pararse un instante, dentro de estas afanosas vidas nuestras llenas de problemas e ilusiones, cada uno las suyas, y recordar lo que va quedando por el camino.
Yo recuerdo, Don Luis, las mañanas grises de lluvia, de chubasquero frío y bufanda de lana, de balón lleno de barro, de sudor en el recreo, de tardes arrimadas a una calefacción blanca; otras tardes, estas con sol, alumbrando las caleyas de Verdicio, y la iglesia, enjuta, recortando su silueta al final del camino.

"El amor es la única fuerza verdaderamente irresistible"
                                                                                      Don Luis*

(*Reportaje del diario ABC, lunes 5 de septiembre de 1994)

martes, 19 de enero de 2010

La puesta de sol

Madrid, 19 de enero de 2010

         
            T:

           Te escribo desde aquí, para sorpresa de la platea y del pequeño (e imprescidible) público  que sigue esta modesta página. Esperaban, seguramente, un artículo divertido y simpático sobre el viaje a Bailén de este fin de semana. Lo habrá, pero no hoy.
          Quizá nadie se acuerde de ello este día, porque ya han pasado doce años. A veces pienso que es mucho tiempo, volviendo la vista atrás, pero otras veces me parece tan sólo un pequeño suspiro. Ya sabes, el trajín diario, las cosas que pasan y que se solapan unas a otras, y que sepultan, poco a poco, las viejas imágenes y las voces apagadas.
           Pero no en mí. Mientras yo esté por aquí, no caerá en el olvido este día.
           Quiero que sepas que por aquí está todo bien. Algunos han seguido ya tu senda, y no están con nosotros, pero todo normal, la edad que los ha vencido.
            A veces, cuando estoy solo, tengo una pequeña fantasía: pienso en lo fantástico que sería que pudieras regresar una vez cada cierto tiempo, sólo una, para ponerte al día, y charlar un rato. Poder repetir aquellas tardes de verano que la memoria no puede emborronar, cuando el sol se ponía lánguido y yo miraba hacia arriba, a través de las copas de los árboles, y el Mundo era inmenso y extraño, y todo eran preguntas que tú me respondías.
           Parece que fue ayer, ¿eh? Bueno, no sé cómo se mide el tiempo, ahí donde tú estés, pero aunque uno se va haciendo mayor poco a poco, se echa igualmente de menos, y muchas veces quisiera volver allí, cuando la tarde se apagaba lentamente, los colores se fundían con la luz tenue del sol sobre la hierba, el aire fresco acariciando nuestras caras, y por delante un camino que explorar, la vuelta a casa, o sentados uno junto al otro al final de la ladera, cerca de los geranios y los rosales de mi abuela.
           Soy un sentimental, ya lo sabías, y eso no va a cambiar, me temo. Últimamente estoy intentando que la nostalgia no pueda conmigo, que no me impida avanzar, y lo estoy consiguiendo, creo. Me doy cuenta de todo lo que queda por andar, por aprender, por disfrutar. Parece que el carro del que tiraste tú primero, me toca a mí llevarlo ahora.
                      Estarías orgulloso de muchas cosas, pienso. De otras no, pero de esas no vamos a hablar, al menos no ahora. Estarías muy orgulloso de tus hijos, estoy convencido. Uno y otra han salido adelante, cada uno en su estilo y siempre siempre ayudados por su madre (la mejor Abuela del Mundo). Sé que tenías algo especial con cada uno de ellos, al margen de todo lo demás, bueno y malo, que pudiera haber pasado. Lo veía en tus ojos, y en la forma en que les hablabas cuando estabas tranquilo. Has de saber que ellos ahora, cada vez que hablan de ti, tienen ese mismo brillo en la mirada, pues el tiempo de los recuerdos termina por arrinconar lo malo, y por iluminar lo bueno.
            Y tus nietos, los demás, tampoco pueden quejarse demasiado, a día de hoy. Los mayores a lo suyo, creciendo, estudiando, divirtiéndose. De entre todos, hay uno al que no conoces pero que habría sido tu ojito derecho, por encima mía. Se llama Diego. Es el más grande. En febrero cumplirá once años. Ayer se operó de la garganta y todo fue bien. La noche antes de la operación, como recordarás, al acostarme cogí la foto que tengo en la mesilla de noche (salimos tú y yo, sentados en la finca, tú rodeándome con el brazo izquierdo, yo con apenas seis o siete años, si llegaba) y te miré como hago muchas veces, esa media sonrisa tuya, y sin hablar te dije "eh, mañana estate por ahí, no te vayas muy lejos, por favor".
           A mí me va bien, de momento, y espero que así siga. Tengo muchos proyectos, y algunos de ellos te gustarían. No abandoné mi gusto por la Historia; de hecho me licencié. Eso sí, mis opiniones e ideas están, algunas, en las antípodas de las tuyas, pero lo veo normal, no sé tú. Tampoco creo que te enfadases por eso. Muchas veces, por cierto, me viene a la mente una cosa que me dijiste: "escoge bien". Un poquito (muy) machista esa frase, no podías evitarlo, pero tengo que decirte que "escogí" bien. O me escogieron. O simplemente tuve suerte, pero lo que tengo por nada lo cambio, quiero que lo sepas.
         Recuerdo que en los últimos tiempos me hablabas mucho de la familia. Parecías temer que se rompiera. Temí que así hubiera sucedido, hace un tiempo. Hoy, en cambio, pienso de otra manera. La familia no tiene que permanecer en la misma casa o en el mismo lugar para estar unida, porque es el Amor lo que hace que sea fuerte y no se rompa.

         Y ya tengo que ir terminando esta carta. Pero esta carta no tiene final. Es un pequeño gran punto y seguido. No puede acabar, porque muchas veces cierro los ojos cuando estoy solo, y vuelvo allí, a ese rincón de mi memoria en parte recordado en parte inventado o idealizado, y estás tú allí, esperándome, y charlamos mientras el sol se pone y todo se va oscureciendo, y el aire ya refresca, y cuando tengo que marcharme me reconforta pensar que siempre siempre estarás ahí, y que siempre podré volver.

Slit baizt.

P.D. Este va para Cris, la pequeña Flor, la mejor Hermana del Mundo, a la que, creo, hubiera gustado vivir contigo algunos de mis recuerdos.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Bajo la sombra de Maimónides


“Amad la sabiduría, buscadla como la plata, rastreadla como un tesoro oculto.
Permaneced en el umbral de la casa de los sabios, los que aprenden, los que enseñan.
Allí tendréis vuestro esparcimiento.”

Maimónides. Poeta, filósofo, médico, teólogo.
Judío Andaluz. Español.
(1135-1205)

El Madrid que dejamos atrás a las ocho de la mañana del trece de noviembre, es negro; sólo iluminado por miles de puntos blancos y amarillos; luces de coches, hogares, farolas... En la estación de la Puerta de Atocha, ya en el andén, la foto subiendo al AVE que nos llevará a Córdoba, es obligada. Partimos dirección sur cuando, al poco, un punto difuminado y creciente, ambarino y ocre, empieza a elevarse a nuestra izquierda entre estiradas nubes blancas.
Amanece el trece de noviembre.
Recuerdo haberme dormido con la cabeza apoyada en la ventana a eso, calculo, de las nueve de la mañana. Antes, en mi memoria, hay unos pocos retazos: grúas al sur de Madrid, otro tren circulando en paralelo con la palabra Parla en sus vagones, inmensas praderas marrones y resecas y sobre ellas una flotante neblina, nosotros atravesando pequeñas sierras, el cielo volviéndose más claro y más azul.
Luego, un pequeño descanso.
“-Cariño, estamos entrando en Córdoba.”
La voz más dulce del Mundo (cuando quiere) me sacó de mi letargo. Me desperté con la visión de las primeras casas de Córdoba desperdigándose a ambos lados de la vía del tren. El sol luce ahora, y sólo desaparece al entrar en la estación central. Al poner el pie en el andén, lo primero que requirió mi atención fue el olor. El aroma. Una mezcla de naranjos en flor y semillas de azahar que no nos abandonaría hasta ahora, cuando escribo desde el vagón número 7 del tren 09383, siendo las 18:52 horas y viajando, concretamente, a 249 kilómetros por hora. 19 ºC marca la temperatura exterior.
[Por cierto que Ana me está masacrando a gominolas. Es un dato.]
Pero mis recuerdos viajan de nuevo dos días atrás, a eso de las diez de la mañana del día trece de noviembre, cuando ya pisábamos, al fin y cuales Abderramán primero, las tierras de la capital de Al-Ándalus. Y seguía el aroma a naranjos y azahar y a sol y a Historia enroscándose en cada plaza, calle y esquina.
Y es que Córdoba es eso: aroma, brisa templada (salvo en la noche de esta época); es jazmín, y sol en el agua verde del Guadalquivir, y el reflejo dorado de las puertas de la Mezquita. Entramos en la ciudadela por la Puerta de Almodóvar, saludando (yo, con mirada silenciosa) a la estatua de Lucio Anneo Séneca, que queda a la izquierda de la puerta, según se entra. Las callejuelas estrechas de la Judería se abren ante nosotros en un laberinto de paredes de blanco encalado, combadas muchas de ellas hacia dentro para no estorbar el paso de las ruedas de los carros, antaño.
Dejando nuestros bártulos en nuestro cuartel general (hostal "González", en calle Marquínez, número 3) nos dirigimos raudos a desayunar, porque huelga decir que, a tales alturas, y tras haber tomado en Madrid un par de tés con alguna galleta (Ana una tostada), nuestro hambre es ya, como diría mi abuelo Luis (qepd), canina (creo haberle oído decir en alguna ocasión también lobuna, si bien no podría asegurarlo). Reponemos fuerzas bajando la calle, en una pequeña cafetería-restaurante que está justo en frente de la taberna Casa Pepe de la Judería (con solera y letrero en azulejo con inscripción de “fundada en 1930”). Donde saciamos nuestro hambre matinal lleva por nombre Oh La-lá, que no es muy cordobés, pero que servían unas tostadas con bolas de mantequilla encima que eran de morirse (de gusto).
Tras (re)llenar nuestros estómagos, Ana me pregunta:
“-¿Por dónde te apetece empezar?”
Me lo pienso, pero sólo un instante ínfimo.
“-A la mezquita.”
Cinco minutos de paseo por las callejuelas mágicas y llenas de tabernas y tiendas de la Judería, y llegamos a los muros almenados de la mezquita-catedral. Ya su fachada exterior merece detenerse con calma, sin hablar apenas lo justo, y mejor si es nada. Encierra, dentro, 24.000 metros cuadrados, y sus puertas son verdaderas joyas del Arte, de la Historia, de la Humanidad y de cualquier cosa que se pueda escribir con Mayúsculas. Véase, verbigracia, la puerta del Perdón, del siglo XVI y estilo mudéjar, cercana al altar de la Virgen de los Faroles (iluminado de noche por los mismos, y con plaquita de advertencia correspondiente, avisando al paseante de su deber de honrar a la Virgen a su paso). Por encima de las puertas y las almenas del muro se eleva la torre del Alminar, con sus 93 metros de altura. De época de Abderramán III (912-961), desde ella llamaba el muhecín a la oración las cinco veces al día que dispone el Corán. Posteriormente, con la conquista de Córdoba por las tropas de Fernando III el Santo, en 1236, pasó la torre del Alminar a convertirse en campanario y a coronarse con una escultura del arcángel San Rafael, patrón de Córdoba, pasando años más tarde a ser la torre barroca, de finales del siglo XVI, que llega hasta nuestros días. Con dicha conquista, la mezquita aljama se consagró como catedral bajo la advocación de Santa María la Mayor. Las obras para convertirse físicamente en catedral se iniciaron en 1523 bajo la dirección de Hernán Ruiz I. Es curioso este hecho, pues el cabildo de la ciudad prohibió en un principio esas obras, penando con la muerte a quien trabajase en ellas. Fue Carlos V quien intercedió para se realizasen, si bien, y aquí viene lo memorable, el propio emperador se lamentaría años más tarde de este hecho, pues con ellas se había hecho nuevo lo antiguo y...
...habéis tomado algo único y lo habéis convertido en algo mundano.”
Cuando cruzamos las mismas puertas que cruzase el propio Carlos V (o unas parecidas, o cercanas, al menos), encontramos el patio de los naranjos, plagado de dichos árboles y, sobre todo, de sus frutos, esparcidos por doquier sobre el empedrado. En el suelo, en torno a una fuente cantarina, decenas de canalizaciones de agua que forman parte del aljibe construido por Almanzor en el siglo X. De pronto, rompen las campanas de la torre, y el hechizo del sol sobre las hojas de los naranjos se esfuma.
Es hora de entrar.
Y, lo mejor, estaba dentro.
Sabemos que el Islam prohíbe la representación de figuras humanas. Bien. Entrando en la mezquita aljama, uno comprende que, realmente, no hace ninguna falta. Paso detrás de Ana, y por encima de su hermoso cabello castaño que nada tiene que envidiar al de cualquier esposa de cualquier Califa, mis ojos se postran (ese es el verbo adecuado) ante la Belleza silenciosa y luminosa de cientos de columnas y arcos bicolores, blanco y rojo, todo iluminado en un apagado tono escarlata; y tracerías, y enyesados de decoración vegetal que suben retorciéndose, como danzando, entre pared y pared; y la luz que entra en finos haces por la piedra abierta y vidrieras de colores, fundiéndose en los espacios entre columnas. Y, de repente, un rayo de luz sortea todos los fustes y chapiteles, y se refleja en el suelo de terrazo, como llamándome, transportando con él los más de mil doscientos años que han pasado desde que Abderramán I, el “príncipe errante”, el último de los Omeyas huído de Damasco cuando su familia, hasta entonces reinante en el Califato, era asesinada por la familia Abasida de Bagdad. Por eso Abderramán el joven puso pies en polvorosa hacia el rincón más alejado de su recién perdido imperio.
Me aparté, entonces, buscando estar solo unos instantes, arrimándome a la compañía de aquel haz de luz, solitario como yo; y entonces, este asturiano admirador de la época del rey Ramiro I (842-850), se emociona cuando, al cerrar los ojos, esa misma luz se transforma en la luz de Al-Ándalus, iluminándome los párpados, y a mí mismo, por dentro y por fuera; y escucho al muhecín llamar a la oración, su voz omnipotente desperdigándose hasta el último rincón de la última piedra de Córdoba; y detrás mía escucho el sibilino arrastrar de cientos de pies que acuden a la oración del viernes, las manos húmedas aún del agua de las abluciones.
Unas manos cariñosas me sujetan por la cintura, y vuelvo al siglo XXI.
El interior de la mezquita aljama no se puede describir más. Al menos, yo no puedo ni sé hacerlo. Sí, tuvo ampliaciones, que si Almanzor, que si Abderramán II, que si este, el otro... pero realmente hay que estar allí y sentirlo uno mismo. No diré más.
Quédense con la luz.

Córdoba fue fundada en el siglo II a.C. por Claudio Marcelo, como una colonia fluvial, con su puerto al Guadalquivir como enclave principal, llegando a ser capital de la Hispania Citerior (la más cercana a Roma geográficamente, al contrario de la Ulterior, la más alejada). Hoy en día, tiene unos 325.000 habitantes. Me atrevo a decir que fue Capital del Mundo. Recuerdo, vagamente, al personaje interpretado por Alec Guinness en “Lawrence de Arabia”, diciéndole al que interpretaba Peter O'toole aquello de...
“...Córdoba... ¿sabes que Córdoba ya tenía alcantarillado y alumbrado público cuando Londres no era más que un villorrio?”
Mira entonces más lejos, más allá de la cámara que lo enfoca, perdidos sus ojos, y murmura como para sí...
“...Córdoba...”
Ni hicieron falta más palabras. Como ahora.
Saliendo de la mezquita, y tras un paseo en el que intentaron leerme la mano cinco veces (las conté) ofreciéndome a cambio una ramita de laurel, o de hierbabuena o azafrán, o de algo así, fuimos a comer a una de las miles de tabernas que salpican la Judería. La “Taberna de Rafaé” fue la elegida. Después de comer, y tras otro paseo, llegamos hasta el alcázar de los reyes cristianos: fundado en 1328 por Alfonso XI en el lugar que antes ocupase un recinto militar árabe. Sirvió como residencia a los reyes de Castilla en sus estancias en la ciudad, y como cuartel general de los Reyes Católicos durante los últimos coletazos de la guerra de Granada (aquel enero de 1492 famoso, si bien la contienda llevaba librándose desde 1482). En su interior vimos, sobre todo, piedras e inscripciones de época romana. Suponemos que como exposición permanente, si bien completamente descontextualizadas. Por contra, lo que destaca es la maravilla de los jardines, con sus fuentes, flores rojas y azules y de muchos colores más (lamento no poder precisar más, porque resulta que el que esto escribe es daltónico) y estanques y albercas y que, con aquella luz mortecina de final de la tarde, tenían un encanto especial y fácil era, de nuevo, sentirse transportado a otro tiempo. Aunque esto último no podía ser difícil para mí, pues paseaba en aquel momento con la más encantadora de las reinas de Occidente, Oriente, Aquí, Alla, Ayer, Hoy y Mañana.
Hermoso es también el camino que lleva, bajando por las caballerizas reales hasta la plaza del Triunfo: estatua y monumento al triunfo de San Rafael, protegido por un vallado y tras el cual se abre una pequeña balconada ofreciendo una agradable vista del río Guadalquivir y el puente romano que lo cruza.
Y hacia él fuimos, cruzando la puerta del Puente: diseñada por Hernán Ruiz II (conjeturé aquí sobre un posible guiño en el libro La Mano de Fátima, de Ildefonso Falcones, pues el protagonista se llama Hernando Ruiz y vive a caballo entre la Alpujarra granadina, Granada y, sobre todo, Córdoba, en el siglo XVI) en el año de 1571, con ocasión de la visita a la ciudad de Felipe II (una inscripción lo atestigua en el frontón del arco, algo como “reinando su gracia magestad el rey Don Felipe ta y cual etcétera”. Hablo de memoria, lo siento. Por la puerta se cruza al puente romano, que formaba parte de la Vía Augusta (la calzada romana más larga, un prodigio de más de 1000 kilómetros que bordeaba el marenostrum Mediterráneo desde los Pineranei Pirineos hasta Gades Cádiz). Este puente ha sido acondicionado recientemente (se nota sobre todo a media distancia en su pretil), y su piedra brilla al sol y se refleja, en la noche, en el agua del Guadalquivir. A mitad de recorrido tiene un altar del siglo XVI a San Rafael y en frente de éste un recordatorio del lugar donde hubo otro (altar) a los mártires cristianos los hermanos Acisclo y Victoria, supuestamente del siglo IV d.C. Al otro lado del puente está la torre de la Calahorra, del siglo XIV, siendo antaño dos torres unidas por un arco central. A sus pies, abajo, cerca del río, está el molino de la Albolafia.
Pero Córdoba es mucho más. Es el blanco de sus calles y el color de sus macetas colgadas que te rezuman en los ojos. Son sus patios, diría que miles, en casas particulares, bare
s, restaurantes, hoteles, tiendas... Son los, precisamente, trece patios del Palacio de Viana, a cada cual más bonito y encantador. Son la torre de la Malmuerta, con esa historia medieval del hombre a quien su mujer engaña, matándola él, y demostrándose más tarde que todo había sido una insidia de un enemigo. En insuficiente compensación levantó el hombre la torre, a su esposa que había sido mal muerta.
Córdoba es también la plaza de Colón, cerca de la citada torre, ideal para un fugaz paseo a la sombra de los árboles. La plaza de los Capuchinos, con el Cristo de los siete faroles (puesto allí en 1724, por lo visto). Es la plaza e iglesia de Santa Marina, y la estatua de Manolete. Son unas columnas de un templo romano que te encuentras subiendo hacia la Judería. Es la plaza del Potro, donde Cervantes situase en su “Quijote” la posada del Potro, mentada (la plaza) a menudo en la novela ya dicha de Falcones, “La Mano de Fátima”, con su hospital de Caridad y su escultura del pequeño equino en el centro.
De noche, tras la cena en la bodega “La Abacería”, donde también comimos el día siguiente, catorce de noviembre, un paseo a orillas del Guadalquivir por el Paseo de la Rivera.
Y es que Córdoba también es ese pisto (sin huevo, queda pendiente con el susodicho), ese salmorejo, ese salpicón de marisco, ese flamenquín, esas berenjenas con miel, ese churrasco...
Ese día catorce, el sábado, hubo excursión a las ruinas arqueológicas de Medina Azahara. Un autobús te lleva desde la glorieta de la cruz roja, a la que fácilmente se llega desde la puerta de Almodóvar.
Madinat Al-Zahra, a siete kilómetros de Córdoba, fundada en 936 por el primer Califa de Al -Ándalus (independiente ya, por tanto, del Califa de Damasco, tan lejano), año en que se iniciaron unas obras que durarían veinticinco años. Lamentablemente, una invasión de bereberes en el año 1010 dio al traste con ese pequeño paraíso, siendo saqueada e incendiada en mitad de la guerra civil que desmembraría el Califato en reinos de Taifas. Las piedras de Medina Azahara las usarían como cantera para ulteriores edificaciones, según parece. Y, por cierto, que la construcción de esta gran ciudad no fue un capricho del califa para contentar a ninguna esposa. Significaba mucho más: un deseo de cimentar el recién nacido califato de Ál-Ándalus fijando para el califa una nueva residencia, aún más opulenta e impresionante, dignificando su cargo y su persona y centralizando toda la administración en un solo lugar. Varias calzadas unían Medina Azahara con Córdoba, y recogían el agua del sur de la sierra Morena con varios acueductos, alguno romano y otros de nuevo cuño. Actualmente hay un centro de interpretación a los pies de la colina sobre la que se levanta, en estratos y escalones, la ciudad. Lo más interesante (aparte de su gratuidad) fue un vídeo explicativo de unos quince minutos de duración. Al contrario de lo que la mayoría de estos vídeos suele parecerme (aburridos y liosos) el que aquí nos pusieron fue ameno y entretenido, reconstruyendo la ciudad con infografía y estética de videojuego, con buena música de apoyo y narrado por la archiconocida voz del doctor House. El califa visualizando sus tropas desde lo más elevado de la gran arquería que daba al patio de armas, “hecho para impresionar”, según el panel explicativo. Los emisarios y embajadores también pasaban por allí, haciéndolos recorrer estancias y más estancias, patios y más patios, albercas y más albercas, hasta llegar por fin a las dependencias privadas del Califa, extasiados ya de belleza y suntuosidad. Me imaginé al pobre embajador de Sancho I, rey de Asturias y León (935-966), después de un viaje de mil kilómetros desde aquellas abruptas tierras del norte, llegando a Medina Azahara y viendo todo aquello... ¿Qué cara debió poner? Imaginen...
Como dato, decir que fue en 1910 cuando se iniciaron las excavaciones arqueológicas de Madinat Al-Zahra, aún hoy sin concluir.

Y más es Córdoba, con su plaza de las Tendillas y su estatua en ella del Gran Capitán (Fernando Fernández de Córdoba, el creador de los Tercios españoles en el siglo XV y principios del siglo XVI, ganador para el rey Fernando de tantas batallas en las guerras de Italia) y que fue, la plaza, ya centro urbano desde época romana aunque su estructura actual sea del siglo XX; con su mentada ya puerta de Almodóvar; con sus estatuas dedicadas al médico y filósofo y teólogo y poeta judío Maimónides (1135-1205), y al filósofo romano profesor del emperador Nerón, Lucio Anneo Séneca (4 a.C.-65 d.C.); y al filósofo, matemático, comentador de Aristóteles y médico árabe Averroes (1126-1198), aquel que dijo aquello de “quien habla de cosas que no le atañen, escucha lo que no le gusta”; y al poeta, filósofo e historiador Aben Hazam (994-1064).
La cena de la última noche fue en la taberna “El toreo”, donde probé el flamenquín por primera vez y ya tengo ganas de repetir.
Y podría decir que esto fue todo, pero mentiría. Fue mucho más, porque mucho es lo que queda. En nosotros. En mí. Una visita así tira de uno hacia arriba, llenándolo. Y porque veo las velas enchichas de las barcas en el Guadalquivir, y yo voy en una. Y al desembarcar, cruzo el puente romano y llego hasta la mezquita aljama, y llama el muhecín a la oración, y yo permanezco de pie, respetuoso, admirándolo todo.
Y tengo al lado a la persona a quien va dedicado este ensayo que ahora concluyo en casa, ya en Madrid, de madrugada; la persona que, cogiendo mi mano, me arrastró con ella hacia ese sol y ese blanco y rojo y ese aroma de jazmín tan especial; la mujer que hizo ante mí bailar sus ojos; y su risa, tan espumosa que pretendiera encandilarme...
...como si se pudiese estar más encandilado de lo que ya estoy...

Maimónides y yo, en animada charla
"Todas las religiones son obras humanas y, en el fondo, equivalentes; se elige entre ellas por razones de conveniencia personal o de circunstancias."

Averroes.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Abuelita

La rosa en la ventana

Es curioso y extraño a la vez, y quizá también, desde cierto punto de vista, sea comprensible. Hace ya más de dos años y es ahora, justo en este entretiempo, cuando empiezo a echarla más de menos.
Como siempre, a Rubén se le quedan miles de palabras que decir, miles de cosas que preguntar, miles de ansias por saber más que ahora a la fuerzo debo reprimir. Tantos momentos que pude vivir y que ahora se conforman con ser imaginaciones y fantasías que se pierden en mi cabeza. Tengo la sensación que se fue sin que yo la conociese bien, realmente. Hoy, no es el deseo por investigar la vida de alguien perfecto lo que me mueve a verter en estas líneas mi ignominia mental. Es, en cambio, el lamento lánguido de no poder ver a una persona como fue, con sus luces y sus sombras. Y el problema es precisamente ese: yo tengo alguna luz, pero sobre todo tengo sombras.
No sé por qué escribo esto hoy. No es ninguna fecha especial, ningún día señalado ni efeméride alguna. Pero tengo que hacerlo, aunque no lo lea nadie.
Abuelita la llamé siempre. Miento: hace algunos años improvisé formas de llamarla más acordes con el paso del tiempo, o eso creía yo, al menos. Pero al final, se impuso ese Abuelita ya que, con solo evocar esa palabra, me llevaba inmediatamente a su rostro. Y era este afable, al menos tal y como yo creí conocerlo, ya vetusto, la piel tersa, curtida por años y años de esfuerzo y trabajo.
Recuerdo que en febrero de 2007, en el funeral el cura se refirió a su sonrisa. Tenía razón. Era una sonrisa especial, porque estaba cimentada en su creencia de que toda la gente puede llegar a ser buena, si se lo propone.
Seguro que sufrió, en mayor o menor medida, interiormente, en silencio, cuando yo me aparté de la Iglesia. Devota católica, convencida en la Redención de los pecados, y en la infinita misericordia de Dios, vivió teniendo presentes esas Escrituras que su madre, mi bisabuela María, le inculcó desde niña. Yo mismo he podido ver, en estos dos años, un misal, un catecismo y un devocionario firmados por una joven Pacita Pérez Fernández, 1929.
Su aparición al final de mi pequeño relato histórico publicado aquí hace semanas, "Abril: entre Avilés y la Puerta del Sol", como una jovenzuela que se dirige, en su primer día de trabajo, a la redacción de "La Voz de Avilés", es solo una gota en el mar que no le hace justicia. Ella misma podría haber escrito un relato mucho mejor, que podía haber titulado "Cómo sobrevivir en España en los años 50 con un marido enfermo en cama, una hija pequeña, un hijo aún bebé, una vaca, cuatro conejos, seis gallinas y un pedazo de tierra".
Pero todo esto, ahora, me queda muy grande. Es mucho más grande que yo. Casi me parece una falta de respeto hablar de ello. No debería ser así. Pero lo es. Sé que ella quería a todos por igual, pero también sé que yo no era su nieto predilecto. Pero también sé que eso no cambia nada. La vida somos nosotros mismos y miles de circunstancias cambiantes que nos acechan por doquier.
También sé que nunca nos vimos mucho; al menos, no muy a menudo. Quizá por eso sea ahora, más de dos años después, cuando más noto su falta. Muchas veces la perspectiva de que no haya nada Después, salvo Vacío, me acongoja y tengo que auto-obligarme a pensar en otra cosa; y otras veces me gusta pensar que tal vez esté por ahí, no sé si arriba, abajo o simplemente por Ahí, observando cómo su nieto no-predilecto, se lamenta él solo, en silencio, sin contarlo a nadie, a veces a oscuras en la cama, de noche, a veces paseando a día abierto, por no poder sentarme a su lado ahora mismo, en la cocina, oliendo a madera vieja y a carbón quemado mezclado con la última comida del día, y poder pregutnarle cosas; muchas. Todas. Yo, tanto tiempo alardeando de mi gusto por la Historia, y tenía al lado Historia Viva nacida desde 1916. Ella quizá tenía metido en la cabeza, aún, el ronco zumbido de los Fiat italianos sobrevolando las calles de Avilés, soltando la metralla en los tejados de la plaza de Abastos y derruyendo parte de la fachada del ayuntamiento, en 1937.
A lo mejor ya no lo recordaba. Pero a lo mejor sí. Y yo, debería habérselo preguntado, para atesorar ese recuerdo y transmitirlo a los que vengan después.
Fueron 91 años de lucha, de brega, de trabajo constante.
Y fue quizá una corazonada, lo que me llevó a visitarla en vísperas de mi viaje a la Capital, en agosto de 2006. Fui solo, pero tenía la sensación de que aquella oportunidad no podía dejarla escapar una vez más. Y menos mal. Hablo conmigo sin darse importancia, aconsejándome con una humildad impropia de alguien que con 91 años aconseja a otro alguien de 26. Lo que me contó no voy a reproducirlo aquí. Sólo diré que fue la vez que más cerca de ella me sentí, como si supiera que estaba siendo la última.
"Cuando vengas, ven a verme a mí también". Una vez más Rubén incumplió su palabra. Parecía que ella siempre estaría ahí, que siempre estaría bien. Sólo era descolgar el teléfono, sólo era doblar a la derecha en lugar de seguir de frente. Pero un día ya no estuvo. La voz de mi madre (no podría haber otra voz mejor para eso) me lo hizo saber, ese febrero de hace dos años. Se había ido.
No llegué a tiempo. Sólo para llevarla en el último tramo, la última salida. Era febrero pero hacía un extraño día de primavera. Un sol manso, tranquilo, una luz reposada. Una pura metáfora de esa sonrisa que, ahora, solo podía evocar en mi mente.
Ahora, la echo de menos. Quien quiera que lea esto, quizá no le sirva para nada, y quizá, tal vez, contribuya a hacer reflexionar sobre aquellos que siempre están ahí y que, a lo mejor por eso, no tratamos como realmente merecen. Luego, el lamento es tan sólo la frustración de un deseo.

Te echo de menos.

Epílogo.
Meses después. Tarde gris. La casa en silencio, el viento agita su soledad impuesta. En un acto reflejo, golpeteo el cristal de la cocina. Nadie responde. Oscuro. Ana me aprieta la mano. Me esfuerzo en llorar, pero no me sale el llanto. Del rosal arranco una flor, y allí, en el alféizar de la ventana, solitaria, la dejo tendida.
Ojalá nunca se marchitase.

Ahora sí. Ahora, ya me sale el llanto.

P.D. Papá, este va para Tí.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Alcordanza d'Asturies

(Recuerdos de Asturias)

En ocaciones, el tiempo demuestra que estabas equivocado; y en otras ocasiones, ese mismo tiempo imparcial e inexorable, demuestra que sí que la tenías. Pues bien, hace muy poco sucedió esto último, pues las premisas contenidas en el artículo "Amigos de Prestado" volvieron a cumplirse: el núcleo duro volvió a reunir sus mesnadas y no contentos con eso, realizamos una dominguera excursión por esa tierra de niebla y hierba fresca que se llama Asturias.
¡Ay, mi Asturias del alma! Cuánto te extrañamos, los que estamos fuera, más allá del último relumbre del último cordal de la Cordillera que te une y separa de la vieja Castilla. ¡Ay, mi Asturias, que entre unos y otros llevan siglos maltratándote como a una Cenicienta cualquiera! Pero tú no tienes calabaza para convertirse en carroza, Asturias: tú aguantas y aguantas, tanto la furia del mar como la lluvia que cala hasta el tuétano; tanto el gélido nordeste como la nieve posada sobre el corazón de tu entraña.
¡Ay, mi Asturias! Eres víctima de unos políticos malsanos, vetustos, unos políticos políticamente acabados, que no hacen sino arrojarte tierra encima desde hace años. Un centro focalizado en el poder de Oviedo y en las inversiones y detalles que se lleva Gijón, cuna de tu Presidente, como en los mejores tiempos del caciquismo. ¡Qué contentos estarían Cánovas y Sagasta, viendo que su obra perdura indeleble en aquella tierra bendita!
Pero ojo, yo no quiero un Don Pelayo, no quiero un salvapatrias, aunque tu Presidente sea presa en tres tramos de idiotez, de la Federacion Socialista Asturiana y de su propia caducidad como político, y a su vez, la FSA sea presa de la idiotez entera.
¡Ay, mi Asturias! Que ni fuiste cuna de España ni nada que se le parezca, pero en cambio has sido cuna de nuestro sudor, nuestros ancestros, y nuestros sueños por verte liberada y en paz, y eso, en confidencia, vale mucho más que cualquier patria.
Volví a sentirte hace poco, mi Asturias, recorriendo tus arterias más profundas. Protegido por el calor del núcleo duro, y tras llegar a mis diez minutos tarde de rigor, para mayor gloria y honra de Luis, nos embarcamos en un pequeño viaje a través de tu piel de valle y montaña, de viento frío que corta el aliento y de mirada perdida tras el cristal con un café humeante en las manos.

Desde Avilés partimos dirección Belmonte de Miranda, parando primero en Cornellana y su barroco monasterio del siglo XVII. Tras el matutino café de rigor, y los pertinentes asemeyos (fotografías), proseguimos viaje por tus caminos sinuosos, tus repechos repentinos, tus curvas revoltosas, el río Nalón regando a nuestra siniestra la ribera del camino, llegando a Belmonte: un pueblo abigarrado enmarcado en la indisoluble belleza del valle de Somiedo. Allí, tras haber contemplado la faraónica obra de un tal Mijares, ingeniero, buscamos el placer del paseo previo al yantar, dedicándonos luego a él con fruición: degustamos jabalí como si nosotros mismos hubiéramos dado caza a tan temida bestia boscosa. Las mesas de madera, las ventanas abiertas al valle mientras el humo escapaba gris de las chimeneas del pueblo, dotaron de un sabor especial, único, a toda la maravillosa velada.

Para relajar nuestros estómagos dedicamos un buen rato a pasear junto al cauce del río Pigüeña, adentrándonos en el corazón del pueblo casi hasta la raíz misma de la montaña. Mientras tanto, tú, mi Asturias querida, te ibas enfriando soplando sobre nuestras cabezas ese aliento tan sinceramente frío que hasta las pupilas tiemblan bajo su poder.
Con las últimas luces del día, mientras en el cielo eran todo desgarros de ocre y ámbar, y las nubes se estiraban por encima del cordal sobre el valle del río Narcea, detuvimos en su cumbre los coches para admirar una vez tu increíble belleza. Al fondo, serpeando como una cinta de plata sobre una serpiente gigantesca, el estirado embalse de Calabozos ofrecía un magnífico retrato de lo que tú eres: hermosura sin límite, grandiosidad sin ostentación, callada belleza dentro de un mundo que apaga su luz mientras tú pareces meditar en silencio.

Todo enmudece, incluso en la cima del cordal. Por un momento me alejo de todos y miro hacia el valle, yo solo (gracias Luis, por esa foto traidora): tú y yo nos miramos, frente a frente aunque mis ojos nunca puedan abarcarte del todo. Entonces me sincero contigo, mi Asturias del alma, y te confieso cuánto te echo de menos y cuánto necesito saber que, con los años, pervivirás así, sólo cambiando en lo imprescindible.

Casi al abrigo de la noche arrivamos a Tuña, realizando parada en la cafetería del hotel obra de nuevo de un tal ingeniero Mijares. Ahora los rostros son más serios, los ojos quizá cansados de tanta belleza, con esa agradable sensación de estar entre personas a las que quieres y a las que no hace falta decir nada, cuando no salen las palabras.



Sobre el puente romano afloran los recuerdos de este historiador, rematándolo el homenaje a Rafael del Riego, foto incluída con Manu señalando, ambos, la bandera republicana que encintaba la corona de flores puesta bajo el pedestal del general antuñano.
Tras los abrazos de despedida, de vuelta a casa, me sumo en mis pensamientos solitarios y apenas digo nada, si es que algo llegué a decir. Es como besar a tu amada y dejarla marchar una y otra vez.
Sigues en manos de botarates arrastrados, empeñados en ennegrecerte el corazón y en despoblar tus alas. Pero ahí sigues, pues tu espíritu se alimenta de los ojos que te miran con respeto, admiración y orgullo.


Asturias, cuánta alcordanza.

martes, 9 de diciembre de 2008

Mi abuelo

Estaba allí, de pie, observándome con una silenciosa sonrisa en sus labios finos. En los ojos castaños se reflejaba, en cambio, un indisimulado orgullo mientras yo deslizaba torpemente mis dedos sobre las teclas del piano. Al instante, las notas fluyeron para él sin que ellas, ni yo mismo, ni nadie, lo supiera; era un secreto pequeño y hermoso.
Podía ser, tal vez, la melodía de toda una vida. Tal vez, un pequeño gran homenaje hacia su figura. No era ésta imponente ni adusta, no era grande ni tampoco lo contrario. Era... ecuánime.
Su piel morena aún brilla en la memoria, al igual que aquella risa abierta y franca que pocas veces regalaba a casi nadie.

Estaba allí, años antes, de pie, mirándome mientras sonreía desde el corazón, quizá porque ni yo ni nadie nos fijábamos en él. Allí estaba, divirtiéndose en mi contemplación: yo trataba de imitarle con un carretillo y una azada hechos por sus manos, a escala de su niño; un niño de cabellos revueltos y mirada perdida que sólo pensaba en qué habría más allá del último pinar que se veía tras la valla de la finca.

Estaba allí, su cabello corto, rizado y azabache, brillando tenue bajo el sol de verano. Su camisa azul, y sus zapatos, finos.
Estaba allí, con su llavero de Maestro colgado del cinto, y sus gafas grandes y doradas. En un momento me volví a lo lejos y me saludó alzando la mano, y en ella su anillo jalde atrapó el reflejo del cielo apenas un instante.
Estaba allí, con su bocata de sardinas, apurando el último culín de sidra de la tarde. Luego, los faros del coche alumbraban un regreso al que ya no puedo volver.

Ahora, el mundo sucumbe a un continuo atardecer dentro de mis recuerdos.
Ese telón, que cayó hace tiempo.

Pero él estaba allí, aplaudiendo la función del colegio en fin de curso. Estaba allí, en la iglesia, y en la arena junto al mar, y en la cabalgata de reyes haciéndome imaginar un paisaje plagado de nieve y peligros.

Allí, solo, sentado en silencio mientras el día se consumía en el horizonte, estaba.
Así le veía, solo, sumido en sus pensamientos creyendo que yo no le miraba.

También su cara oculta estaba, su reverso amargo, pero hoy no se ensuciará el recuerdo. No hoy.
Apagándose. Consumiéndose.

Estaba allí, mucho después, su esencia vagando en algún lugar incierto para los Hombres. Estaba allí, el rostro plagado de ángulos oscuros, hundido sobre sí mismo con unos ojos que no verían más luz, y un estertor de muerte que me robó un pedazo de mí que jamás podré recuperar.
Unas manos me rescataron de allí, y otras me alejaron de aquel lugar maldito donde a veces sigo preso.

Luego, el sol al fin se puso.
Ya no estaba allí.

Pero mi Padre sí.
Él invocó su recuerdo, mientras pequeñas gotas iridiscentes de agua y sal se perdían en el viento bajo mis ojos.

Todo cambió, entonces.
Volvió a estar allí.
Estaban juntos sus dedos sobre sus labios; estaba su mano agarrada a mi brazo mientras caminaba. Estaban las historias contadas, decenas, valiosas. Estaban los recuerdos que me regaló, que eran suyos, y que yo, ahora, guardo en mi propia memoria como el mayor de los tesoros.
Pero siento que dejó algo inconcluso, y que, sin decírmelo, me encomendó terminarlo por él.
Siento que la antorcha cada vez está más cerca. Una parte de mí teme que ese calor me abrase. Y otra, en cambio, ansía ese fuego.

Estaba allí, de pie, observándole en silencio. Despacio, me acerco a él. Le toco en la espalda. Se vuelve, le abrazo. Tres besos: uno por mejilla y uno en la frente. Lejos oigo voces que parecen susurros de la propia brisa, apenas confidencias del viento.
"-Estabas allí", le digo. "Caminando con el paraguas colgado del brazo, perdido entre los árboles del parque. Yo corrí hacia ti, pero no pude alcanzarte", le digo. "Perdóname".
Entonces él sonrió como sólo hacía aquellas pocas veces.

El sol se puso. El suspiro, se apagó.
Desperté de mi sueño y estaba solo, en mi cama. Al levantarme, con el corazón repiqueteando furioso en el pecho y un nudo atenazándome la garganta... noté un extraño calor en mi rostro.
Era el inconfundible calor de una antorcha.

Para ti, Mamá.
Gracias, Papá.
(Para todos los demás: perdonadme)