viernes, 20 de mayo de 2022

Parte de un año: sobre Luis Arias Argüelles-Meres

PARTE DE UN AÑO: SOBRE LUIS ARIAS ARGÜELLES-MERES

Nunca me lo confirmó explícitamente, pero creo que a Luis Arias no le entusiasmaban los panegíricos, y no consideraba el hecho de morirse como un mérito, como si, por el hecho mismo, lo que fue malo o regular antes se volviese bueno después. Sí me dejó claro que huía de lo cursi, lo cual alguna vez dio lugar a amigables debates sobre Armando Palacio Valdés, considerando don Luis al lavianés un escritor remilgado, lo cual no le impidió, por cierto, publicar una pequeña biografía del autor de ‘La aldea perdida’.

Intentaré no ser cursi, ni remilgado, ni haré un panegírico. Sin embargo, no puedo mentir: Luis Arias Argüelles-Meres fue conmigo un caballero, un maestro, un mentor, un amigo. Sin conocerme aún en persona viajó a Madrid junto a Fe, su esposa, para presentar mi primera novela. “Sólo reseño novelas que me gustan”, me advirtió cuando contacté con él por vez primera, hace casi ocho años, con la intención de enviarle el manuscrito. Cuando su reseña se publicó en EL COMERCIO sentí haber llegado a una primera meta: la novela le había gustado a quien yo llevaba lustros leyendo sus artículos en prensa desde aquel titulado “Dejen a Azaña en paz”. Ya no importaba tanto publicar o no, ni las ventas: le había gustado a Luis Arias y eso era ya un gran premio. Desde entonces me honró con su compañía, bien en persona, bien en la distancia, pero siempre instructiva, obligándome a estar alerta, a pensar dos veces sobre la polémica nacional o regional de turno.

Es evidente: no conocí a don Luis en la intimidad familiar del hogar, cuando quizá birlase el mando de la tele para poner el partido del Real Oviedo, o cuando tal vez protestase porque en la casa de Llanio había salido humedad en el techo del baño. No obstante, lo que sí es evidente es su total independencia, su rigor para con lo ético que le acarreó dislates y reveses públicos y privados y en los que, siempre, se mantuvo fiel a sí mismo: fiel a la República, al Quijote, a Llanio, al Oviedo, a los libros de la colección Austral de su padre Antón de la Braña, a Ortega y María Zambrano, a Asturias, a la memoria, a don Manuel Azaña. Su faceta más intelectual puede encontrarse en ‘La reinvención del Quijote y la forja de la Segunda República’; la más personal en ‘Parte de Posguerra’ y ‘Desde la plaza del Carbayón’; la más íntima, en ‘Pudorosa penumbra’. Un escritor de fuste, un reconocido y premiado articulista, un lujo para la intelectualidad contemporánea, un obrero de la pluma que publicó su último artículo semanal apenas unos días antes de su muerte. Una persona capaz de rescatar del olvido la palabra “atopadizo”.

Nos vimos por última vez antes de la pandemia, en Cornellana, en su Bajo Narcea, desayunando en verano. Yo iba cargado de preguntas para hacerle y, sin embargo, se las apañó para escurrirse y terminar entrevistándome él a mí, como si yo tuviese algo importante que decir: qué opinas de esto, qué piensas de aquello, qué te parece tal, y cual, y esto y lo otro. Ese era el Luis Arias que afortunadamente conocí durante los últimos ochos años que son ya, sin duda, un tesoro de mi memoria.

Cuesta, a veces, no ser cursi. Cuesta no dejarse llevar por las alabanzas que se agolpan en el corazón. Cuesta hacerse a la idea de que no pueda leer estas líneas, él, que siempre leía amablemente todo lo que yo escribía. Cuesta no imaginarse a Luis Arias paseando, las manos a la espalda bajo la última luz otoñal de una tarde cualquiera, fumando con boquilla, comentando cualquier cosa interesante con su voz rumbosa y algo ronca, adentrándose su eminente figura en algún lugar de las afueras de Llanio, las hojas cayendo, el dedo índice levantado como nuestro comúnmente admirado Azaña, quien terminase ‘El jardín de los frailes’ con la misma frase que surge, quizá, al perderse la silueta de don Luis mientras se graba por siempre en el alma: «es el ocaso».
Acompañado de D. Luis, en la presentación de 'la vieja bandera', diciembre 2014.


(Publicado en 'El Comercio' el 19 de enero de 2022).

lunes, 7 de octubre de 2019

Y salí unamuniano

'MIENTRAS DURE LA GUERRA' me convenció. También me persuadió. Salí del cine bastante 'unamuniano', compartiendo algunas reflexiones de don Miguel y detestando otras, como él mismo hizo toda la vida. Porque, ¿qué es ser 'unamuniano'? Echar una ojeada a varios hechos de su biografía ayuda a responder: tal y como le dice Salvador Vila en la película, "usted ha sido de todo, don Miguel", a lo que él responde "yo no he cambiado; habéis cambiado los demás". Unamuno puro.
El escritor, de la generación del 98, vivió con apenas 10 años el asedio de Bilbao por parte del ejército carlista en la Tercera Guerra ídem. Fue un intelectual agudo, cultísimo y tocacojones, mosca cojonera del poder circunstancial, y eso me gusta. Recordemos que Unamuno afirmó que el rey Alfonso XIII estaba rodeado de "trogloditas y gentuza", y que "se finge prisionero del directorio militar y se ríe de la patria, traidor a la Constitución y autor verdadero del golpe". No olvidemos que fue desterrado a Fuerteventura por la dictadura de Primo de Rivera. Y que, antes de eso, ganó un premio literario nacional que entregaba el propio rey Alfonso XIII. Sobre esto último, y tras las críticas al rey de don Miguel, había mucha expectación ante el asunto. Unamuno fue a recoger el premio de manos del propio rey, y se produjo (más o menos) esta conversación: "-Enhorabuena. -Gracias señor, me lo merezco. -Nadie me había nunca dicho algo parecido. -Porque nadie lo había merecido tanto como yo." Eso es ser unamuniano, creo. De Fuerteventura se fue a Francia, y de allí, en los estertores de la monarquía, regresó triunfalmente como un héroe a España, cruzando a Irún y siendo recibido entre vivas y banderas socialistas, hablando en favor de la libertad y contra cualquier tipo de dictadura (profético y curioso). Ese era don Miguel. Vaivenes. Bandazos. Genialidades. También miserias.
Llegó como uno de los padres de la República, hasta el punto que fue elegido diputado y como tal fue recibido en el Parlamento con sus señorías puestos en pie y entre aplausos. Recordemos que en aquel parlamento estaban Gregorio Marañón, Ortega y Gasset y Ramón Pérez de Ayala, entre otros. Hasta tal punto llegaba su aura, que intelectuales y escritores como Pedro Guillen, Gerardo Diego, Pedro Salinas, Bergamín... pidieron que él fuese presidente de la República, aunque él se descartó. No olvidemos que el cuñado de Azaña, Cipriano Rivas, dijo aquello de "unamuniemonos todos". Vaivenes, disonancias. El mismo Unamuno que se disculpaba con Azaña por carta, en 1918, por no poder impartir una conferencia en el Ateneo (cuando Azaña era su secretario) al tener que asistir en Valencia a la boda de uno de sus hijos... es el mismo (o no, quizá fuese otro distinto) que el 19 de julio de 1936, en Salamanca, escribió "¡Viva España, soldados! Ahora a por el faraón de El Pardo". El "faraón de El Pardo" era Azaña, y Unamuno, odiándole, pedía que los sublevados secuestrasen al presidente constitucional de la República. Muy unamuniano. Ahí arranca la (genial) película de Amenabar. Todo está cuidado y medido. No hay equidistancia alguna, como ciertas críticas señalaban. Lo que hay son personajes de verdad, no malos (curiosamente) de película. Y se cuenta algo inédito hasta ahora en el cine español, salvo quizás 'Dragon Rapide' (1986) y la insípida tv-movie 'La conspiración' (2012): el proceso por el que Franco acabó convertido en mando único del banco sublevado.
La factura técnica es impecable: vestuario (Sonia Grande), maquillaje (increíbles Unamuno y Millán-Astray, y también Franco), fotografía (Álex Catalán, de 'La isla mínima')... La música, del propio Amenabar, yo no la haría así pero al menos cumple. El guión es muy cuidado, plagado de detalles y referencias que los adentrados en la materia podrán disfrutar. El asesoramiento histórico es muy elegante, y preciso (Julián Casanova, catedrático de Contemporánea de la universidad de Zaragoza, un máquina). El reparto brilla, pero sobre todos ellos, dos nombres: Eduard Fernández como Millán-Astray y, un peldañito por encima, Karra Elejalde como Unamuno. La factura técnica es de primer orden (ojo a las tropas de Marruecos cruzando el estrecho de Gibraltar en los Junker nazis, impagable escena). Salamanca es, en sí misma, un plató cinematográfico. Escenas impagables como las del himno y la bandera: primero confuso, luego agradable en la cuerda, y luego terrible como la marcha que es. Conseguir ese efecto es arte puro, como la escena (mítica y mística) del Paraninfo, mar donde conducen los ríos de la película. El guión no esconde las contradicciones, sino que bucea en ellas, las expone sin ambages. No podía ser de otra, tratándose de Miguel de Unamuno y Jugo, el que no hacía novelas sino nivolas. Su tragedia, la de darse cuenta del error demasiado tarde y aun así quedarse en tierra de nadie porque al otro lado también hay frío; quedarse aislado en una tercera España vacía y desamparada. Un don Miguel que toda la vida criticó a los "hunos" y los otros, teorizando sobre lo que habría de llegar en cada momento por bien de esa España que le dolía. Cuando llegó lo esperado, se asomó al abismo. Captar eso en un guión es difícil, y exponerlo con maestría, más. Enhorabuena. El bastón unamuniano se balancea a la espalda, sostenido por las manos de Karra Elejalde. Saltan astillas de la puerta. Repica el hierro de la verja. Se pone el sol sobre el puente a las afueras de Salamanca. Costumbre. Disparos en la lejanía. La duda, la tragedia silente. Es el ocaso.
P.D. Una película así para Azaña, por favor.

sábado, 27 de julio de 2019

Arturo Fernández en el metro


A veces imagino a determinados personajes en extrañas circunstancias. Digo Metro De Madrid Informa como puedo decir Renfe Cercanías les Agradece Que Hayan Viajado Con Nosotros. Y "por extrañas" circunstancias me refiero a situaciones que se salgan fuera de lo comúnmente relacionado con tales personas. Por ejemplo me imagino a Manuel Azaña paleando grijo (o gravilla republicana, por supuesto), o a Beethoven sexando pollos (le pega: cada pollo una nota), a Tolkien preparando un café en un chigre después de 11 horas de trabajo continuado, sudoroso, aguantando estupideces de los clientes e imbecilidades aún más flagrantes de algún jefecillo torvo. Quizá el gran Miklós Rózsa habría sido un encorsetado empleado de notaría que malviviese laboralmente notando, mientras tanto, cómo la música bullía en su interior, soñando despierto con ser un gran músico. Tal vez don Miguel Delibes sintiese cómo las palabras se le escurrían entre los dedos mientras, en un universo alternativo, cargaba carbón en los barcos amarrados cerca de la Junta de Obras del Puerto. Luego, de noche, Miguelito se sentaba a escribir, con sus yemas negras, y sus huesos muy cansados, y aun así las más noches tecleaba aunque apenas unas breves líneas fuesen; no había otro Camino y quien lo probó, lo sabe.
No hablo de mejor o peor, de justicia o injusticia. Solamente me los imagino.
Hace poco iba en el metro de Madrid (te informa), 7:30 de la mañana, apretujado ora contra la ventanilla, ora contra el grueso cristal de la puerta. Gran calor en la calle aun tan temprano, cerca de 30 grados, y el andén del metro, si bien en sombra y bajo tierra, tampoco representa un fresco refugio. Además, casi siempre hay que esperar. Miro el móvil, deslizo el dedo, levanto un momento la vista y veo cómo a lo largo y ancho del andén casi todo el mundo está con la cabeza gacha, como yo, absorto en sus pequeñas pantallas. Me siento una más de las ovejas y guardo el móvil.
Será un día largo, difícil, complicado; un día más entregado sin remisión a un trabajo que no me gusta. Además, el calor; además, la espera de pie; además, cuando llega el metro cada vagón es una lucha por la supervivencia y la conquista del espacio, ya no sideral, sino personal. Te apretujas contra quién sabe quién, o quién sabe qué: una mochila, un culo, un bastón, una cabeza, una mano, un sobaco. Es éste, el del sobaco, un universo particular que depende de varios factores: persona, hora, día y posición. 
Pero juntemos, juntemos todo esto en la gran marmita de los mitos concomitantes: el sudor, la respiración mezclada con muchos otros alientos, un cabello cercano que arrastra un fragante olor a champú que trae recuerdos casi lejanos, el frufrú de la ropa, la piel que se pega por el calor, la barra donde te agarras como otros tantos millones de trillones de manos y que te espera caliente en verano y fría en invierno. 
Nueva estación y entran más viajeros. Ese, ese es el referido momento en el que toca apretujarse contra la ventanilla o el cristal grueso de la puerta anaranjada con gomas negras. En ese interesante momento recuerdo  lo de palear grijo, sexar pollos, servir en un chigre y cargar carbón. Y, bueno, pienso que en comparación siempre puede haber algo peor: cierto es que me fui de Asturias para encontrar algo mejor, pero tampoco tuve que irme de Hungría a Inglaterra, Francia y EEUU como debió de hacer Miklós Rózsa para progresar en la música y el cine. En mi infancia no tuve que huir varias veces de casa porque mi padre llegase borracho y las pagase conmigo a golpe de cinturón, como le sucedió al bueno de Beethoven; además, sordo de momento no estoy. Tampoco he perdido a mi esposa y me he sumido en una depresión que haya terminado por derrotar por entero mi ánimo, como le ocurrió a don Miguel Delibes. Tampoco se me ha roto el corazón ante tanta y tanta guerra y sinrazón como a Azaña, ni he tenido que cargar frente a una trinchera alemana con un germánico de casco pinchudo volteando el codo en la manivela de la ametralladora, como vivió de cerca Tolkien, quien, por cierto, tuvo en su vida un único recuerdo de su padre: agachado, escribiendo su nombre en una maleta.

¡Es cierto! Pero mi mejilla sigue contra el cristal, las manos y los brazos pegados al cuerpo para ocupar el menor espacio posible. Entonces pienso que sí, que todo eso está muy bien, pero mi mente juega una última mano ganadora: imaginar en esa circunstancia a Arturo Fernández. 

Hijo de un anarquista bastante significado en la cuenca minera que tuvo que pasar años en el exilio. Supo lo que era el hambre, la clase baja, las penalidades. Para ganar dinero practicó boxeo en Mieres. Para ver a su padre tenía que apuntarse a excursiones que peregrinasen al santuario de Lourdes. En una de éstas su padre le dio 9.000 pesetas para que se las diera a su madre, y Arturo, en el viaje de vuelta, paró en Bilbao y se gastó 7.000. El mismo Arturo que, según dijo, solamente aprobó en su vida “dos asignaturas: religión y flauta” en el colegio de los Hermanos de la Doctrina Cristiana en Cimadevilla (Gijón). Su madre trabajaba lavando botellas por 4 pesetas al día.  

Los orígenes, la infancia, ¿determinan nuestro pensamiento? O, si no lo determinan, ¿lo permean al menos? Arturo haciendo de “galán”. Arturo diciendo que “Franco me queda a la izquierda”. Arturo afirmando que la gente del 15M es “fea por fuera y por dentro”. Arturo siendo activo defensor de Aznar y la derecha en general (en su derecho estaba). Arturo diciendo que nadie se metió con su padre cuando éste regresó, y que pudo volver a su trabajo… después de años no de vacaciones sino de exilio. ¿Cómo casa esto con sus orígenes? No lo sé. Quizá a veces nuestro principio parece no influir demasiado en nuestro final.
Arturo como exportador de asturianía; una Asturias covadónguica, fabádica, cachópica, santiniana, qué guapina yes, que limpio está Oviedo con las fuentes y el fontán, la sidra, el orbayo con O, la danza prima, los carballones, el Asturias Patria Querida en cualquier ocasión menos en las solemnes como correspondería al himno que es, sobre todo si hay bebida de por medio para cumplir fácilmente el tópico.
Arturo y su chatina. Chato no era por “corto”, sino por xato: ternerito en asturiano. Mi tío también lo decía (¿cómo estás, chatín?), así que tengo mucho cariño a esa expresión.
Gracioso era su personaje (siempre idéntico) de galán fracasado que se ríe de sí mismo y consigue el favor del público. Porque favor lo tuvo, y mucho: teatros llenos y críticas favorables de sus incondicionales. Reconozco que me reía con él en alguna de sus últimas interpretaciones en cine y televisión. Y confieso que me repugnaban casi todas sus palabras vertidas en entrevistas y declaraciones varias. Confieso, igualmente, que de vez en cuando me gusta imitarlo, para desesperación de mi mujer.
Sin embargo, al César lo que ye del César: defendió a una mujer que estaba siendo flagrantemente discriminada por su edad y su aspecto físico, y lo hizo sin saber que había cámaras grabándole, sin público, sin escenario sin aplausos.
Arturo Fernández en el Metro de Madrid a las 7:30 de la mañana. El perfecto Armani arrugado, el perfume mezclándose con los efluvios axilares, el ondulado cabello cano despeinado por los codos que se alzan agarrándose a las barras superiores.
Tal vez el Metro en hora punta no esté hecho para la seda. La galantería llevada al último extremo es francamente difícil de aplicar con tu napia arrugándose en el cristal. Chato chato.

lunes, 17 de junio de 2019

'Tolkien', reflexiones

Ya hemos visto 'Tolkien', y después de reposar la mente, voy a hacer algún comentario. Lógicamente, con REVELACIONES.
Es obvio que yo no conocí al personaje, y es igualmente evidente que el director y los guionistas tampoco. Quizá pensaron que acercarse a Tolkien era sencillo, o que su personalidad, compleja, en muchos aspectos "medieval", podía resumirse en cuatro o cinco trazos.
Como consecuencia, nos llega esta peli que, en sí, es bonita, se conozca a Tolkien o no. Lo es, sin duda. Tiene planos muy bellos (aunque cortos), y escenas que son un guiño para los aficionados al asunto ("Salve Earendel, el más brillante de los ángeles" recita, mientras mira una estrella luminosa).
Hay varias fuentes para acercarse a la vida del autor inglés (que no británico, según afirmó), como por ejemplo la fundamental biografía de Humphrey Carpenter, escrita en 1977 (4 años después de su muerte) y totalmente avalada por la familia. Carpenter entrevistó muchas veces a sus hijos, a su hermano Hilary, a ex alumnos, ex compañeros de facultad, tuvo acceso a todos los documentos, cartas, legajos, diarios de juventud... Con ello pudo trazar un reflejo de la personalidad de Tolkien que, si bien seguro que no es completa, sí se acerca bastante a la realidad. Otros libros, más modernos, pueden ser 'Tolkien, señor de la Tierra Media', de Joseph Pierce, un texto que analiza al bueno de JRRT desde una perspectiva obviada en la peli: su catolicismo radical (en ambos sentidos de "radical"); 'El mago de las palabras' y 'El viaje del Anillo', del gran Eduardo Segura; o el fundamental 'Tolkien y la Gran Guerra', de John Garth. Hay muchas más obras, por supuesto, pero yo he leído éstas y creo que son más que suficientes para trazar una semblanza de Tolkien.
¿Qué leyeron los guionistas de la película? No lo sé (tampoco he tenido ganas de investigarlo), pero quizá alguna de aquéllas recomendaciones les vendría bien. Ojo, no para CALCAR la biografía de la persona, sino para saber, digamos, por dónde tirar. Porque... ¿de qué trata esta película? Más allá de concatenar escenas de la vida de Tolkien, alguna resumidas, otras inventadas, otras supuestamente interpretadas e imaginadas. ¿Cuál es el hilo conductor? Me atrevería a decir que, si hay uno, no es otro que el TCBS y la amistad entre sus cuatro miembros principales. Nos lo indica, además, la música (bella, pero dispersa) de Thomas Newman: el último tema, el de los créditos, es el mismo que el de 'TCBS', por lo que el tema principal no es otro que éste. Por tanto, lo fundamental para los creadores ha sido la amistad. Ahora bien, ¿representa un hilo conductor en la película? A duras penas.
Cuando recreas una época pasada, estás contaminado por tus ojos del presente. Pongo un ejemplo. En la película se medio insinúa que G. B. Smith era homosexual. Esto no tendría nada de malo si no fuera que es un conejo de la chistera de uno de los guionistas. Lo dice el propio director, Karukoski: "Stephen Beresford, uno de nuestros guionistas, es gay, y él leyó todas las letras y todos los poemas, y dio por por hecho al 100% que Geoffrey era gay. No podemos reclamar eso.". No hay nada malo, perverso, negativo, ultrajante, loquesequiera, absolutamente nada, en ser homosexual, o en presentar un personaje con tal inclinación sexual (o cualquier otra). Sin embargo, además de no existir evidencia alguna de esto, la homosexualidad era un tema totalmente rechazado por los estudiantes del King Edwards, de Oxford, y de la Inglaterra estudiantil en general en aquella época; en parte, como dice Carpenter en su 'Biografía', se trataba de hacer olvidar la reciente época de Byron y la cierta permisividad que se tuvo hacia "aquellos comportamientos". 
En la TCBS no hablaban (según Tolkien) de sexo ni de mujeres. Puede extrañarnos que así sea, pero la fuente es de primera mano. Si en la película añades esta capa, estás no sólo inventando sino forzando una determinada percepción. Otro ejemplo es el hecho de llevar a Edith a una de sus reuniones; sí, te da un cariz cómico, y aporta, luego, un rasgo de la personalidad de ella y de choque con la de él que es cierto, bien jugado por esa parte: pero Tolkien no reveló a sus amigos que tenía novia hasta mucho después. Por supuesto no es lo que yo haría, ni es, seguramente, lo que muy pocos harían hoy, pero si lo modificas estás solapando la verdadera cara del Tolkien juvenil (sea ésta buena o mala, cada cual juzgue según la época) por una nueva, inventada, que no le hace justicia.
Cuando Edith y él fueron obligados a separarse por el padre Francis Morgan, el tutor de los huérfanos hermanos Tolkien, lejos de alejarse de la religión, JRRT se refugió muchas veces en la iglesias católica. Y lo de católica es clave, pues eran una minoría en la Inglaterra anglicana. Tolkien siempre pensó que su madre fue una mártir, apartada de su familia por convertirse al catolicismo, y que muchas de las estrecheces económicas que sufrieron fueron debidas a este motivo. Tolkien iba a misa, comulgaba, se sentía en comunión con Dios y consigo mismo, y eso representaba un refugio espiritual ante la pérdida del amor, que primero fue de juventud y más tarde para toda la vida. Es una parte, una arista, una cara del poliedro tan tan tan importante, que omitirla por completo es injusto y empobrece la película y el supuesto retrato que se quiere hacer del personaje.
En cuanto a cambios de fecha en la cronología, resúmenes apresurados (Tolkien no se alistó a la de ya, intentó retrasarlo lo más posible, y tampoco fue enviado a combatir al poco de alistarse), invenciones varias... pueden entenderse, aunque cada cual los habría hecho de una forma diferente.
¿Qué le falta? ¿De qué adolece? Le falta magia; magia en el sentido de arriesgar mucho más, o arriesgar algo, al menos. Y una base sólida desde la que construir, una base referencial clara: Tolkien no escribió sus "leyendas e historias" porque hubiera una correlación directa con sus experiencias en la Gran Guerra de 1914-1918. Influyó la guerra, ¡claro! ¿Cómo no va a influir? Lo que quiero decir es que la cantera fundamental del Tolkien escritor no fue la guerra. No escribió las Ciénagas de los muertos porque en las trincheras se topase con un gran charco rodeado de cadáveres; no escribió a los Nâzgûl ni a Morgoth porque en el campo de batalla, febril, imaginase a sombras llevándose la vida de los hombres. Es, por contra, en los mitos y leyendas antiguos, en las sagas, en las eddas, en la 'traditio' donde el escritor zambullía su mente para escribir. No hay rastro en la peli, por ejemplo, de su primera ciudad imaginada: Kortirion, "Kortirion entre los árboles", ya escrita bastante antes de la guerra. O en los antecedentes de Gondolin y su Caída. Esas primigenias ideas ya estaban antes del Tolkien combatiente (que, por cierto, era oficial de señales y no lo vemos hacer otra cosa que arrastrarse, enfermo, por las trincheras).
Magia. Más magia, por favor. Es bonito ver a su madre recitar a 'Sigurd' mientras el niño Ronald sonríe, pero muéstramelo mejor, por favor: haz que la imaginación del crío se transporte a esa escena de Sigfrido con el dragón, empezando a conformar el "hummus de la mente" para, esto sí, ayudar a conformar las "telas del fondo" de su posterior mitología. Sé valiente, Karukoski: no nos muestres de pasada un Cristo crucificado en las trincheras, restos de una iglesia derruida por el combate; por contra, puedes hacer que ese Tolkien febril vea a su Cristo en verdad retorcerse en la Cruz, horrorizado por la guerra. En dos trazos ya tendrías una capa, fina, de su catolicismo, y a la vez una imagen poética y terrible.
Las reflexiones sobre las palabras son bonitas. La escena del salón de té y el "cellar-door" es hermosa, y cómo Tolkien va pensando sobre la marcha qué puede ser "selador": no, no es un humano, no, no es un objeto... es.. es... es un lugar. Eso bien, en mi opinión, al César lo que es del César, pero podrías ir más allá: ya que tienes efectos especiales, úsalos para formar palabras en su mente, palabras del gótico antiguo : Tolkien era un historiador y un arqueólogo de las palabras. Sólo se conservan unas 800 palabras en gótico, pero Tolkien era capaz, como filólogo, de desentrañar el origen de muchas y de proponer cómo podrían haber evolucionado formando otras muchas que se han perdido con el tiempo. Su mente funcionaba así; muéstrenoslo, director, y háganos llorar.
Si Edith baila y ese es el origen de Lúthien Tinúviel, y tú lo sabes, haz la escena mejor, más importante, que sea una escena seminal, radical, no sólo la actriz bailando a cámara lenta mientras él, tumbado, la observa y se ríe. Si lees a Tolkien sabrás que fue mucho más que eso, y que ese día lo guardó en su corazón hasta el final. O más allá.
Y más: Tolkien no puede resumirle a sus hijos la trama básica de 'El señor de los anillos' antes de escribir, siquiera, la primera línea de 'El hobbit'. Sencillamente, no puede ser. Además, la escena posterior ("En un agujero en el suelo...") es absolutamente mítica, y totalmente desaprovechada: no sale corrigiendo exámenes extra de cursos inferiores para ganar más libras (cuatro hijos, seis bocas, un sueldo); uno de los exámenes estaba en blanco, le dio la vuelta, y sin saber porqué escribió la famosa frase. Esto no sale así, y es una lástima, porque es una de las esencias del personaje: no supo porqué escribió la palabra "hobbit", así que tuvo que "descubrirlo", no inventarlo. Su mente funcionaba así, dicho por él mismo.
En fin, termino. La peli es bonita, poco o nada arriesgada, no vuela alto. El hilo conductor es la amistad, y secundariamente Edith y las palabras e idiomas, y sobre todo ello, la guerra como factor de influencia clave. Todos estos pilares están mermados, a mi entender, por poca profundidad, en fondo y forma. Tolkien era más complejo: no era un buenazo, cometió acciones reprochables que marcarían su matrimonio y de las que él mismo se arrepintió muchos años después (obligar a Edith a convertirse al catolicismo, no hacerle caso suficiente, ignorar sus preferencias para dónde vivir, cosa que intentó compensar al final de sus vidas al retirarse a la costa y vivir en un balneario). En resumidas cuentas, como todos, luces y sombras.
Tener y perder. La muerte y la inmortalidad. El sacrificio y la piedad. Son apenas seis conceptos, pero podrían haber sido la base, la tela del fondo, la niebla, el mar, los árboles y al fondo, Kortirion.

miércoles, 27 de junio de 2018

Entre la Forja y la Posguerra


En cierto sentido, todos somos hijos e hijas de la tradición. De la traditio, en un sentido más general, auténtico y filológico del término. Cualquier artista merecedor de ser considerado como tal por su obra y por su cultura, crea aquélla dentro de un marco, mayor o menor, de tradición artística. De ahí que no se pueda entender a Miguel Ángel Buonarroti sin antes echar un vistazo a Fidias y Praxiteles; a Cervantes sin Homero, Manrique, el Mío Cid y Amadís de Gaula; a Howard Shore o John Williams sin Beethoven, Wagner, Mahler o Miklós Rózsa; a Goya sin Velázquez, a Toulouse Lautrec, Manet y Van Gogh sin Rubens, el Greco y la escuela flamenca.

Empiezo así porque me gustaría reseñar dos libros, ensayo y novela, los cuales creo que se insertan en una o varias de las poderosas líneas troncales de alta cultura española. Me estoy refiriendo a ‘La Reinvención del Quijote y la forja de la Segunda República’ (Renacimiento, 2016) y a ‘Parte de posguerra’ (Coolbook, 2005). Ambos, por supuesto, de Luis Arias Argüelles-Meres (Llanio, 1957).
Una frase célebre, mayormente atribuida a Cánovas, sentencia que la política “es el arte de lo posible”. Pues bien, puedo afirmar que ‘La Reinvención del Quijote’ pone ante los ojos del lector, o más inventa –de inventus, “algo nuevo que viene”- una explicación, creo que irrefutable, sobre las anchas bases culturales que dieron lugar a la Segunda República a través del poso que la obra de Cervantes fue dejando en dos generaciones: la del 98 y la novecentista o de 1914. Descubrimos, por tanto, una no tan delgada línea que engarza a, bajo mi punto de vista, tres personajes principales: Unamuno (‘Vida de don Quijote y Sancho’), Ortega (‘Meditaciones del Quijote’) y Azaña (‘Cervantes y la invención del Quijote’). Por las páginas de ‘La Reinvención del Quijote’ aparecen más nombres propios como María Zambrano, Pérez de Ayala, Salvador de Madariaga, Américo Castro, Ramiro de Maeztu e incluso un ruso: Iván Serguéyevich Turguéniev (‘Hamlet y don Quijote’, conferencia de 10 de enero de 1860… curioso día el 10 de enero: tal día nacería 20 años después Manuel Azaña. Todo está enlazado con el ingenioso hidalgo mediante).

Y es que todo parece estar relacionado, de una u otra forma. Y es que la tradición republicana, añeja, tiene uno de sus jalones en la Primera República de 1873, aquella que fue llamada “la República de los profesores”. En este sentido, no estaría de más recordar que uno de los cuatro Presidentes del Poder Ejecutivo de la Primera República, Nicolás Salmerón, fue nada menos que catedrático de Historia en la universidad de Oviedo y de Metafísica en Madrid, gran conocedor del llamado krausismo, inspirador éste, a su vez, de la Institución Libre de Enseñanza, de cuyo fundador, Giner de los Ríos, fue Salmerón amigo. Igualmente otro de los presidentes de aquella efímera República, Emilio Castelar, fue catedrático de Historia filosófica y Crítica de España en la universidad de Madrid.

Luis Arias expone y desmenuza, a través de las propias palabras de los protagonistas, los hechos hilados de un patriotismo quizá desconocido para el gran público, más acostumbrado a banderas, himnos y gruesas expresiones. Se trata, por el contrario, del patriotismo de nuestra cultura ejemplificada en Don Quijote y Sancho, auténtico caldo de cultivo que acabó endulzando las mentes más preclaras de aquéllas generaciones.

La pareja Don Quijote-Sancho representa el diálogo del pueblo español escindido en esos dos personajes (…) pues es el coro de la tragedia”, dice María Zambrano (discípula de Ortega), a quien Luis Arias cita para ejemplificar el sentido trágico de don Miguel; sentido trágico que, por otra parte, el universal bilbaíno llevaría hasta el final de sus días, además sin duda de quijotesco. Y creo, atrevidamente, que si para algo el Quijote sirvió a la República, fue para tratar de descubrir lo español, esa España que duele y acongoja, que reluce y se oscurece tanto a sí misma como a todo lo que pueden alcanzar las altas cumbres de su historia, de su presente, y de su porvenir. Tal pudo ser, pienso, ser el objetivo clave de los que principiaron e inventaron una nueva forma de pensar España. Forma no unívoca en lo morfológico, sin duda, con diferente orden de prioridades, de actuaciones, de visiones… pero con un alto sentido de lo español como nuevo: como nueva tragedia, como nueva  expectación, o como nueva esperanza.
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Con nueva expectación me refiero a Ortega, un autor que me cuesta bastante comprender en toda su plenitud. Dice él mismo: “Hay dos Españas, la España oficial, corrompida, decrépita, viciada, y la otra España incipiente que aspira a vivir y que amenaza ser ahogada cuando todavía está sin formar.” Y añade: “Yo, que soy español (…), siento el patriotismo, pero como una espada atravesada que me hiere cada vez que me muevo.” En sus ‘Meditaciones”, Ortega trata de España: “de una España a la que pretende descifrar sirviéndose de la gran novela de Cervantes”. Y no sólo descifrar, sino también encontrar respuestas a los males que aquejaban España en la Restauración, tan bien diseccionados años antes por Joaquín Costa, quien por cierto, en su ‘Oligarquía y Caciquismo’ tiene párrafos que hoy en día le valdrían más de una cita con la Justicia, tal y como anda el patio.
Señala Ortega al Quijote como símbolo, y como enigma, lo cual no deja de ser interesante. Enigma, al fin y al cabo, sobre qué es España: según Luis Arias, para Ortega “cada español, al hilo de lo que es el concepto orteguiano de la circunstancia precisa no sólo hacerse una idea de lo que es su país, así como del momento histórico en el que se encuentra, sino que también debe forjarse su proyecto de vida en consonancia con el devenir de su nación”. Ortega y yo soy yo y mis circunstancias. Ortega y el proyecto de España. Ortega y la expectación sobre la nación. Ortega, al fin y a la postre, y ese “imperativo que todo individuo tiene con respecto a sentirse implicado en la marcha de su país, máxime si el país en cuestión se encuentra en una encrucijada histórica”. Quizá esto pueda yo hilarlo, torpemente, con el Ortega del diario ‘El Sol’ y su “españoles vuestro Estado no existe: reconstruidlo. Delenda est Monarchia”. Es decir: españoles, leed el Quijote, identificad los males de España tan bien alumbrados por Cervantes, pero no caigáis en la tragedia de lo irremediable, en el existencialismo hispánico, sino que, por el contrario, actuad, proyectad en España vuestra propia reconstrucción.

Tal vez me equivoque (seguramente) en esas conclusiones de brocha gorda. Ya dije que Ortega me cuesta mucho.

He dejado a Manuel Azaña para el final porque quisiera entroncarlo con la segunda obra de la que quiero dar cariñosa y admirada cuenta: ‘Parte de posguerra’.

Decía Tolkien que el único recuerdo claro que guardaba de su padre era la figura de un hombre en cuclillas que escribía “A. R. Tolkien” en el baúl del equipaje. Tolkien tenía 4 años y embarcaba con su madre y su hermano en el S.S. Guelph para partir del puerto de Bloemfontein, a comienzos de abril de 1895, rumbo a Southampton. Meses después, en febrero de 1896, Arthur Tolkien moría en Sudáfrica de una peritonitis.
Y decía Manuel Azaña, hablando por boca de Jesualdo de Anguix, personaje de su inacabada novela ‘Fresdeval’, que de su padre vivo “sólo recuerdo un momento. Estoy viéndolo. En mi casa hacen obra. Hay andamios en el patio. Hombres con blusa blanca pican las paredes. Es invierno. Arde una hoguera en el patio. Yo me acerco a hurgar la lumbre. Sentado en un cajón un hombre que entonces me pareció viejo (…) se calienta. Es barbudo, se arropa en un levitón negro, roto, sucio. No lleva sombrero. ‘Un pobre’, me digo. (…) Sonríe. ‘¿Tú eres el señorito de la casa? Ya serás un escolapio’, dice. No recuerdo mis respuestas. (…) Entonces llega mi padre, ¡tan alto! Yo era un boliche… ‘¿Qué haces ahí, rata? Vete.’ Manda con severidad, pero su voz suena afectuosa.” Esteban Azaña, quien por cierto fue alcalde de Alcalá de Henares, autor de una ‘Historia de Alcalá’ y bajo cuya alcaldía se inauguró la estatua de Cervantes (1879) que aún hoy preside la plaza del mismo e inefable nombre, entonces llamada plaza del Mercado o plaza Mayor. Esteban Azaña murió cuando Manolito tenía solamente 10 años.
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Y en una maniobra literaria menos alambicada de lo que pudiera parecer, paso de Tolkien a Azaña y de ambos a Luis Arias, quien también, por supuesto, habla de su padre: “Recuerdo a mi padre la mañana del 1 de abril de 1964 sosteniendo el diario «Pueblo», cuyo titular celebraba los 25 años de paz. Los titulares eran escandalosos hasta decir basta en todos los periódicos. Recuerdo su gesto de impotencia. En la novela me lo imagino escribiendo unas cuartillas holandesas todo lo que pensaba y sentía en ese momento.” De su padre, Manuel Antonio Arias García, «Antón de la Braña» (1913-1986), Recuerdo a Luis Arias, el 2 de octubre de 2016, en la presentación de su libro recopilación de artículos ‘Desde la plaza del Carbayón’ (Septem, 2016) en el Centro Asturiano de Madrid. Allí mencionó, en su intervención final, a su padre Manuel, citándole y al que yo ahora cito de memoria, con todo el respeto: “No todo es imposible. Las utopías a veces se hacen realidad. No puedo olvidar que la Segunda República existió.” ¡Ojo! No confundir la Utopía con la Quimera. Ésta es lo irrealizable, lo imposible, la falsa promesa a sabiendas; la utopía es lo anhelado, lo esperado, aunque a Ítaca nunca llegues pero el camino, el viaje, merezca la pena. Luis Arias, su padre, su biblioteca y los libros de la colección Austral que Manuel, ya ciego, acariciaba pasando sus manos por el lomo y las cubiertas. Y es que Manuel fue un maestro republicano.
Siempre vivió en una aldea, Cornellana, y se educó con la Institución Libre de Enseñanza y los pensadores de la República. Durante toda su vida admiró mucho a Azaña, porque como muchos maestros republicanos veía en él al líder de un proyecto de Estado, donde lo más importante era que los pobres pudieran estudiar como los ricos, donde la cultura y la educación eran la herramienta del progreso del país.”

Resultado de imagen de azaña y unamunoAzaña, Ortega, el proyecto, Krauss y la ILE, la cultura, el Quijote. Dice Luis Arias en las conclusiones de ‘La Reinvención’: “Cuando veo documentales sobre el final de la República, con las imágenes de multitudes de personas abandonando, derrotadas y abatidas su país, me resulta inevitable interpretar ese espectáculo como los escombros de la que fue una de las utopías contemporáneas que más admiración despertó en el mundo. Y es precisamente en esas imágenes donde hay que encontrar, con dolor, con temor, con temblor, los designios y la vocación de aquello que se vino forjando en 30 años irrepetibles de la historia de España.”

La República como utopía encarnada, como ínsula barataria, como sueño de la razón. Una República compleja, con luces y sombras. Y es que el bienio radical-cedista también es República, como lo son las deportaciones masivas a Baleares de anarquistas sin que a Azaña le temblase el pulso, como lo es Casas Viejas, como lo es Castilblanco, como lo es las iglesias quemadas a comienzos de mayo de 1931, como lo son, ya en Guerra, las checas, los paseos, las vejaciones a eclesiásticos y eclesiásticas (vivos y muertos), Asturias en 1934 y Paracuellos, y todos los fusilados por su condición, ideología, significación, o porque simplemente estaban en el lugar equivocado, o eran víctimas de habladurías y rencores. Es necesario decir esto, creo. La admiración y el interés por un proyecto, por un periodo, por una persona, no puede ocluir nuestra mirada. Como dicho debe ser también, que aquellos asesinados, culpables e inocentes, matados en mal nombre de la República, ya tuvieron su reparación histórica, su recogimiento, sus honras. Las responsabilidades en todos los hechos y sucesos que he mencionado son variadas, nunca unívocas o solamente “de la República”, así, en general.

Sin embargo, si tuviera que escoger, si me obligasen a definir a la República segunda, no me templaría el pulso al escribir que aquélla es el bienio de Azaña, y algo más: todo el periodo que abarca desde el encarcelamiento de Azaña en Barcelona, pasando por las miles de cartas que inundaron las sedes de Izquierda Republicana solidarizándose y exigiendo su liberación en aquella farsa e ilegal detención, continuando con el de Alcalá lanzándose a recuperar la República en los llamados Discursos de campo abierto, los cuales concluyeron en octubre de 1935 con el mitin de Comillas: un campo en la carretera de Toledo que aquel día llenaron cientos de miles de personas hasta la aún inalcanzable e irrepetible cifra de casi un millón.

Hablaba Luis Arias de los exiliados. Pero había otro exilio, también durísimo: el exilio interior. Del “sueño de la razón que convirtió al país en un aula”, a las holandesas que el protagonista de ‘Parte de posguerra’, Juan Arango, rellena por las noches en La Prohida, cerca de Nalona, ficticios lugares a la vera del Narcea. Insisto, todo está relacionado: he leído la novela en los viajes en tren al trabajo, desde Alcalá de Henares (cuna de Azaña y de Cervantes) hasta mi trabajo en una notaría (Azaña fue funcionario de la Dirección de Registros y del Notariado) en el centro de Madrid, teniendo yo que pasar al lado del palacio de Villamejor, sede de la presidencia del Gobierno y donde Azaña presidió el consejo de ministros. Veo, quizá, lo que ellos veían transformado por el tamiz de los siglos y los años. Soy, qué duda cabe, absolutamente inferior a ellos.
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La prosa de Luis Arias en esta novela es recogida, como demanda la historia. El manejo del castellano es admirable. No en vano estamos hablando de un doctor en Filología Hispánica, y de un profesor de Lengua y Literatura, ampliamente premiado y reconocido en Asturias y en España. No hay alardes puramente formales o estéticos: cuando la prosa se eleva lo hace con un sentido concreto. Por ejemplo: “(…) el tiempo que permanecí en prisión mientras deambulaba por aquella cárcel masificada, por aquel dolor humano, mi referencia estaba en La Prohida, en mi infancia, en mi adolescencia, en los mejores momentos de mi vida, aquellos en que me sentí eterno. (…) Quiere decirse, cuando nos revelamos animales fantásticos y las yemas de nuestros dedos acarician esa superficie electrizante que demanda ser reconquistada. Sigo hablando, pues, de Ítaca. (…) Julio de 1927. Tiempo de segar y de recoger la yerba. Tiempo de cerezas. Tiempo para el ensueño.” Más: “En agosto, la parra de uva que cubría y engalanaba el porche de mi casa se ponía esplendorosa. Desde el banco en el que nos sentábamos a tomar el fresco al oscurecer era fácil alcanzar las primeras uvas que degustábamos.” Este último párrafo me retrotrajo a mi propia infancia en la finca de mi abuelo, pero ésa es otra historia, qué duda cabe.

parte de posguerra (ebook)-luis arias argüelles-meres-9788416053254La influencia de su admirado Clarín es indudable. Yo la he percibido en este párrafo:

(…) había una aristocracia muy rancia en todos los sentidos, con tenderos y con campesinos que la invadían los días de mercado, pero a quienes se les mantenía con todas las distancias que la etiqueta marcaba. Y es que, en uno y otro sitio (Nalona y Oviedo) no se respiraba cambio, ni movimiento social. El peso de los apellidos tradicionales era como una muralla invisible que impedía el paso de la modernidad en ambas localidades.”

También me gusta la ironía: “Se había llegado a afirmar (…) que a no tardar mucho, la República prohibiría la asistencia a misa, el bautismo de los niños, y, en fin, todas las ceremonias religiosas. Que eso era sobre poco más o menos  lo que había dicho Azaña en su famoso discurso. Y que ya vendrían luego la abolición de la propiedad privada y el comunismo.”

Resulta curioso comprobar cómo para muchos hoy día, tal ironía ha quedado como explicación última de la República española, pero, una vez más, ése es otro tema.

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Azaña veía en el Quijote las dos vertientes clave: la real y la poética. La experiencia y la fantasía. La historia y el mito. Esto nos podría llevar indefectiblemente a Tolkien, lo cual no deja de ser para mí algo maravilloso. Depositaba Azaña en Cervantes una fuente de conocimiento de España mayor, en cuanto a mito o leyenda, que en la propia historia contada oficialmente. Que Azaña pensase la mejor forma de conocer a un pueblo es a través de sus leyendas, de sus mitos, de sus tradiciones, es increíble. Y claro está que el mayor mito español es el Quijote; al menos, para lo que aquí nos ocupa. “En túmulos de escarlata, corta lutos el silencio.”

En ‘Parte de posguerra’ aparecen, también, falangistas renegados, curas de diverso pelaje –uno de ellos se basa en un personaje real que denunció a Manuel Arias por no ir a misa con los niños los domingos-, ricohombres amables y empresarios personificando los caciques inveterados. La historia está contada a modo de flashback en primera persona, volviendo de vez en cuando a ese presente de 1964 de confesiones de ventana cerrada y Radio Pirenaica. La acción, repleta de las más hondas reflexiones hasta los más desapercibidos detalles, abarca desde el inicio en los estudios de Juan Arango hasta su bachillerato y posterior obtención de la plaza de maestro. Un maestro que, al poco, sería uno de los maestros republicanos.

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Al llegar la República, se encargó un informe  a la Inspección de Enseñanza Primaria que arrojó unos resultados desoladores: había unas 32.000 escuelas, y faltaban, al menos, otras 27.000. Ante esto, el Ministerio de Instrucción Pública encabezado por Marcelino Domingo –más tarde co-fundados de Izquierda Republicana con Azaña- respondió con un plan quinquenal (a lo soviético… permítaseme la chanza) para crear 5.000 escuelas por año, creando 7.000 el primer año. Hubo más medidas urgentes mientras se redactaba la Constitución de 1931: decretos para reconocer el derecho de los alumnos a ser educados en su lengua materna aunque ésta no fuese el castellano, un Plan Profesional para los maestros, mejorar su sueldo (que subió a 3.000 pesetas), cursos de reciclaje para el profesorado, Semanas Pedagógicas, asesoramiento de la Inspección del Ministerio, elevación a carrera universitaria de Magisterio… Y la ILE, el puro institucionismo sazonado de más laicismo como gustaba a Azaña: salidas al campo para estudiar naturales, menos coros infantiles y más debates participativos, fin de la segregación con los niños y las niñas en las mismas aulas, supresión de los símbolos religiosos en las escuelas, supresión de la obligatoriedad de la asignatura de Religión (pero manteniendo su enseñanza si la familia lo solicitaba), las Misiones Pedagógicas para “difundir la cultura general, la moderna orientación docente y la educación ciudadana en aldeas, villas y lugares, con especial atención a los intereses espirituales de la población rural” (decreto de 21/05/1931).

Esto ya lo había resumido Azaña en su ‘Apelación a la República’ (1924, publicada de forma clandestina, claro): “Si a quien se le da el voto no se le da escuela, parece una estafa. La democracia es fundamentalmente un avivador de la cultura.”
¡En fin! Dos libros diferentes, pero con denominadores comunes, ramas y hojas de un mismo árbol centenario. Gracias, don Luis Arias, por ambos. Emociona el recuerdo a su padre, que permea toda la novela. Emociona su pasión por Unamuno, Ortega y Azaña, cuyos hálitos alientan toda la obra. La República es escuela, es cultura, es educación, es pasión, es institucionismo. Todo lo que se fue al carajo en 1936. Muchos de los que se decían republicanos no lo eran en verdad, o no en éste sentido, sino más bien pretendían utilizar a la República para sus fines más extremos. De los fascistas ni merece la pena escribir nada aquí. No hubo tiempo para crear esos republicanos cultos, honrados, leídos y orgullosos de su país. Quedaron pocos en pie. Su padre fue uno de ellos. Que el mañana nos dé, a ser posible, Salud, y también, ¿por qué no?, ¡República!

Ya lo dijo Antonio Machado:

"Está el hoy abierto al mañana / mañana al infinito / Hombres de España: / Ni el pasado ha muerto / Ni está el mañana ni el ayer escrito"


viernes, 14 de octubre de 2016

Comentarios desde la plaza del Carbayón, un libro de Luis Arias Argüelles-Meres


"La parte más grande de la verdad está siempre escondida, en regiones fuera del alcance del cinismo" (John Ronald Tolkien)

Quisiera comenzar con un breve proemio, y es que corrían los años 90 y yo era un humilde estudiante del instituto "La Magdalena" de Avilés. Más allá de los avatares semanales, el fin de semana llegaba la hora de leer la prensa con tranquilidad. Por aquél entonces, acababa de descubrir la figura de Azaña y leía todo lo que caía en mis manos de y sobre el político y escritor de Alcalá de Henares. Pues bien, he aquí que en 'La Nueva España' de uno de esos sábados o domingos, hallé un artículo titulado 'Dejen a Azaña en paz', firmado por un tal Luis Arias Argüelles-Meres. Confieso que si lo leí fue por la palabra "Azaña", entonces cuasi-proscrita del escenario general, y más en los periódicos astures. En el artículo, Luis Arias trataba de defender la figura del último presidente de la República del uso que, de él, hacían por entonces personajes como Aznar, Jiménez Losantos y otros de similar ralea y/o calaña. Me llamó tanto la atención la claridad del texto, y estaba tan de acuerdo, a pesar de mi bisoñez en todo, que a partir de entonces comencé a leer todos los artículos que publicaba aquel Luis Arias al que yo no conocía de nada. 

http://fotos00.lne.es/2013/07/04/646x260/palacete-concha.jpgDe aquellos tiempos, en una elipsis narrativa que me saco de la manga, saltemos a "Desde la plaza del Carbayón. 1957-2016. Vivencias.", el nuevo libro de aquel Luis Arias al que no conocía de nada y al que hoy admiro del todo. La obra es una recopilación de artículos con un mismo telón de fondo: su Oviedo del alma. Y digo bien "telón de fondo", pues esta serie no se circunscribe a los términos geográficos y emocionales de la heroica ciudad, sino que los traspasa con creces para hablar, ¡claro!, de la condición humana en unas cuantas de sus casi inabarcables facetas. 

http://image6.casadellibro.com/a/l/t0/36/9788416053636.jpgCasi me da vergüenza y apuro atreverme a hacer una crítica literaria, yo, de un libro de Luis Arias; del mismo profesor de literatura que, sin conocerme de nada, se leyó mi primera novela publicada ('La vieja bandera', 2014), gustándole bastante según dijo, para mi rubor, y no sólo: publicando su correspondiente crítica (puede leerse aquí) y viajando a Madrid, donde ahora vivo, solamente para presentarla en un acto del Centro Asturiano... ¡sin conocerme de nada! Esos detalles hablan de la talla humana, moral y profesional de una persona. Punto.

Sus padres y su hermana aportan referencias cálidas, aquí y allá, a muchos de los artículos, pero si una figura yo destacaría de entre ellas, es la de su padre Manuel Arias: un maestro republicano que vio a la República pasar del verbo a la carne, al que en sus últimos años le gustaba que su hijo le leyese en voz alta mientras él acariciaba el lomo de aquellos libros que poblaban su despacho y que ya no podía mirar como antes. De hecho, recuerdo que una de las primeras personas que me nombró Luis Arias cuando hablé con él por vez primera, fue a su padre Manuel. ¡Por algo sería!

A través de los artículos, pasamos de las ventanas de la casa a la plaza del Carbayón, a la calle Santa Susana o a la calle Toreno, nº 5. De ahí, a Oviedo, y de Vetusta a España y al mundo, no sólo como concepto geográfico sino, sobre todo, emocional. Se habla de nostalgia de ciudad, en Oviedo y siempre con Lanio en la retina; se habla de una incipiente política; se recuerdan evoluciones propias y también alguna ajena, proyectándolas hacia el futuro, por entonces incierto en más de un aspecto. 

Pero, sobre todo, los artículos están exentos de ese cinismo del que hablaba en la cita del nacido en Bloemfontein que encabeza esta página. 
Pero, sobre todo, los artículos están impregnados de lucidez; una lucidez quizá un tanto amarga, azañista si se me permite decirlo, en el más amplio sentido del término. 

Muchos nombres están presentes de principio a fin, de la geografía personal a la metapolítica de lugares comunes e impropios nombres, hechos y geografía vetustense aparte: autores, músicos transicionales, actrices, hosteleros, estaciones con trenes de madera, carros de caballos transportando leche, paisajes y paisanajes, edificios y palacetes arrancados de las entrañas de la historia... pero, si hay una serie de nombres que destacan son los de Clarín (también su hijo, el rector Alas, fusilado en 1937), Ortega (y por ende, Fernando Vela) y Azaña. 

El estilo es claro y definido, muy reconocible si se ha leido a Luis Arias más de una vez, introduciendo aquí y allá varios cultismos que engarza sin estridencias, al igual que una de las expresiones que más gustan al autor: atopadizo, que en asturiano no significa sino acogedor, tal y como señaló en su momento el propio Ortega y Gasset. 

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"La heroica ciudad dormía la siesta."
Dicen que dijo Kepler que le gustaba más "la crítica aguda de un hombre inteligente antes que la aprobación irreflexiva de las masas". Pues bien, de Luis Arias Argüelles-Meres admiro su capacidad para, en un artículo de pocas palabras, distanciarse de la actualidad los metros y centímetros justos para analizarla ponderadamente, con una mirada de poso reflexivo, en parte amargo en tanto que lúcido, como ya dije, y tan analítica como certera. 

En "Desde la plaza del Carbayón" la actualidad está arroyada a un margen del camino, pudiendo disfrutar en su lugar de una capacidad de evocacion envidiable: desde el frío que se colaba entre los pliegues del abrigo de una señora desconocida, a la que imaginamos una historia y un destino con nuestra nariz pegada al cristal empañado de la puerta de una pastelería... hasta la silenciosa quietud en la madrugada tras una noche juvenil regresando a casa nimbado aún por los acordes de Aute en el Fontán. Mirar por la ventana, y pensar quizá en aquella muchacha del largo cabello rubio a la que nunca te atreviste a decir nada. 

Madrid, 15 de octubre de 2016.

martes, 22 de marzo de 2016

El pequeño héroe anónimo del Ala 11



De pequeñas acciones está el mundo lleno. Solemos acordarnos de las grandes, sobre todo en los días señalados al efecto por la efeméride de turno. Pero yo quisiera resaltar hoy y ahora, a destiempo y sin motivo aparente, un par de cosas sobre lo que pasó el 23-F-1981.

Hemos escuchado hasta la saciedad la frase "y Milans sacó en Valencia los tanques a la calle". Y luego que los retiró cuando el Rey le llamó por teléfono, más allá de las 2 de la madrugada. Jaime Milans, es de sobra sabido, eran el capitán general de la III región militar (división territorial de defensa extinguida en 2002), la de Levante. Media hora después de que Tejero tomase el Congreso, se transmitió en la capitanía general de Valencia, por radio, la palabra clave: Miguelete.

[Nota aparte: cómo somos los de aquí, ¿verdad? Ni Tormenta del desierto, ni operación León Marino, ni Barbaroja, ni operación Overlord (o sea, Normandía)... Aquí con Miguelete vas que chutas. Tengamos en cuenta que toda la operación marco de este golpe blando o bonapartista era la Operación De Gaulle... copiando nombres, y todo].

Dieron así comienzo las operaciones Alerta Roja y Turia (al menos, la nomenclatura era más épica). No era cosa de broma: 60 vehículos de combate y 2.000 soldados de la División Maestrazgo III, con sede en Bétera y Paterna, se desplegaron por Valencia en dos anillos estratégicos, provistos de 12 tanques M-47 (fabricados en EEUU en los años 60) artillados con un cañón de 90x38 milímetros y tres ametralladoras Browning, escoltados por tanquetas patrulleras y varios vehículos de apoyo logístico con combustible, agua, comida, artillería pesada y material antiaéreo. El despliegue es de manual: rápidamente toman el gobierno militar y el gobierno civil, el Ayuntamiento (el alcalde, que estaba dentro, huye al escuchar radiado el parte rebelde de Milans... justo lo contrario que un tal Julio Anguita, alcalde de Córdoba, que se encerró en su despacho y depositó sobre su mesa de trabajo un revólver 9 corto... no es comparar: es referir), la Diputación, la Jefatura de Policía, los medios de comunicación (transmitiendo el Bando de Milans por radio), Correos y la estación de autobús. El Jefe del Estado Mayor, general Gabeiras, aún tardará 2 horitas en enviar a Valencia la contraorden, mediante la red TAC, telex número 169: "Poner en marcha BERTA 2. Acuartelamiento de unidades". ¿Qué pasó en esas 2 horitas? Ahí entrará el personaje anónimo.

Entre tanto, sin que casi nadie lo sepa (salvo los que estaban en la harina), un avión awacs de reconocimiento estadounidense (oh, qué raro) despegó de Lisboa y sobrevuela todo el espacio aéreo español. En multitud de bases y cuarteles españoles se suprimió la orden de paseo, tradicionalmente a las 17:00h. Ya no digamos las bases norteamericanas de Morón y Rota, en alerta máxima desde dos días antes. No creo en estas casualidades, amiguitos.

En Madrid, parte de la división de élite Acorazada Brunete había tomado ya la carretera de Burgos en dirección a Madrid desde la base de El Goloso. Cuando el general Juste, jefe de esa división, regresa por sorpresa al cuartel (estaba de maniobras en Zaragoza), emite la contraorden: las primeras unidades mecanizadas ya tenían a la vista la plaza de Castilla (aún sin las torres Kio, que son de 1996). Como dije, no era cosa de broma. El Paseo de la Castellana estaba a tiro (nunca mejor de dicho) de piedra. Cuando el general Juste paraliza la operación tras hablar con Zarzuela (concretamente con Sabino Fernández Campo), las unidades se apartan a las cunetas y dan media vuelta. El general Víctor Lago Román, que manda los boinas verdes en Madrid, le dice a Quintana Lacacy, capitán general de Madrid, que 300 hombres están preparados para parar a cualquier carro de combate en plena calle... El ambiente era genial para ir de vermout.

[Nota: tanto Víctor Lago como Guillermo Quintana Lacacy serían posteriormente asesinados por los terroristas de ETA]

En Valencia, una columna blindada rebelde toma el camino de la base militar aérea de Manises. Los conductores de los tanques tienen prohibido comunicarse entre ellos, pudiendo solamente establecer comunicación con el sargento primero de turno a través del interfono. Mientras tanto, varias capitanías generales se van sumando a la rebeldía, y otras permanecen dudodas. El parlamento está secuestrado, y el jefe del Estado, a la sazón Juan Carlos, desaparecido (no en combate). Milans del Bosch, militar de prestigio técnico, será un golpista, pero no es precisamente un mindundi: como buen general, tiene un plan alternativo, un plan B; y éste consiste en marchar sobre Madrid por la Nacional-III (320 kms) con todas las unidades de la división Maestrazgo para, con ello, arrastrar tras de sí a las capitanías y divisiones dudodas (imaginemos que se juntasen la Brunete y la Maestrazgo en maniobra de arco envolvente sobre Madrid... tontos no eran).
Tanque delante de la Capitanía de Valencia
Las unidades se acercan a Manises, tanto que ya se divisan desde la propia base. Entonces aparece nuestro hombre: el coronel del ejército del aire que comandaba la base. Al ver la columna llegar, llama por teléfono al ayudante de Milans, un tal Ibáñez Inglés, y le suelta algo del tipo:

-"¿Qué cojones estáis haciendo?". 

-"Los tanques son para proteger la base, mi coronel". 

-"Y un carajo". 

Tras un breve parlamento entre ambos, la charla no debió ser muy amena, porque el coronel se negó a sumarse al asunto. Es más: Ibáñez le cuenta, suponemos que para amedrentarlo, el plan B. Veamos la respuesta de nuestro hombre:

-"Te advierto que, como anden un kilómetro más, tengo un Mirage-III [cazabombardero de combate] en pista y otros dos preparados que salen y de tus carros de combate no dejan ni los restos."

Todo el escuadrón de Manises se puso en alerta máxima. Varias unidades arrancaron los motores y se pusieron en posición en las pistas de despegue: si la maniobra del plan B (avanzar sobre Madrid) se hubiera puesto en marcha, varios cazabombarderos con misiles aire-tierra hubieran salido como flechas para bombardear todos los puentes de la carretera Nacional III y cerrar el paso a los carros de Milans, destruyendo también las gasolineras de toda la autopista. Milans, por su parte, había ordenado situar artillería de campaña con orden de tirar sobre las pistas y edificios de la base de Manises en cuanto se diera la orden. La escabechina pudo ser pequeña.

Lamentablemente, este pequeño héroe anónimo es eso: anónimo. No he sido capaz de encontrar su nombre por más que he rastreado. Solamente podría aventurar un nombre: el del coronel Enrique Ortíz de la Cruz, pero no puedo asegurar que sea nuestro hombre.

Tendré que seguir buscando. ¡Menudo ladrillo!
Portada del New York Times

lunes, 22 de diciembre de 2014

Reflexiones sobre Tolkien y cine. Una última vez. Me he vaciado. Ojo, frikismo.

"¡No! -dijo Thorin-. Hay en ti muchas virtudes que tú mismo ignoras, hijo del bondadoso Oeste. Algo de coraje y algo de sabiduría, mezclados con mesura. Si muchos de nosotros dieran más valor a la comida, la alegría y las canciones que al oro atesorado, éste sería un mundo más feliz."

He querido empezar este desguace por lo mejor de la película que vi ayer, por su mejor frase, por su mayor destello de pureza que nos trae al original. Obviamente, la cita es del libro, "El Hobbit" (Tolkien, 1937), si bien en la película Thorin no se la dice exactamente así a Bilbo, pero conserva su sentido. Ahora, ¿por dónde seguir?

Desde que se estrenó "La Comunidad del Anillo" el 19 de diciembre de 2001 ya llovió. Trece años, nada menos. Y tiene sentido retrotraerse allí, pues quienes han perpetrado la nueva "trilogía" hobbítica son los mismos: director, guionistas, muchos actores, equipo técnico y artístico. Incluso la productora ""New Line" vuelve a poner pasta, ahora subsumida por Warner Bross y en asociación con Metro Goldwyn Meyer. ¡Será por dinero! 

Una de las preguntas que vinieron a mi mente antes del estreno de "El Hobbit: Un Viaje Inesperado" fue qué quedaría de la obra antecesora. Imaginaba, pardillo de mí, que al tratarse de TRES películas para un libro de exactamente 283 páginas, habría tiempo más que de SOBRA para reflejar no ya el texto original, sino para al tiempo ampliar los horizontes de la Tierra Media en particular y de Tolkien en general. Estaba convencido que al ganar 11 oscar con "El Retorno del Rey", a Peter Jackson le darían absoluta carta blanca para hacer las cosas a su gusto. ¡Bien!, me dije, ingenuo. 

Vamos al tema: 

¿Dónde está Tolkien aquí? Buena pregunta. ¡Ojo! Conozco el diferente lenguaje que ambos medios, literatura y cine, deben emplear. Lo importante no es pegarse al papel, sino pegarse al ESPÍRITU, al FONDO de la obra. En caso contrario, llama a tu película "Tierra de Fantasía" o algo por el estilo, pero deja a Tolkien al margen. 

Tolkien, Tolkien... qué pesado soy, ¿verdad? Mucha gente puede pensar que exagero. No es mi intención. Sin embargo, tampoco quiero perder de vista el parámetro de análisis. ¿Da Tolkien para tanto? ¡Pues claro! ¿Acaso se trata, únicamente, de un libro bien de aventuras bien escrito con partes coñazo (fundamentalmente canciones) que usa para su propio beneficio partes de diversas mitologías? 

NO.

[¡Atención! Hablaré de cosas de la película recién estrenada a partir de este punto]

Pongamos por caso el filme de ayer: "La Batalla de los Cinco Ejércitos". Ya veníamos de otra obra magna, "La Desolación de Smaug". Salvo dos o tres destellos (juntando ambas), unidos a otros dos o tres puntos luminososo de la primera, "Un Viaje Inesperado", no reconozco la esencia... no ya de la obra escrita, ¡sino de la anterior tacada de películas! (La Comunidad del Anillo, Las Dos Torres, El Retorno del Rey). Igual es que ya estoy mayor, pero me impresionan menos que CERO las cabriolas y demás fuegos de artificio, un 99% de lo cual está generado por ordenador. Esto último no sería problema en sí mismo. Lo que ocurre es que los efectos especiales, para que se integren con naturalidad en la obra y puedan provocarte ALGUNA emoción, deben estar al SERVICIO de la película, y no lucir porque sí,  sin venir a cuento, etc.

Todo esto es una lástima. Tolkien no es solo aventurillas y correteos+espadazos+frase noble+piruetas varias. ¡No! Es lingüística al más alto nivel (ver el libro "Tolkien y la Gran Guerra" de reciente publicación, autor John Garth. Cuando digo "algo nivel", es alto nivel); es filosofía (ver esta conferencia del profesor Eduardo Segura titulada "Concepto de poder, noción de ley y traditio en la mitología de Tolkien": https://www.youtube.com/watch?v=QZyqa2Y42yA); es disfrutar de un amanecer; es la historia de la Larga Derrota, la Esperanza sin garantías; es seguir luchando cuando sabes que vas a perder al 99,9% de posibilidades. Es caminar por tierras de peligros en las que también existen refugios, y gente en quien confiar. Qué facil sería enumerar conceptos tan manidos como nobleza, honor, epicidad, heroísmo, valor... Que sí, que vale, pero eso también está en Conan el Bárbaro (libros de Robert E. Howard y posteriores películas) o Willow; en los libros de Tad Williams (tetralogía de "Añoranzas y Pesares", recomendable leerla al menos una vez en la vida); "El Último Dragón" de Michael Reaves y Byron Preis e, incluso forzando la máquina, en "Crónicas de la Dragonlance" de Margaret Weis y Tracy Hickman.  

El tema estriba en que la obra de Tolkien no es solamente fantasía, magos, elfos, luces de colores y malos que van de negro.¡Claro que tal obra no es perfecta! ¿Qué obra lo es? ¡Claro que depende de los gustos etc de cada cual! ¿Cuál no? ¡Por supuesto que en algunos aspectos se nota el paso del tiempo! ¡Se empezó a gestar en los albores de 1914 e incluso antes! Pero, ay amigo, lo que tienen los clásicos es que su aplicabilidad sí que no desfallece. ¿Ya no vale la Odisea? ¿La Ilíada? ¿Los Diálogos y la República de Platon? ¿Deja de ser magnífico el inicio de "La Regenta" de Alas Clarín por el mero hecho de haberse publicado en 1884?:

"La heroica ciudad dormía la siesta. El viento sur, caliente y perezoso, empujaba las nubles blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el norte." 

 ¿Deja de ser espléndido el final de "El Jardín de los Frailes" de Manuel Azaña por haberse publicado en  1921?:

"Solo estoy en la punta del jardín, ya frío. Vagan tres frailes en el huerto prioral. Las delgadas siluetas, sin gravidez, accionan levemente; algo se dicen, miran al suelo. Se calan la cogulla: a ellos y a mí el cierzo nos hiere. Una cima se encumbra lejos, encapuchada de nieve y rosa. 
En túmulos de escalata
corta lutos el silencio.
Es el ocaso."

¿"La Metamorfosis" de Franz Kafka? (1915):

"¡Mensajero del día! El gran sufrimiento que he vivido me ha hecho persona. Nunca reflexioné sobre el destino, pero ahora aprendo a cavilar. El destino quiere que me presente ante aquellas personas que llamé padre, madre, hermana, jefe y colegas, y a quienes no importaba, ya que mi cuerpo se pudría, que me odiaban y temían, que me escondían por vergüenza y cuyo odio llegó al punto de que hirieron mi cuerpo."

"Rebelión en la granja" de Gerorge Orwell? (1945):

"Doce voces indignadas gritaban, y todas eran iguales. Lo que había ocurrido en los rostros de los cerdos era ahora evidente. Los animales que estaban fuera miraban a un cerdo y después a un hombre, a un hombre y después a un cerdo y de nuevo a un cerdo y después a un hombre, y ya no podían saber cuál era cuál."

Qué cosas, ¿verdad? Se podrá decir que exagero, que pido demasiado a una súper producción. ¡Precisamente! Por eso mismo, por tener tantos recursos a su alcance, debería buscar la excelencia y no el blockbuster facilón. El dragón Smaug no es una criatura fantásticamente maligna a la que hay que dar caza y muerte. Smaug es el último dragón de la Tierra Media, y representa a toda una estirpe (Ancalagon el Negro, Glaurung...), viviendo en él la codicia; una codicia insana y natural, de ahí su grandeza. No se trata de un "mal del dragón" que te vuelve codicioso de repente. ¿Es el oro el que vuelve codicioso al dragón, o eres tú mismo quien genera la codicia al verte reflejado en el dragón? Podemos filosofar, pero... ¿Thorin se vuelve codicioso por el aire que se respira bajo la Montaña? ¿Falta de ventilación? ¿Aire acondicionado? El debate está servido. 

GANDALF. Por favor. ¡Gandalf no es un puñetero viejo que farfulle y se vaya al suelo! ¡Gandalf NO PUEDE ser derrotado así como así! Su explicación es, de nuevo, de vertiente filosófica. No se trata de un mago con superpoderes. ¡No! Es un representante de la Sabiduría en grado sumo, esto es, en la mitología y concepción de Tolkien, una rama del gran árbol de Dios. ¡Como los Elfos, coño! ¿Dónde estás, Platon? Los Elfos NO SON PERFECTOS, ni pueden serlo. Son Hijos de Ilúvatar (Dios), vástagos de su pensamiento, una copia IMPERFECTA del pensamiento de Dios. No usan magia, sino que se imbrican en el mundo de una manera natural. En este sentido, casi NADIE ha entendido al personaje de GALADRIEL, e incluso el de ARWEN UNDÓMIEL. En la película de ayer, vimos a Galadriel hacer frente a un orco... ¡con Gandalf tirado por el suelo! ¡Que no! Elrond, Saruman... el Concilio Blanco que desaloja al Nigromante (Sauron) de la fortaleza de Dol Guldur. Este combate no debería, bajo mi punto de vista, ser tanto físico como sí psíquico. Pero, por favor, hay que entender esto: Gandalf, Saruman y Sauron están en el mismo escalón jerárquico... ¡solo que Sauron no tiene poder aún! Es lo que tiene ligar tu propia esencia a un objeto material. Nueva lección, que no se explica. Ahora bien, Galadriel sí es una Primera Nacida. Pero esto tampoco se explica: simplemente lleva a Gandalf (¡a Gandalf!) en brazos con facilidad, hace magia, se enfrenta al Nigromante, etc etc... Si fuese un combate psíquico, ahí Galadriel sería muy difícil de vencer, pues ella misma emana LUZ. Pero no la luz del interruptor, sino la luz tal y como el autor la imaginaba: la Primera Luz, la luz más prístina y pura. Si yo soy agnóstico y he podido entender esto, es que se puede. 

"-Gandalf, por favor, no debe "farfullar". Aunque parezca quisquilloso a veces, tiene sentido del humor y adopta una actitud algo paternal en relación con los hobbits; es una persona de elevada y noble autoridad, y de gran dignidad."
Es la Carta 210 de Tolkien. No quiero decir que deba tratarse como "El Evangelio". Pero coño, si el personaje es suyo, ¡algo sabrá él! Si no, como dije antes, llámalo "Freindaelf" y haz que farfulle, caiga, pierda (de repente) su poder frente a enemigos claramente inferiores, etc... Pero el Gandalf real no es un hombre de avanzada edad con poderes. Es otra cosa. 

¿Cómo es posible que un dragón derrote, sin paliativos, a todo un Reino, tal y como se expone en el prólogo de "Un Viaje Inesperado", y luego en "La Desolación de Smaug" no pueda vencer a TRECE enanos que lo llevan y marean de acá para allá, engañándolo de la manera más boba (¡eh tú! dice uno para llamar su atención mientras otro por detrás se la arma gorda, por ejemplo), saltando, rodando,  VOLANDO (algún enano, digo), piruetas, cabriolas... ¡Aburre! Ya lo hemos visto antes. Cientos de veces. Es cansino. ¿Dónde están los golpes que duelen, la sangre, el sufrimiento... que veíamos en "El Señor de los Anillos"? ¿Dónde está lo que cuesta ganar? ¿Dónde está la belleza dentro de la crueldad? ¡No está! ¿Se te ha ido la cabeza, Peter?

Cuando te inventas un personaje, tal personaje debe tener un propósito que los preexistentes en la obra original no te pueden dar, según tu criterior. ¿Qué tenemos aquí? Una elfa, Tauriel (bellísima, sí, ¿y qué?); y Alfrid, un taimado ayudante del Gobernador del Lago. ¿Objetivos? No ya menores, sino terciarios o cuaternarios. 

-Tauriel: chica maciza, romance (absurdo y forzado) con un enano (ay señor). Por lo demás, no me molestaría. De hecho, en "La Desolación de Smaug" protagoniza uno de esos destellos que mencionaba al principio cuando habla de la luz de las estrellas. Luego, ¿objetivo? La historieta de amor de turno. Por favor, que ya somos mayorcitos. Tómense esto en serio. 
-Alfrid: una pobre pobre pobrísima caricatura de aquel personaje shakesperiano de "Las Dos Torres" llamado Grima, Lengua de Serpiente. ¿Objetivo? Decir que la codicia es mala. Para eso valdría haber puesto una frase en mitad de la pantalla: LA CODICIA ES MALA, NIÑOS. Nos habría ahorrado la falta de respeto con el material original al poner a este tipo haciendo y diciendo cosas de bufón de cuarta clase. ¿Qué necesidad había? ¿Por qué? 

¡Claro que el humor es importante! Y peligroso, al tiempo, puesto que cada persona tiene el suyo. Pero, de nuevo, es cuestión de parámetro: Gimli el enano pisando cráneos (crak crak) en "El Retorno del Rey", Alfrid disfrazado de mujer con sacos de monedas como tetas. Dos caras de una misma (ejem) moneda. Dile eso, dile hacer el imbécil. El típico humor de "me tiro un pedo: ppprrrddzzddffff" y te ríes. ¡Qué diferencia con la primera escena de la primera película de "El Hobbit", genialmente interpretada por Ian Mckellen y Martin Freeman! Calcada al libro: 

"-¡Buenos días! -dijo Bilbo. 
-¿Qué quieres decir? -preguntó Gandalf-. ¿Me deseas un buen día, o quieres decir que es un buen día, lo quiera yo o no; o que hoy te sientes bien; o que es un día en que conviene ser bueno?
-Todo eso a la vez."
Qué diferencia con el caca-culo-pedo-pis

Una cosa es que determinados personajes, por su condición, aparezcan y existan más cerca de lo natural, y otra que las leyes de la Naturaleza entren en suspenso, de vez en cuando, según a ellos les convenga. ¿Legolas? ¿Hola? Peleas absurdas estiradas hasta la extenuación, por tanto, carentes de emoción y, seguidamente, ausencia de empatía por parte del espectador medianamente serio y que buscaba aquí (¡incauto!) algo más que el mero chispúm. Ay, la emoción. "La Batalla de los Cinco Ejércitos" se llama la última película (por ahora) basada (...) en la obra del profesor de literatura inglesa, inglés antiguo, anglosajón y etc etc John R. R. Tolkien. Un tipo, por otra parte, hijo de su tiempo y círculo social, heredero de su temprana horfandad de padre y madre siendo educado por un cura, bastante meapilas en lo privado y muy muy católico (rechazaba el Concilio Vaticano II). ¿Tiene emoción, la batalla? ¿Cómo, con tamaños recursos, se puede hacer algo tan alejado de la emoción? Un ejército de Elfos de relucientes armaduras moviéndose al marcial unísono NO me impresiona. Parecen robots. Los Enanos ídem: forman un muro de escudos, ¡todos iguales y en los mismos intervalos de milisegundos! ante la carga de los Orcos como si se tratase de un videojuego. ¡No hay emoción porque lo que les ocurra llega a darte igual! 

¿Épica? Hombre, los enanos vistiéndose para la batalla con el "Sons of Durin" de Howard Shore de fondo no está mal; o cuando cargan en cuña (como los jinetes de Rohan... ¿No se conocen más formaciones de combate?) contra los orcos, modificando sus movimientos al ver salir al combate a Thorin. Muy bien, pero ¿qué pasa con el grito por excelencia de los enanos?: "Ai Khazad! Khazad ai menû!!" En lugar de eso, farfullan no sé qué... 

No hay más que recordar las batallas del Abismo de Helm, Amon Hen, el Pelennor, el asedio de Minas Tirith, Osgiliath, la Puerta Negra... ¡Todo eso hecho por el mismo paisano que ahora me muestra toda esta nueva farfolla! Ay, señor. ¿No recuerdan ustedes la Carga de Rohan? ¡Comparen! Es que ni en la música le han dejado hacer a su gusto a Howard Shore. ¡Los mejores temas, recogidos en los discos, no fueron usados! ¿Dónde está la carga de Dáin Pie de Hierro con su tema "Ironfoot" de fondo, gaita incluida? Ídem en temas descartados para Erebor, Durin... En fin. 

¿Por qué hago hincapié en las Cargas? Porque las cargas aquí, en Tolkien, son un TODO O NADA, a lo Julio César en el Rubicón (que rueden los dados). Cuando un personaje de Tolkien elige algo, tarde mucho o poco en decidirlo, es con TODAS las consecuencias. Por eso cuando el rey de Rohan, Théoden, decide acudir en auxilio de Gondor con sus 6.000 jinetes, sabemos que es para bien o para mal. Y llega. Y carga con todo. Y mientras cargan, cantan mientras matan. Es la belleza radical dentro de la crueldad. Y el rey muere en la batalla. ¿Ya te olvidaste de esto, Peter? ¡Coño, si lo rodaste tú, chico! 

¿Cuántos Orcos hay en esta última película? ¿800.000? ¿2.000.000? ¿Cuál es el límite de la computadora que los genera? ¿Qué plan de batalla hay? ¿Elfos, enanos, hombres? ¿Cómo se distribuyen? Ya que vas a hacer una película con una parte muy importante de la misma, bélica, coño, ¡hazla como Dios manda! Mira Ridley Scott. O mírate a ti mismo en Las Dos Torres o El Retorno del Rey. ¿Dónde caray están los lobos que, previamente durante dos pelis, te has encargado de ir mostrándonos? ¿No hay sangre? ¿Dolor? ¿Bardo, un humilde mortal, puede tirarse calle abajo en un carromato destartalado sin que pase nada? ¿Legolas ha pasado a ser DIOS? En la anterior saga ya apuntaba maneras, pero aquí alcanza el Panteón de la Idiotez, sin duda. 

¡Ah! Paisajes, vestuario, maquillaje... eso sí, todo muy bonito. Eso se ha mantenido, pero con un matiz no menor: parece todo un pastel. En las anteriores (2001-2003) lo que veíamos tenía unos tonos muy reales, con la luz integrada en los efectos, o al revés. Estas películas (2012-2014) tienen una estética postmoderna que intenta aparentar ancianidad que no me convence para nada.

 Ya no hay momentos como cuando, antes de la batalla del Abismo de Helm, un pensativo Aragorn le pide a un niño que le deje su espada. La sujeta, calibrándola, y le da vueltas en el aire, cada vuelta más fuerte que la anterior. El chiquillo le dice "dicen que no pasaremos de esta noche, dicen que no hay esperanza". Aragorn coge con firmeza el puño de la espada, aprieta los dientes, se la devuelve y le responde al oído "siempre hay esperanza". Un ejemplo de una escena inventada pero que está AL SERVICIO de la historial, que tiene un objetivo loable y de sentido común, aparte de hermosa. Bien, pues de esto hemos pasado a una patada directa en las gónadas. No hay espíritu. No hay alma. Solo hay mucho músculo, incluso en la música de un Howard Shore quizá obligado quizá arrastrado por el propio sendero de la pelicula, donde impera un exceso de metales retumbones y percusión grave.  

Nunca me molestaron los cambios, ¡nunca!, cuando éstos servían a la historia. Cuando es Arwen quien rescata a Frodo en los Vados del Bruinen en lugar del Alto Elfo Glorfindel no me importó.  Cuando Frodo la ve acercarse, la contempla en un halo de luz que se presta mucho a la broma y al cachondeo, jaja, ¡qué graciosos somos! Sin embargo, la estamos viendo en su forma más pura, más bella en cuanto que cercana a su origen como hija de Ilúvatar. "Que la Gracia que me ha sido otorgada pase a él, y por ella sea curado", dice ella. La Gracia. Concepto paleocristiano, Santo Tomás de Aquino, San Agustín, etc. ¿Qué queda de eso? La Nada. 

¿Qué tono usamos? Quiero decir: libro infantil-juvenil. ¿Película... juvenil, o El Señor de los Anillos parte 4? Mezcla extraña la resultante. No sabe por dónde respira. O una cosa o la otra. Hay cosas de las dos vertientes que están bien, pero vistas como un todo no sabe uno dónde quedarse, dónde está ni qué hacer. Y, lo que es peor, qué sentir.

En fin, ¡qué decepción! Algunos (bastantes) momentos en Bolsón Cerrado en "Un Viaje Inesperado" son francamente leales al título de la obra que dicen adaptar, junto al vuelo rescatador de las águilas del final de la película. En "La Desolación de Smaug" prácticamente nada. Y aquí, en "La Batalla de los Cinco Ejércitos", algún momento entre Bilbo y Gandalf y el regreso a Bolsón Cerrado. No digo, con todo esto, que no hay partes entretenidas. También las hay en "Hércules", o "Transformers". Pero ese algo más que tenían las anteriores películas se ha perdido. Peter Jackson nos ha llevado como Fëanor, al exilio, hemos cruzado el Helcaraxë y a este destino la luz de Ilúvatar no alcanza. Hace frío. 

¿Qué propósito tiene este artículo?
El de no ser un artículo, sino un simple vaciado. El de intentar hacer entender al que haya querido leérselo entero, que Tolkien no es lo que aparece en "El Hobbit"-película, y dar unas pinceladas de por qué digo esto. Se me ha ido mucho la cabeza, lo sé.

Por lo menos no me ha pasado como a Peter Jackson, quien ahora, en este momento, dormita echado con la panza de lado sobre el oro del dragón.