sábado, 27 de julio de 2019

Arturo Fernández en el metro


A veces imagino a determinados personajes en extrañas circunstancias. Digo Metro De Madrid Informa como puedo decir Renfe Cercanías les Agradece Que Hayan Viajado Con Nosotros. Y "por extrañas" circunstancias me refiero a situaciones que se salgan fuera de lo comúnmente relacionado con tales personas. Por ejemplo me imagino a Manuel Azaña paleando grijo (o gravilla republicana, por supuesto), o a Beethoven sexando pollos (le pega: cada pollo una nota), a Tolkien preparando un café en un chigre después de 11 horas de trabajo continuado, sudoroso, aguantando estupideces de los clientes e imbecilidades aún más flagrantes de algún jefecillo torvo. Quizá el gran Miklós Rózsa habría sido un encorsetado empleado de notaría que malviviese laboralmente notando, mientras tanto, cómo la música bullía en su interior, soñando despierto con ser un gran músico. Tal vez don Miguel Delibes sintiese cómo las palabras se le escurrían entre los dedos mientras, en un universo alternativo, cargaba carbón en los barcos amarrados cerca de la Junta de Obras del Puerto. Luego, de noche, Miguelito se sentaba a escribir, con sus yemas negras, y sus huesos muy cansados, y aun así las más noches tecleaba aunque apenas unas breves líneas fuesen; no había otro Camino y quien lo probó, lo sabe.
No hablo de mejor o peor, de justicia o injusticia. Solamente me los imagino.
Hace poco iba en el metro de Madrid (te informa), 7:30 de la mañana, apretujado ora contra la ventanilla, ora contra el grueso cristal de la puerta. Gran calor en la calle aun tan temprano, cerca de 30 grados, y el andén del metro, si bien en sombra y bajo tierra, tampoco representa un fresco refugio. Además, casi siempre hay que esperar. Miro el móvil, deslizo el dedo, levanto un momento la vista y veo cómo a lo largo y ancho del andén casi todo el mundo está con la cabeza gacha, como yo, absorto en sus pequeñas pantallas. Me siento una más de las ovejas y guardo el móvil.
Será un día largo, difícil, complicado; un día más entregado sin remisión a un trabajo que no me gusta. Además, el calor; además, la espera de pie; además, cuando llega el metro cada vagón es una lucha por la supervivencia y la conquista del espacio, ya no sideral, sino personal. Te apretujas contra quién sabe quién, o quién sabe qué: una mochila, un culo, un bastón, una cabeza, una mano, un sobaco. Es éste, el del sobaco, un universo particular que depende de varios factores: persona, hora, día y posición. 
Pero juntemos, juntemos todo esto en la gran marmita de los mitos concomitantes: el sudor, la respiración mezclada con muchos otros alientos, un cabello cercano que arrastra un fragante olor a champú que trae recuerdos casi lejanos, el frufrú de la ropa, la piel que se pega por el calor, la barra donde te agarras como otros tantos millones de trillones de manos y que te espera caliente en verano y fría en invierno. 
Nueva estación y entran más viajeros. Ese, ese es el referido momento en el que toca apretujarse contra la ventanilla o el cristal grueso de la puerta anaranjada con gomas negras. En ese interesante momento recuerdo  lo de palear grijo, sexar pollos, servir en un chigre y cargar carbón. Y, bueno, pienso que en comparación siempre puede haber algo peor: cierto es que me fui de Asturias para encontrar algo mejor, pero tampoco tuve que irme de Hungría a Inglaterra, Francia y EEUU como debió de hacer Miklós Rózsa para progresar en la música y el cine. En mi infancia no tuve que huir varias veces de casa porque mi padre llegase borracho y las pagase conmigo a golpe de cinturón, como le sucedió al bueno de Beethoven; además, sordo de momento no estoy. Tampoco he perdido a mi esposa y me he sumido en una depresión que haya terminado por derrotar por entero mi ánimo, como le ocurrió a don Miguel Delibes. Tampoco se me ha roto el corazón ante tanta y tanta guerra y sinrazón como a Azaña, ni he tenido que cargar frente a una trinchera alemana con un germánico de casco pinchudo volteando el codo en la manivela de la ametralladora, como vivió de cerca Tolkien, quien, por cierto, tuvo en su vida un único recuerdo de su padre: agachado, escribiendo su nombre en una maleta.

¡Es cierto! Pero mi mejilla sigue contra el cristal, las manos y los brazos pegados al cuerpo para ocupar el menor espacio posible. Entonces pienso que sí, que todo eso está muy bien, pero mi mente juega una última mano ganadora: imaginar en esa circunstancia a Arturo Fernández. 

Hijo de un anarquista bastante significado en la cuenca minera que tuvo que pasar años en el exilio. Supo lo que era el hambre, la clase baja, las penalidades. Para ganar dinero practicó boxeo en Mieres. Para ver a su padre tenía que apuntarse a excursiones que peregrinasen al santuario de Lourdes. En una de éstas su padre le dio 9.000 pesetas para que se las diera a su madre, y Arturo, en el viaje de vuelta, paró en Bilbao y se gastó 7.000. El mismo Arturo que, según dijo, solamente aprobó en su vida “dos asignaturas: religión y flauta” en el colegio de los Hermanos de la Doctrina Cristiana en Cimadevilla (Gijón). Su madre trabajaba lavando botellas por 4 pesetas al día.  

Los orígenes, la infancia, ¿determinan nuestro pensamiento? O, si no lo determinan, ¿lo permean al menos? Arturo haciendo de “galán”. Arturo diciendo que “Franco me queda a la izquierda”. Arturo afirmando que la gente del 15M es “fea por fuera y por dentro”. Arturo siendo activo defensor de Aznar y la derecha en general (en su derecho estaba). Arturo diciendo que nadie se metió con su padre cuando éste regresó, y que pudo volver a su trabajo… después de años no de vacaciones sino de exilio. ¿Cómo casa esto con sus orígenes? No lo sé. Quizá a veces nuestro principio parece no influir demasiado en nuestro final.
Arturo como exportador de asturianía; una Asturias covadónguica, fabádica, cachópica, santiniana, qué guapina yes, que limpio está Oviedo con las fuentes y el fontán, la sidra, el orbayo con O, la danza prima, los carballones, el Asturias Patria Querida en cualquier ocasión menos en las solemnes como correspondería al himno que es, sobre todo si hay bebida de por medio para cumplir fácilmente el tópico.
Arturo y su chatina. Chato no era por “corto”, sino por xato: ternerito en asturiano. Mi tío también lo decía (¿cómo estás, chatín?), así que tengo mucho cariño a esa expresión.
Gracioso era su personaje (siempre idéntico) de galán fracasado que se ríe de sí mismo y consigue el favor del público. Porque favor lo tuvo, y mucho: teatros llenos y críticas favorables de sus incondicionales. Reconozco que me reía con él en alguna de sus últimas interpretaciones en cine y televisión. Y confieso que me repugnaban casi todas sus palabras vertidas en entrevistas y declaraciones varias. Confieso, igualmente, que de vez en cuando me gusta imitarlo, para desesperación de mi mujer.
Sin embargo, al César lo que ye del César: defendió a una mujer que estaba siendo flagrantemente discriminada por su edad y su aspecto físico, y lo hizo sin saber que había cámaras grabándole, sin público, sin escenario sin aplausos.
Arturo Fernández en el Metro de Madrid a las 7:30 de la mañana. El perfecto Armani arrugado, el perfume mezclándose con los efluvios axilares, el ondulado cabello cano despeinado por los codos que se alzan agarrándose a las barras superiores.
Tal vez el Metro en hora punta no esté hecho para la seda. La galantería llevada al último extremo es francamente difícil de aplicar con tu napia arrugándose en el cristal. Chato chato.

lunes, 17 de junio de 2019

'Tolkien', reflexiones

Ya hemos visto 'Tolkien', y después de reposar la mente, voy a hacer algún comentario. Lógicamente, con REVELACIONES.
Es obvio que yo no conocí al personaje, y es igualmente evidente que el director y los guionistas tampoco. Quizá pensaron que acercarse a Tolkien era sencillo, o que su personalidad, compleja, en muchos aspectos "medieval", podía resumirse en cuatro o cinco trazos.
Como consecuencia, nos llega esta peli que, en sí, es bonita, se conozca a Tolkien o no. Lo es, sin duda. Tiene planos muy bellos (aunque cortos), y escenas que son un guiño para los aficionados al asunto ("Salve Earendel, el más brillante de los ángeles" recita, mientras mira una estrella luminosa).
Hay varias fuentes para acercarse a la vida del autor inglés (que no británico, según afirmó), como por ejemplo la fundamental biografía de Humphrey Carpenter, escrita en 1977 (4 años después de su muerte) y totalmente avalada por la familia. Carpenter entrevistó muchas veces a sus hijos, a su hermano Hilary, a ex alumnos, ex compañeros de facultad, tuvo acceso a todos los documentos, cartas, legajos, diarios de juventud... Con ello pudo trazar un reflejo de la personalidad de Tolkien que, si bien seguro que no es completa, sí se acerca bastante a la realidad. Otros libros, más modernos, pueden ser 'Tolkien, señor de la Tierra Media', de Joseph Pierce, un texto que analiza al bueno de JRRT desde una perspectiva obviada en la peli: su catolicismo radical (en ambos sentidos de "radical"); 'El mago de las palabras' y 'El viaje del Anillo', del gran Eduardo Segura; o el fundamental 'Tolkien y la Gran Guerra', de John Garth. Hay muchas más obras, por supuesto, pero yo he leído éstas y creo que son más que suficientes para trazar una semblanza de Tolkien.
¿Qué leyeron los guionistas de la película? No lo sé (tampoco he tenido ganas de investigarlo), pero quizá alguna de aquéllas recomendaciones les vendría bien. Ojo, no para CALCAR la biografía de la persona, sino para saber, digamos, por dónde tirar. Porque... ¿de qué trata esta película? Más allá de concatenar escenas de la vida de Tolkien, alguna resumidas, otras inventadas, otras supuestamente interpretadas e imaginadas. ¿Cuál es el hilo conductor? Me atrevería a decir que, si hay uno, no es otro que el TCBS y la amistad entre sus cuatro miembros principales. Nos lo indica, además, la música (bella, pero dispersa) de Thomas Newman: el último tema, el de los créditos, es el mismo que el de 'TCBS', por lo que el tema principal no es otro que éste. Por tanto, lo fundamental para los creadores ha sido la amistad. Ahora bien, ¿representa un hilo conductor en la película? A duras penas.
Cuando recreas una época pasada, estás contaminado por tus ojos del presente. Pongo un ejemplo. En la película se medio insinúa que G. B. Smith era homosexual. Esto no tendría nada de malo si no fuera que es un conejo de la chistera de uno de los guionistas. Lo dice el propio director, Karukoski: "Stephen Beresford, uno de nuestros guionistas, es gay, y él leyó todas las letras y todos los poemas, y dio por por hecho al 100% que Geoffrey era gay. No podemos reclamar eso.". No hay nada malo, perverso, negativo, ultrajante, loquesequiera, absolutamente nada, en ser homosexual, o en presentar un personaje con tal inclinación sexual (o cualquier otra). Sin embargo, además de no existir evidencia alguna de esto, la homosexualidad era un tema totalmente rechazado por los estudiantes del King Edwards, de Oxford, y de la Inglaterra estudiantil en general en aquella época; en parte, como dice Carpenter en su 'Biografía', se trataba de hacer olvidar la reciente época de Byron y la cierta permisividad que se tuvo hacia "aquellos comportamientos". 
En la TCBS no hablaban (según Tolkien) de sexo ni de mujeres. Puede extrañarnos que así sea, pero la fuente es de primera mano. Si en la película añades esta capa, estás no sólo inventando sino forzando una determinada percepción. Otro ejemplo es el hecho de llevar a Edith a una de sus reuniones; sí, te da un cariz cómico, y aporta, luego, un rasgo de la personalidad de ella y de choque con la de él que es cierto, bien jugado por esa parte: pero Tolkien no reveló a sus amigos que tenía novia hasta mucho después. Por supuesto no es lo que yo haría, ni es, seguramente, lo que muy pocos harían hoy, pero si lo modificas estás solapando la verdadera cara del Tolkien juvenil (sea ésta buena o mala, cada cual juzgue según la época) por una nueva, inventada, que no le hace justicia.
Cuando Edith y él fueron obligados a separarse por el padre Francis Morgan, el tutor de los huérfanos hermanos Tolkien, lejos de alejarse de la religión, JRRT se refugió muchas veces en la iglesias católica. Y lo de católica es clave, pues eran una minoría en la Inglaterra anglicana. Tolkien siempre pensó que su madre fue una mártir, apartada de su familia por convertirse al catolicismo, y que muchas de las estrecheces económicas que sufrieron fueron debidas a este motivo. Tolkien iba a misa, comulgaba, se sentía en comunión con Dios y consigo mismo, y eso representaba un refugio espiritual ante la pérdida del amor, que primero fue de juventud y más tarde para toda la vida. Es una parte, una arista, una cara del poliedro tan tan tan importante, que omitirla por completo es injusto y empobrece la película y el supuesto retrato que se quiere hacer del personaje.
En cuanto a cambios de fecha en la cronología, resúmenes apresurados (Tolkien no se alistó a la de ya, intentó retrasarlo lo más posible, y tampoco fue enviado a combatir al poco de alistarse), invenciones varias... pueden entenderse, aunque cada cual los habría hecho de una forma diferente.
¿Qué le falta? ¿De qué adolece? Le falta magia; magia en el sentido de arriesgar mucho más, o arriesgar algo, al menos. Y una base sólida desde la que construir, una base referencial clara: Tolkien no escribió sus "leyendas e historias" porque hubiera una correlación directa con sus experiencias en la Gran Guerra de 1914-1918. Influyó la guerra, ¡claro! ¿Cómo no va a influir? Lo que quiero decir es que la cantera fundamental del Tolkien escritor no fue la guerra. No escribió las Ciénagas de los muertos porque en las trincheras se topase con un gran charco rodeado de cadáveres; no escribió a los Nâzgûl ni a Morgoth porque en el campo de batalla, febril, imaginase a sombras llevándose la vida de los hombres. Es, por contra, en los mitos y leyendas antiguos, en las sagas, en las eddas, en la 'traditio' donde el escritor zambullía su mente para escribir. No hay rastro en la peli, por ejemplo, de su primera ciudad imaginada: Kortirion, "Kortirion entre los árboles", ya escrita bastante antes de la guerra. O en los antecedentes de Gondolin y su Caída. Esas primigenias ideas ya estaban antes del Tolkien combatiente (que, por cierto, era oficial de señales y no lo vemos hacer otra cosa que arrastrarse, enfermo, por las trincheras).
Magia. Más magia, por favor. Es bonito ver a su madre recitar a 'Sigurd' mientras el niño Ronald sonríe, pero muéstramelo mejor, por favor: haz que la imaginación del crío se transporte a esa escena de Sigfrido con el dragón, empezando a conformar el "hummus de la mente" para, esto sí, ayudar a conformar las "telas del fondo" de su posterior mitología. Sé valiente, Karukoski: no nos muestres de pasada un Cristo crucificado en las trincheras, restos de una iglesia derruida por el combate; por contra, puedes hacer que ese Tolkien febril vea a su Cristo en verdad retorcerse en la Cruz, horrorizado por la guerra. En dos trazos ya tendrías una capa, fina, de su catolicismo, y a la vez una imagen poética y terrible.
Las reflexiones sobre las palabras son bonitas. La escena del salón de té y el "cellar-door" es hermosa, y cómo Tolkien va pensando sobre la marcha qué puede ser "selador": no, no es un humano, no, no es un objeto... es.. es... es un lugar. Eso bien, en mi opinión, al César lo que es del César, pero podrías ir más allá: ya que tienes efectos especiales, úsalos para formar palabras en su mente, palabras del gótico antiguo : Tolkien era un historiador y un arqueólogo de las palabras. Sólo se conservan unas 800 palabras en gótico, pero Tolkien era capaz, como filólogo, de desentrañar el origen de muchas y de proponer cómo podrían haber evolucionado formando otras muchas que se han perdido con el tiempo. Su mente funcionaba así; muéstrenoslo, director, y háganos llorar.
Si Edith baila y ese es el origen de Lúthien Tinúviel, y tú lo sabes, haz la escena mejor, más importante, que sea una escena seminal, radical, no sólo la actriz bailando a cámara lenta mientras él, tumbado, la observa y se ríe. Si lees a Tolkien sabrás que fue mucho más que eso, y que ese día lo guardó en su corazón hasta el final. O más allá.
Y más: Tolkien no puede resumirle a sus hijos la trama básica de 'El señor de los anillos' antes de escribir, siquiera, la primera línea de 'El hobbit'. Sencillamente, no puede ser. Además, la escena posterior ("En un agujero en el suelo...") es absolutamente mítica, y totalmente desaprovechada: no sale corrigiendo exámenes extra de cursos inferiores para ganar más libras (cuatro hijos, seis bocas, un sueldo); uno de los exámenes estaba en blanco, le dio la vuelta, y sin saber porqué escribió la famosa frase. Esto no sale así, y es una lástima, porque es una de las esencias del personaje: no supo porqué escribió la palabra "hobbit", así que tuvo que "descubrirlo", no inventarlo. Su mente funcionaba así, dicho por él mismo.
En fin, termino. La peli es bonita, poco o nada arriesgada, no vuela alto. El hilo conductor es la amistad, y secundariamente Edith y las palabras e idiomas, y sobre todo ello, la guerra como factor de influencia clave. Todos estos pilares están mermados, a mi entender, por poca profundidad, en fondo y forma. Tolkien era más complejo: no era un buenazo, cometió acciones reprochables que marcarían su matrimonio y de las que él mismo se arrepintió muchos años después (obligar a Edith a convertirse al catolicismo, no hacerle caso suficiente, ignorar sus preferencias para dónde vivir, cosa que intentó compensar al final de sus vidas al retirarse a la costa y vivir en un balneario). En resumidas cuentas, como todos, luces y sombras.
Tener y perder. La muerte y la inmortalidad. El sacrificio y la piedad. Son apenas seis conceptos, pero podrían haber sido la base, la tela del fondo, la niebla, el mar, los árboles y al fondo, Kortirion.

miércoles, 27 de junio de 2018

Entre la Forja y la Posguerra


En cierto sentido, todos somos hijos e hijas de la tradición. De la traditio, en un sentido más general, auténtico y filológico del término. Cualquier artista merecedor de ser considerado como tal por su obra y por su cultura, crea aquélla dentro de un marco, mayor o menor, de tradición artística. De ahí que no se pueda entender a Miguel Ángel Buonarroti sin antes echar un vistazo a Fidias y Praxiteles; a Cervantes sin Homero, Manrique, el Mío Cid y Amadís de Gaula; a Howard Shore o John Williams sin Beethoven, Wagner, Mahler o Miklós Rózsa; a Goya sin Velázquez, a Toulouse Lautrec, Manet y Van Gogh sin Rubens, el Greco y la escuela flamenca.

Empiezo así porque me gustaría reseñar dos libros, ensayo y novela, los cuales creo que se insertan en una o varias de las poderosas líneas troncales de alta cultura española. Me estoy refiriendo a ‘La Reinvención del Quijote y la forja de la Segunda República’ (Renacimiento, 2016) y a ‘Parte de posguerra’ (Coolbook, 2005). Ambos, por supuesto, de Luis Arias Argüelles-Meres (Llanio, 1957).
Una frase célebre, mayormente atribuida a Cánovas, sentencia que la política “es el arte de lo posible”. Pues bien, puedo afirmar que ‘La Reinvención del Quijote’ pone ante los ojos del lector, o más inventa –de inventus, “algo nuevo que viene”- una explicación, creo que irrefutable, sobre las anchas bases culturales que dieron lugar a la Segunda República a través del poso que la obra de Cervantes fue dejando en dos generaciones: la del 98 y la novecentista o de 1914. Descubrimos, por tanto, una no tan delgada línea que engarza a, bajo mi punto de vista, tres personajes principales: Unamuno (‘Vida de don Quijote y Sancho’), Ortega (‘Meditaciones del Quijote’) y Azaña (‘Cervantes y la invención del Quijote’). Por las páginas de ‘La Reinvención del Quijote’ aparecen más nombres propios como María Zambrano, Pérez de Ayala, Salvador de Madariaga, Américo Castro, Ramiro de Maeztu e incluso un ruso: Iván Serguéyevich Turguéniev (‘Hamlet y don Quijote’, conferencia de 10 de enero de 1860… curioso día el 10 de enero: tal día nacería 20 años después Manuel Azaña. Todo está enlazado con el ingenioso hidalgo mediante).

Y es que todo parece estar relacionado, de una u otra forma. Y es que la tradición republicana, añeja, tiene uno de sus jalones en la Primera República de 1873, aquella que fue llamada “la República de los profesores”. En este sentido, no estaría de más recordar que uno de los cuatro Presidentes del Poder Ejecutivo de la Primera República, Nicolás Salmerón, fue nada menos que catedrático de Historia en la universidad de Oviedo y de Metafísica en Madrid, gran conocedor del llamado krausismo, inspirador éste, a su vez, de la Institución Libre de Enseñanza, de cuyo fundador, Giner de los Ríos, fue Salmerón amigo. Igualmente otro de los presidentes de aquella efímera República, Emilio Castelar, fue catedrático de Historia filosófica y Crítica de España en la universidad de Madrid.

Luis Arias expone y desmenuza, a través de las propias palabras de los protagonistas, los hechos hilados de un patriotismo quizá desconocido para el gran público, más acostumbrado a banderas, himnos y gruesas expresiones. Se trata, por el contrario, del patriotismo de nuestra cultura ejemplificada en Don Quijote y Sancho, auténtico caldo de cultivo que acabó endulzando las mentes más preclaras de aquéllas generaciones.

La pareja Don Quijote-Sancho representa el diálogo del pueblo español escindido en esos dos personajes (…) pues es el coro de la tragedia”, dice María Zambrano (discípula de Ortega), a quien Luis Arias cita para ejemplificar el sentido trágico de don Miguel; sentido trágico que, por otra parte, el universal bilbaíno llevaría hasta el final de sus días, además sin duda de quijotesco. Y creo, atrevidamente, que si para algo el Quijote sirvió a la República, fue para tratar de descubrir lo español, esa España que duele y acongoja, que reluce y se oscurece tanto a sí misma como a todo lo que pueden alcanzar las altas cumbres de su historia, de su presente, y de su porvenir. Tal pudo ser, pienso, ser el objetivo clave de los que principiaron e inventaron una nueva forma de pensar España. Forma no unívoca en lo morfológico, sin duda, con diferente orden de prioridades, de actuaciones, de visiones… pero con un alto sentido de lo español como nuevo: como nueva tragedia, como nueva  expectación, o como nueva esperanza.
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Con nueva expectación me refiero a Ortega, un autor que me cuesta bastante comprender en toda su plenitud. Dice él mismo: “Hay dos Españas, la España oficial, corrompida, decrépita, viciada, y la otra España incipiente que aspira a vivir y que amenaza ser ahogada cuando todavía está sin formar.” Y añade: “Yo, que soy español (…), siento el patriotismo, pero como una espada atravesada que me hiere cada vez que me muevo.” En sus ‘Meditaciones”, Ortega trata de España: “de una España a la que pretende descifrar sirviéndose de la gran novela de Cervantes”. Y no sólo descifrar, sino también encontrar respuestas a los males que aquejaban España en la Restauración, tan bien diseccionados años antes por Joaquín Costa, quien por cierto, en su ‘Oligarquía y Caciquismo’ tiene párrafos que hoy en día le valdrían más de una cita con la Justicia, tal y como anda el patio.
Señala Ortega al Quijote como símbolo, y como enigma, lo cual no deja de ser interesante. Enigma, al fin y al cabo, sobre qué es España: según Luis Arias, para Ortega “cada español, al hilo de lo que es el concepto orteguiano de la circunstancia precisa no sólo hacerse una idea de lo que es su país, así como del momento histórico en el que se encuentra, sino que también debe forjarse su proyecto de vida en consonancia con el devenir de su nación”. Ortega y yo soy yo y mis circunstancias. Ortega y el proyecto de España. Ortega y la expectación sobre la nación. Ortega, al fin y a la postre, y ese “imperativo que todo individuo tiene con respecto a sentirse implicado en la marcha de su país, máxime si el país en cuestión se encuentra en una encrucijada histórica”. Quizá esto pueda yo hilarlo, torpemente, con el Ortega del diario ‘El Sol’ y su “españoles vuestro Estado no existe: reconstruidlo. Delenda est Monarchia”. Es decir: españoles, leed el Quijote, identificad los males de España tan bien alumbrados por Cervantes, pero no caigáis en la tragedia de lo irremediable, en el existencialismo hispánico, sino que, por el contrario, actuad, proyectad en España vuestra propia reconstrucción.

Tal vez me equivoque (seguramente) en esas conclusiones de brocha gorda. Ya dije que Ortega me cuesta mucho.

He dejado a Manuel Azaña para el final porque quisiera entroncarlo con la segunda obra de la que quiero dar cariñosa y admirada cuenta: ‘Parte de posguerra’.

Decía Tolkien que el único recuerdo claro que guardaba de su padre era la figura de un hombre en cuclillas que escribía “A. R. Tolkien” en el baúl del equipaje. Tolkien tenía 4 años y embarcaba con su madre y su hermano en el S.S. Guelph para partir del puerto de Bloemfontein, a comienzos de abril de 1895, rumbo a Southampton. Meses después, en febrero de 1896, Arthur Tolkien moría en Sudáfrica de una peritonitis.
Y decía Manuel Azaña, hablando por boca de Jesualdo de Anguix, personaje de su inacabada novela ‘Fresdeval’, que de su padre vivo “sólo recuerdo un momento. Estoy viéndolo. En mi casa hacen obra. Hay andamios en el patio. Hombres con blusa blanca pican las paredes. Es invierno. Arde una hoguera en el patio. Yo me acerco a hurgar la lumbre. Sentado en un cajón un hombre que entonces me pareció viejo (…) se calienta. Es barbudo, se arropa en un levitón negro, roto, sucio. No lleva sombrero. ‘Un pobre’, me digo. (…) Sonríe. ‘¿Tú eres el señorito de la casa? Ya serás un escolapio’, dice. No recuerdo mis respuestas. (…) Entonces llega mi padre, ¡tan alto! Yo era un boliche… ‘¿Qué haces ahí, rata? Vete.’ Manda con severidad, pero su voz suena afectuosa.” Esteban Azaña, quien por cierto fue alcalde de Alcalá de Henares, autor de una ‘Historia de Alcalá’ y bajo cuya alcaldía se inauguró la estatua de Cervantes (1879) que aún hoy preside la plaza del mismo e inefable nombre, entonces llamada plaza del Mercado o plaza Mayor. Esteban Azaña murió cuando Manolito tenía solamente 10 años.
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Y en una maniobra literaria menos alambicada de lo que pudiera parecer, paso de Tolkien a Azaña y de ambos a Luis Arias, quien también, por supuesto, habla de su padre: “Recuerdo a mi padre la mañana del 1 de abril de 1964 sosteniendo el diario «Pueblo», cuyo titular celebraba los 25 años de paz. Los titulares eran escandalosos hasta decir basta en todos los periódicos. Recuerdo su gesto de impotencia. En la novela me lo imagino escribiendo unas cuartillas holandesas todo lo que pensaba y sentía en ese momento.” De su padre, Manuel Antonio Arias García, «Antón de la Braña» (1913-1986), Recuerdo a Luis Arias, el 2 de octubre de 2016, en la presentación de su libro recopilación de artículos ‘Desde la plaza del Carbayón’ (Septem, 2016) en el Centro Asturiano de Madrid. Allí mencionó, en su intervención final, a su padre Manuel, citándole y al que yo ahora cito de memoria, con todo el respeto: “No todo es imposible. Las utopías a veces se hacen realidad. No puedo olvidar que la Segunda República existió.” ¡Ojo! No confundir la Utopía con la Quimera. Ésta es lo irrealizable, lo imposible, la falsa promesa a sabiendas; la utopía es lo anhelado, lo esperado, aunque a Ítaca nunca llegues pero el camino, el viaje, merezca la pena. Luis Arias, su padre, su biblioteca y los libros de la colección Austral que Manuel, ya ciego, acariciaba pasando sus manos por el lomo y las cubiertas. Y es que Manuel fue un maestro republicano.
Siempre vivió en una aldea, Cornellana, y se educó con la Institución Libre de Enseñanza y los pensadores de la República. Durante toda su vida admiró mucho a Azaña, porque como muchos maestros republicanos veía en él al líder de un proyecto de Estado, donde lo más importante era que los pobres pudieran estudiar como los ricos, donde la cultura y la educación eran la herramienta del progreso del país.”

Resultado de imagen de azaña y unamunoAzaña, Ortega, el proyecto, Krauss y la ILE, la cultura, el Quijote. Dice Luis Arias en las conclusiones de ‘La Reinvención’: “Cuando veo documentales sobre el final de la República, con las imágenes de multitudes de personas abandonando, derrotadas y abatidas su país, me resulta inevitable interpretar ese espectáculo como los escombros de la que fue una de las utopías contemporáneas que más admiración despertó en el mundo. Y es precisamente en esas imágenes donde hay que encontrar, con dolor, con temor, con temblor, los designios y la vocación de aquello que se vino forjando en 30 años irrepetibles de la historia de España.”

La República como utopía encarnada, como ínsula barataria, como sueño de la razón. Una República compleja, con luces y sombras. Y es que el bienio radical-cedista también es República, como lo son las deportaciones masivas a Baleares de anarquistas sin que a Azaña le temblase el pulso, como lo es Casas Viejas, como lo es Castilblanco, como lo es las iglesias quemadas a comienzos de mayo de 1931, como lo son, ya en Guerra, las checas, los paseos, las vejaciones a eclesiásticos y eclesiásticas (vivos y muertos), Asturias en 1934 y Paracuellos, y todos los fusilados por su condición, ideología, significación, o porque simplemente estaban en el lugar equivocado, o eran víctimas de habladurías y rencores. Es necesario decir esto, creo. La admiración y el interés por un proyecto, por un periodo, por una persona, no puede ocluir nuestra mirada. Como dicho debe ser también, que aquellos asesinados, culpables e inocentes, matados en mal nombre de la República, ya tuvieron su reparación histórica, su recogimiento, sus honras. Las responsabilidades en todos los hechos y sucesos que he mencionado son variadas, nunca unívocas o solamente “de la República”, así, en general.

Sin embargo, si tuviera que escoger, si me obligasen a definir a la República segunda, no me templaría el pulso al escribir que aquélla es el bienio de Azaña, y algo más: todo el periodo que abarca desde el encarcelamiento de Azaña en Barcelona, pasando por las miles de cartas que inundaron las sedes de Izquierda Republicana solidarizándose y exigiendo su liberación en aquella farsa e ilegal detención, continuando con el de Alcalá lanzándose a recuperar la República en los llamados Discursos de campo abierto, los cuales concluyeron en octubre de 1935 con el mitin de Comillas: un campo en la carretera de Toledo que aquel día llenaron cientos de miles de personas hasta la aún inalcanzable e irrepetible cifra de casi un millón.

Hablaba Luis Arias de los exiliados. Pero había otro exilio, también durísimo: el exilio interior. Del “sueño de la razón que convirtió al país en un aula”, a las holandesas que el protagonista de ‘Parte de posguerra’, Juan Arango, rellena por las noches en La Prohida, cerca de Nalona, ficticios lugares a la vera del Narcea. Insisto, todo está relacionado: he leído la novela en los viajes en tren al trabajo, desde Alcalá de Henares (cuna de Azaña y de Cervantes) hasta mi trabajo en una notaría (Azaña fue funcionario de la Dirección de Registros y del Notariado) en el centro de Madrid, teniendo yo que pasar al lado del palacio de Villamejor, sede de la presidencia del Gobierno y donde Azaña presidió el consejo de ministros. Veo, quizá, lo que ellos veían transformado por el tamiz de los siglos y los años. Soy, qué duda cabe, absolutamente inferior a ellos.
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La prosa de Luis Arias en esta novela es recogida, como demanda la historia. El manejo del castellano es admirable. No en vano estamos hablando de un doctor en Filología Hispánica, y de un profesor de Lengua y Literatura, ampliamente premiado y reconocido en Asturias y en España. No hay alardes puramente formales o estéticos: cuando la prosa se eleva lo hace con un sentido concreto. Por ejemplo: “(…) el tiempo que permanecí en prisión mientras deambulaba por aquella cárcel masificada, por aquel dolor humano, mi referencia estaba en La Prohida, en mi infancia, en mi adolescencia, en los mejores momentos de mi vida, aquellos en que me sentí eterno. (…) Quiere decirse, cuando nos revelamos animales fantásticos y las yemas de nuestros dedos acarician esa superficie electrizante que demanda ser reconquistada. Sigo hablando, pues, de Ítaca. (…) Julio de 1927. Tiempo de segar y de recoger la yerba. Tiempo de cerezas. Tiempo para el ensueño.” Más: “En agosto, la parra de uva que cubría y engalanaba el porche de mi casa se ponía esplendorosa. Desde el banco en el que nos sentábamos a tomar el fresco al oscurecer era fácil alcanzar las primeras uvas que degustábamos.” Este último párrafo me retrotrajo a mi propia infancia en la finca de mi abuelo, pero ésa es otra historia, qué duda cabe.

parte de posguerra (ebook)-luis arias argüelles-meres-9788416053254La influencia de su admirado Clarín es indudable. Yo la he percibido en este párrafo:

(…) había una aristocracia muy rancia en todos los sentidos, con tenderos y con campesinos que la invadían los días de mercado, pero a quienes se les mantenía con todas las distancias que la etiqueta marcaba. Y es que, en uno y otro sitio (Nalona y Oviedo) no se respiraba cambio, ni movimiento social. El peso de los apellidos tradicionales era como una muralla invisible que impedía el paso de la modernidad en ambas localidades.”

También me gusta la ironía: “Se había llegado a afirmar (…) que a no tardar mucho, la República prohibiría la asistencia a misa, el bautismo de los niños, y, en fin, todas las ceremonias religiosas. Que eso era sobre poco más o menos  lo que había dicho Azaña en su famoso discurso. Y que ya vendrían luego la abolición de la propiedad privada y el comunismo.”

Resulta curioso comprobar cómo para muchos hoy día, tal ironía ha quedado como explicación última de la República española, pero, una vez más, ése es otro tema.

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Azaña veía en el Quijote las dos vertientes clave: la real y la poética. La experiencia y la fantasía. La historia y el mito. Esto nos podría llevar indefectiblemente a Tolkien, lo cual no deja de ser para mí algo maravilloso. Depositaba Azaña en Cervantes una fuente de conocimiento de España mayor, en cuanto a mito o leyenda, que en la propia historia contada oficialmente. Que Azaña pensase la mejor forma de conocer a un pueblo es a través de sus leyendas, de sus mitos, de sus tradiciones, es increíble. Y claro está que el mayor mito español es el Quijote; al menos, para lo que aquí nos ocupa. “En túmulos de escarlata, corta lutos el silencio.”

En ‘Parte de posguerra’ aparecen, también, falangistas renegados, curas de diverso pelaje –uno de ellos se basa en un personaje real que denunció a Manuel Arias por no ir a misa con los niños los domingos-, ricohombres amables y empresarios personificando los caciques inveterados. La historia está contada a modo de flashback en primera persona, volviendo de vez en cuando a ese presente de 1964 de confesiones de ventana cerrada y Radio Pirenaica. La acción, repleta de las más hondas reflexiones hasta los más desapercibidos detalles, abarca desde el inicio en los estudios de Juan Arango hasta su bachillerato y posterior obtención de la plaza de maestro. Un maestro que, al poco, sería uno de los maestros republicanos.

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Al llegar la República, se encargó un informe  a la Inspección de Enseñanza Primaria que arrojó unos resultados desoladores: había unas 32.000 escuelas, y faltaban, al menos, otras 27.000. Ante esto, el Ministerio de Instrucción Pública encabezado por Marcelino Domingo –más tarde co-fundados de Izquierda Republicana con Azaña- respondió con un plan quinquenal (a lo soviético… permítaseme la chanza) para crear 5.000 escuelas por año, creando 7.000 el primer año. Hubo más medidas urgentes mientras se redactaba la Constitución de 1931: decretos para reconocer el derecho de los alumnos a ser educados en su lengua materna aunque ésta no fuese el castellano, un Plan Profesional para los maestros, mejorar su sueldo (que subió a 3.000 pesetas), cursos de reciclaje para el profesorado, Semanas Pedagógicas, asesoramiento de la Inspección del Ministerio, elevación a carrera universitaria de Magisterio… Y la ILE, el puro institucionismo sazonado de más laicismo como gustaba a Azaña: salidas al campo para estudiar naturales, menos coros infantiles y más debates participativos, fin de la segregación con los niños y las niñas en las mismas aulas, supresión de los símbolos religiosos en las escuelas, supresión de la obligatoriedad de la asignatura de Religión (pero manteniendo su enseñanza si la familia lo solicitaba), las Misiones Pedagógicas para “difundir la cultura general, la moderna orientación docente y la educación ciudadana en aldeas, villas y lugares, con especial atención a los intereses espirituales de la población rural” (decreto de 21/05/1931).

Esto ya lo había resumido Azaña en su ‘Apelación a la República’ (1924, publicada de forma clandestina, claro): “Si a quien se le da el voto no se le da escuela, parece una estafa. La democracia es fundamentalmente un avivador de la cultura.”
¡En fin! Dos libros diferentes, pero con denominadores comunes, ramas y hojas de un mismo árbol centenario. Gracias, don Luis Arias, por ambos. Emociona el recuerdo a su padre, que permea toda la novela. Emociona su pasión por Unamuno, Ortega y Azaña, cuyos hálitos alientan toda la obra. La República es escuela, es cultura, es educación, es pasión, es institucionismo. Todo lo que se fue al carajo en 1936. Muchos de los que se decían republicanos no lo eran en verdad, o no en éste sentido, sino más bien pretendían utilizar a la República para sus fines más extremos. De los fascistas ni merece la pena escribir nada aquí. No hubo tiempo para crear esos republicanos cultos, honrados, leídos y orgullosos de su país. Quedaron pocos en pie. Su padre fue uno de ellos. Que el mañana nos dé, a ser posible, Salud, y también, ¿por qué no?, ¡República!

Ya lo dijo Antonio Machado:

"Está el hoy abierto al mañana / mañana al infinito / Hombres de España: / Ni el pasado ha muerto / Ni está el mañana ni el ayer escrito"